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Crítica: Christophe Coin y Petr Mašlañ, dúo de chelos en la Fundación Juan March

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Autor: Mario Guada
30 de enero de 2017

Magnífica velada con una propuesta tan extraordinaria como bien pensada y con un Christophe Coin rozando por momentos el cielo de Madrid.

DE CHELO A CHELO Y TIRO PORQUE ME TOCA

   Por Mario Guada
Madrid. 28-I-2017 | 12:00. Fundación Juan March. Historias del chelo [Conciertos del sábado] | La emancipación. Entrada gratuita. Obras de Giacobbe Cervetto, Giuseppe dall’Abaco, Stefano Galeotti, Carlo Graziani, Jean-Pierre Duport, Jean-Louis Duport y Luigi Boccherini. Christophe Coin • Petr Mašlañ.

   Historias del chelo, este es el nombre del último de los ciclos que acaparan los Conciertos del sábado de la Fundación Juan March desde la mitad de este mes de enero hasta mediados del próximo febrero. Una visión transversal y diferente en la manera de contar el desarrollo de este instrumento a partir de su emancipación como solista. Precisamente esta fue la visión del presente recital, bajo el título de La emancipación, en el que los violonchelistas Christophe Coin y Petr Mašlañ interpretaron un variopinto programa que presentó obras compuestas para el chelo durante la segunda mitad del XVIII, en las que evidentemente la escritura y el papel del instrumento toman un cariz distinto al que venía viviendo durante el siglo XVII y la primera mitad del XVIII. No obstante, no debemos olvidar que ya en el siglo XVII algunos compositores habían previsto para el chelo una vía alejada de su papel de mero acompañante y ejecutor del bajo continuo. Es el caso de Domenico Gabrieli (c. 1659-1690), que ha pasado a la historia por ser el primer compositor en dedicar obras a solo para el violonchelo. Tampoco podemos olvidar a Antonio Vivaldi o Johann Sebastian Bach entre otros autores que en la primera mitad del XVIII dedicaron obras de exquisita calidad para el instrumento, tanto en el género del concierto y la sonata [Vivaldi] como en la suite [Bach].

   En cualquier caso, el recital tuvo como protagonistas a autores mucho menos conocidos –en la mayoría de los casos–, en un repertorio muy selecto, conocido probablemente solo por una parte reducida de los violonchelistas. La mayor parte de los autores son italianos que desarrollaron su carrera en el extranjero, muchos de ellos con notable éxito. Giacobbe Cervetto (1690-1783) desarrolló buena parte de su carrera en London, especialmente como intérprete y compositor, cuyas composiciones despliegan una escritura técnica de notable complejidad, con el uso de doble y triples cuerdas, por ejemplo. De él se interpretó la Caccia, extracto de la Sonata IX para violonchelo y bajo continuo, con la que ambos intérpretes hicieron su entrada al escenario de manera sorpresiva. Giuseppe dall’Abaco (1710-1805) –hijo del afamado Evaristo Felice–, compositor que, aunque belga de nacimiento es considerado italiano, desarrolló su carrera en Alemania, pero también en Inglaterra y Austria. Destacó especialmente en el campo del chelo gracias a sus sonatas, de las que aquí se interpretó la Sonata para dos violonchelos n.º 2 en Fa mayor, de bella factura, con hermosos diálogos e intercambios de papel entre ambos instrumentos. Stefano Galeotti (1723-1770), compositor italiano con residencia algún tiempo en London, gozó de una gran difusión en su tiempo, pues varias de sus obras –gran importancia de las sonatas– fueron compartidas y estudiadas en diversos tratados del momento. Su Allegro ma non troppo de la Sonata para violonchelo y bajo continuo Op. I, n.º 1, en Re mayor, presenta las características habituales en la escritura para violonchelo solo en este momento, con una notable inclinación hacia el Style galant. Por su parte, Carlo Graziani (1710-1787) fue uno de los grandes chelistas en su época, reconocido en gran parte de Europa como uno de los grandes solistas del instrumento y, sobre todo, por ser profesor de chelo de Federico II de Prusia. Destacan sus sonatas y conciertos para el instrumento, en un estilo a medio camino entre el Barroco ya casi extinto y el Clasicismo incipiente. De él se interpeó el Andante, sostenuto con portamento de la Sonata en La mayor Il viaggio da Berlino a Breslavia con l’affettuosa ricevuta di S.A.R., que narra precisamente un viaje en el que se le notificó la noticia de su ingreso como profesor del monarca.

    Pero no únicamente fueron los italianos los que ayudaron en el desarrollo solístico del chelo. Así lo atestigua el caso de los hermanos Duport, Jean-Pierre (1741-1818) y Jean-Louis (1749-1819), que tuvieron una extraordinaria proyección e importancia a finales del XVIII. Y al igual que sus colegas italianos, los Duport desarrollaron una floreciente carrera lejos de su país natal, ayudando en gran medida a convertir a Postdam en la corte más importante de Europa en lo musical, pero también con una proyección internacional muy notable. La influencia posterior de los Duport, gracias tanto a sus composiciones como a sus escritos teóricos, es de suma importancia. Preciosos los dos ejemplos presentados en el recital: Rondeau de la Sonata para chelo y continuo Op. IV, n.º 2 [Jean-Pierre] y Étude [Jean-Louis], de gran exigencia técnica y de colorista escritura.

   El concierto se cerró con la presencia de quien ha sido, probablemente, el máximo representante del instrumento en el siglo XVIII: Luigi Boccherini (1743-1805). El compositor italiano, originario de Lucca, desarrolló –como es bien sabido– una larga y fructífera carrera en Madrid. Poco puede decirse del genial Boccherini que no se haya dicho ya. Su Sonata para violonchelo y bajo continuo –o dos chelos– n.º 26, G 568, es una imponente composición en Mi bemol mayor, cuyo segundo movimiento es de suma importancia, ya que conserva las ornamentaciones originales probablemente usadas por el propio Boccherini. El concierto finalizó con la exquisita Fuga en Mi bemol mayor G 73/4, cuarta de las seis fugas originalmente compuestas para dos fagotes o violonchelos, cuya autoría es aún puesta en duda.

   Un programa excepcional, tanto por la calidad de las composiciones, como porque su contenido es escasamente interpretado en los escenarios hoy día. Hacen falta dos extraordinarios intérpretes para poder llevarlo a cabo con las máximas garantías. Cristophe Coin indudablemente lo es, no solo por la trayectoria impecable que lleva sobre sus hombres, sino porque lo demostró sobradamente en el presente recital. Coin es uno de esos instrumentistas absolutamente reflexivo, en el que se aprecia una profundidad descomunal en cada una de las notas, frases o silencios que ejecuta. No hay lugar para el libre albedrío. Aun con algunos errores puntuales, el sonido extraído a su impresionante Alessandro Gagliano de 1720 es memorable y un evento artístico mayúsculo. Las líneas fluyen con una naturalidad superlativa, el equilibrio y la homogeneidad en los registros resulta apabullante, la expresividad de su discurso totalmente incontestable, y el uso del vibrato realmente modélico y sumamente inteligente. Disfrutar de Coin en concierto es, por así decir, toda una masterclass de tú a tú. Petr Mašlañ es un violonchelista notable, pero tener al lado a un inmenso Coin puede suponer una losa difícil de sostener. Por momentos llegó a deleitarse codo con codo con el maestro, pero en la mayor parte del recital se vio empequeñecido por la sombre gigantesca del chelista galo. Sufrió en diversos momentos, especialmente en los que requieren de un aporte técnico mayor, aunque la mayoría del concierto supo aportar una línea de bajo bien ejecutada, con gran equilibrio y una notable belleza sonora. Incluso pasó a ser solista en alguno de los extractos de sonatas, firmando versiones convincentes, pero en el cómputo global su ejecución se mantuvo entre lo discreto y lo solvente.

   Mucho más público joven de lo habitual –de lo que hay que regocijarse– para disfrutar de un concierto tan bien pensado como es habitual en la Juan March, en el que nos pudimos deleitar con un descomunal Coin, ejemplo máximo del artista con un inmenso bagaje que demuestra, con el paso del tiempo, que está entre los grandes en la historia de la interpretación de su instrumento.

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