CODALARIO, la Revista de Música Clásica
Está viendo:

Crítica: La Tempestad interpreta a Haydn para la Fundación Juan March

  • Comparte en Facebook
  • Comparte en Twitter
Autor: Mario Guada
28 de mayo de 2017

El ensemble español ofrece sus visiones camerísticas de las sinfonías del llamada padre del género, en una velada en la que demostraron ser el mejor conjunto nacional en estos repertorios.

HAYDN EN LA INTIMIDAD

   Por Mario Guada | @elcriticorn
Madrid. 26-V-2017 | 19:00. Fundación Juan March. Música en las cortes del Antiguo Régimen [Viernes temáticos]. Entrada gratuita. Obras de Franz Joseph Haydn y Wolfgang Amadeus Mozart. La Tempestad | Silvia Márquez.

   Continuando la Fundación Juan March con uno de sus ciclos más atractivos de la temporada: Música en las cortes del Antiguo Régimen, que presentan a los diferentes monarcas y su relación con la música, se presentó al conjunto español La Tempestad, que dirige la clavecinista, organista y fortepianista Silvia Márquez, como encargados de cerrar el presente ciclo –aunque quedan para junio los dos conciertos aplazados en su momento a cargo del clavecinista italiano Rinaldo Alessandrini–. La figura monárquica elegida para clausurar dicho ciclo, Nikolaus Eszterházy, es sin duda una de las más ligadas –a través de la figura del protagonista musical de la velada, Franz Joseph Haydn (1732-1809)– a la historia de la música en Occidente. En su corte húngara de Eszterháza, esta poderosa familia acogió y abrazó a la música de manera enérgica, especialmente con Haydn al frente, quien sirvió a ella desde 1761 hasta el final de sus días.

   De toda la magnífica producción instrumental que alberga el ingente catálogo haydniano, el conjunto español eligió dos ejemplos del más relevante, el sinfónico, pero añadiéndole un giro de tuerca interesante y más adecuado, tanto para la formación en sí como para las condiciones de la sala. Se trata de arreglos para conjunto de cámara de algunas de estas sinfonías, debidas a un autor anónimo, aunque atribuidas –por la celebridad y calurosa acogida de sus arreglos de las 12 London Symphonies– a Johann Peter Salomon, el músico y empresario musical alemán afincado en la capital inglesa durante largo tiempo. No obstante, dada la fecha de los arreglos de las sinfonías interpretadas en esta ocasión [n.º 44 y 48], es seguro que los arreglos no pueden deberse a Salomon, sino a otro autor al que se negó la autoría o simplemente trabajó sabiendo que su nombre no aparecería en ningún momento. Sea como fuere, se trata de un Haydn realmente interesante, que no se escucha a menudo y cuyo resultado –aun alejado en algunos momentos de la necesidad del oyente por una orquesta más amplia– es fantástico, acogiendo de manera íntima, delicada, elegante y especialmente refinada cada una de las líneas para las que se conciben los arreglos: traverso, violín I/II, viola, violonchelo y fortepiano, a los que La Tempestad decide añadir el violone.

   Precedidas de una conferencia algo deslavazada y desconcertante, pero muy apasionada, llevada a cabo por el compositor y musicólogo catalán Benet Casablancas, se interpretaron sendas sinfonías del compositor austríaco. La primera de ellas, la Sinfonía n.º 44 en Mi menor, Hob. I:44, conocida como Trauer [Fúnebre], compuesta en torno a 1770/71, debe su sobrenombre a que el propio Haydn llegó solicitar que su bellísimo y expresivo movimiento lento se interpretara en su funeral –lo que nunca se llevó a cabo–. En realidad no se trata de una marcha fúnebre como tal –incluso en ese Adagio se modifica el tono menor general de la obra para pasar a Mi mayor–, por lo que el supuesto luto parece transmitirse más con el carácter iracundo del sentimiento de la pérdida, que con la contemplación tranquila de esta. Su tenso movimiento inicial resume el estilo Sturm und Drang en Haydn, con sus fuertes contrastes dinámicos y las semicorcheas que parecen precipitarse con urgencia sobre el discurso general, finalizando con un breve pasaje que combina la imitación contrapuntística con el cromatismo desestabilizador de la tonalidad escogida. El contrapunto se presenta de nuevo primordial en el interesante e intrigante Menuetto e Trio, situado como segundo movimiento –habitualmente ocupa el tercero en una sinfonía en cuatro movimientos– y compuesto en un particular Allegretto canone in diapason, estricto canon a la octava entre las cuerdas agudas y las graves. El finale, un brillante Presto, es uno de los más destacados de Haydn, rebosante de energía nerviosa que es la encarnación perfecta de esos Tormenta e ímpetu.

Como breve intermezzo se propuso la célebre obertura del Don Giovanni, de Wolfgang Amadeus Mozart (1756-1791), de nuevo en un arreglo para conjunto de cámara, debido en esta ocasión a Joseph Küffner (1776-1856), un compositor muy poco conocido que desarrolló una intensa labor en el campo de la música de cámara, ayudando a impulsar en ella a instrumentos como la guitarra o el clarinete. La segunda y última sinfonía de la velada, la Sinfonía n.º 48 en Do mayor, Hob. I:48, conocida como Maria Theresia, se creyó largo tiempo compuesta para honrar a la emperatriz María Teresa con ocasión de su visita a Esterháza; sin embargo, investigaciones recientes han desenterrado un manuscrito autógrafo, de 1769, firmado por Joseph Elssler, el copista habitual de Haydn. La obra, por tanto, no debe ser asociada con la emperatriz, aunque el sobrenombre ha quedado asociado a ella de manera ya probablemente indisoluble para siempre, aunque su escritura presenta un sonoridad y una dignidad casi regias, por lo que al fin y al cabo el sobrenombre no le sienta tan mal. La sinfonía presenta una extraordinaria unidad; realmente se siente como un drama sinfónico unitario. Tras un primer movimiento con un excepcionalmente elaborado desarrollo, en comparación con otras sinfonías del período, hace su aparición un hermoso Adagio en Fa mayor, de escritura tranquila pero muy intensa. Le sigue el habitual Menuet e Trio, para concluir Finale. Allegro que conduce el discurso a un ritmo ondulante, con notables cromatismos en las voces medias que mantienen esa intensidad de la obra hasta su brillante conclusión.

   La interpretación de La Tempestad, conjunto por lo demás muy acostumbrado a este lenguaje sinfónico haydniano convertido en cámara –suya es la primera grabación integral de las 12 London Symphonies de Haydn/Salomon, para Música Antigua Aranjuez Ediciones–, fue realmente interesante y sobresaliente en muchos pasajes. La adecuación estilística es total, pues pocos conjuntos a nivel mundial hay actualmente más dotados para acometer este tipo de repertorios. Su sonoridad brillante y apasionada funcionó sin duda mucho mejor en los pasajes a tutti que en los más puramente solísticos, con algunos de los instrumentos sonando excesivamente fuera del conjunto. Muy bueno el concurso de Guillermo Peñalver en el traverso, así como  especialmente destacable la sonoridad de la cuerda grave, con Guillermo Turina al violonchelo y Jorge Muñoz al contrabajo. Algo más opaca la actuación de Antonio Clares a la viola, especialmente en algunos de sus pasajes solísticos con dobles cuerdas. Los violines, a cargo de Pablo Suárez y Pablo Prieto, solventaron –no sin ciertos problemas– las exigencias técnicas y la tensión propia de tener que llevar el paso principal del conjunto. Suárez cumplió en general con nota, aunque estuvo mucho tiempo fuera del conjunto, con una sonoridad demasiado agresiva y brillante, a la que las condiciones acústicas de la sala no ayudaron en demasía. A pesar de algunos problemas de afinación y ciertos desajustes en pasajes más exigentes, lideró con energía y buen tino al conjunto. Por su parte, el trabajo de Silvia Márquez al fortepiano, y como directora artística del conjunto –aunque aquí no ejerciera sobre el escenario como directora real–, brilló por su seguridad, su buen hacer y su solvencia técnica, estilística y expresiva.

   En definitiva, un programa realmente atractivo, pues presentó a la figura de Haydn –la cual per se no es especialmente habitual en estos pagos– de una forma muy poco transitada en los escenarios no ya solo de España, sino de todo el mundo. Un lujo que solo la programación musical reflexiva y sopesada de la Fundación Juan March –con Miguel Ángel Marín al frente– podría llevar a cabo. Un cierre –oficioso, ya que quedan los Scarlatti, Seixas y Albero de Alessandrini– magnífico para un ciclo de profundo interés y todo un ejemplo de lo que debe ser una programación musical profunda e inteligente. Veamos qué nos deparan la próxima temporada.

Fotografía: latempestad.es

  • Comparte en Facebook
  • Comparte en Twitter

Compartir

Publicidad

<< volver

Búsqueda en los contenidos de la web

Buscador

Newsletter

Darse alta y baja en el boletín electrónico