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Crítica: Potter-Rogers-Harland en el Festival Internacional de Jazz de Madrid 2017

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Autor: Juan Carlos Justiniano
21 de noviembre de 2017

EL MERECIDO CAPRICHO DE CHRIS POTTER

   Por Juan Carlos Justiniano
Madrid. 19-XI- 17. Fernán Gómez Centro Cultural de la Villa, Sala Guirau. Festival Internacional de Jazz de Madrid. JAZZMAD 17. Potter-Rogers-Harland. Chris Potter (saxos y flauta), Reuben Rogers (bajo eléctrico) y Eric Harland (batería).

   A estas alturas, por el simple hecho de darse un capricho, Chris Potter se puede permitir hacer lo que quiera. Su carrera como instrumentista está ligada a la de nombres como Pat Metheny, Paul Motian o Dave Douglas por citar solo algunos. Y aunque todavía es un músico joven, el de Chicago es uno de los tenores más reconocidos y solicitados mundialmente. Tiene ya un nombre en la historia de la música reciente, pero todavía le queda mucha carrera y mucho por experimentar. Cuando menos se ha ganado el derecho a poner a prueba lo que se le antoje. El pasado domingo el saxofonista visitó la Sala Guirau del Fernán Gómez dentro de la programación del Festival Internacional de Jazz de Madrid para, efectivamente, invitarnos a su laboratorio particular.

   Chris Potter se presentó en la capital en formato a tres con una propuesta de libertad y fantasía, dispuesto a ensayar sus últimas exploraciones sonoras y medir la curiosidad del público. Si el jazz es improvisación y creación en directo, lo que el trío compuesto por Chris Potter, el bajista Reuben Rogers y el baterista Eric Harland practica es jazz en su sentido más literal. Jazz, además, a capricho en este caso del saxofonista de Chicago, porque en este trío Potter ha encontrando un medio ideal para poner a prueba los límites de su intuición y creatividad. Seguramente por ello el grueso de las composiciones que presentó el trío se basaban en melodías imaginativas construidas sobre largos y pegadizos ostinatos. El eco de músicas negras y urbanas como el funk o el hip hop se percibía con nitidez en las líneas que impenitentemente Reuben Rogers leía, releía, glosaba y adornaba desde el bajo eléctrico. Y sobre estas el saxofonista, en un viaje de ida y vuelta continuo, viajaba a los últimos rincones de la improvisación. Que el suelo esté firme para que Potter pueda volar.

   De entrada parecía una apuesta un tanto arriesgada prescindir de instrumento armónico. Esto constituye un reto –y un atractivo– para el músico pero también para el oyente, cuya imaginación –y entrenamiento auditivo– ha de llenar un vacío fundamental. Desde luego, Chris Potter lo hacía indistintamente desde el saxofón o la flauta tirando de intuición y recurriendo a todo tipo de gamberrismos armónicos, clarividentes improvisaciones o echando mano de las virtudes de la electrónica. Más en calidad de convidado de piedra que de cuarto miembro de la banda, la electrónica se encargó de inspirar ambientaciones, recrear sonoridades y texturas clásicas –los arpegios de un clave– o, simplemente, lanzar loops sobre los que Potter jugaba y garateaba. En gran parte esta fue la fórmula que el de Chicago se propuso ensayar en la capital. Y puede decirse que funcionó. Al menos no faltó explosividad y groove durante casi dos horas de música.

   El trío interpretó algunos temas con los que ya Potter lleva trabajando un tiempo, como «Green pastures», una composición de base abiertamente funk concebida para disfrutar y dejarse llevar por el ritmo contagioso. Como con el resto de las composiciones, incluyendo una relectura de un clásico de The Police, «Synchronicity 1», y el «My Little Suede Shoes» de Charlie Parker, también pasado por el tamiz electrificante del trío.

   Chris Potter, un saxofonista virtuoso y brillante ensayó en esta mezcla de músicas todos los recursos aprendidos de Sonny Rollins o John Coltrane, pero también de Joe Henderson, de bandas como los (Jazz) Crusaders y la fusión de los setenta. Sus compañeros también llegaron bien curtidos en el sonido urbano, porque a ambos, no hay duda, los atraviesa ese cóctel de músicas. Mientras que la batería de Eric Harland era pura dinamita, Reuben Rogers, colgado de una belleza de Fender Jazz Bass, se mostró como una fuente inagotable de ideas y como un bajista de toque negroide extremadamente sensible, musical y exquisito.

Fotografía: Festival Internacional de Jazz de Madrid.

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