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Crítica: 'Tosca', de Puccini, desde las Termas de Caracalla

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Autor: Alejandro Fernández
17 de julio de 2017

CARACALLA RESPIRA PUCCINI

   Por Alejandro Fernández
Roma. 15-VII-2017, 21:00. Termas de Caracalla. Tosca (Giacomo Pucini). Tatiana Serjan, soprano; Giorgio Berrugi, tenor; Roberto Frontali, barítono; Domenico Colaianni, barítono; Francesco Milanese, bajo; Saverio Fiore, bajo. Orquesta y Coro del Teatro dell’Opera di Roma; Coro de voces blancas dell’Opera di Roma. Dirección escénica, escenografía y vestuario: Pier Luigi Pizzi; director de coro: Roberto Gabbiani; dirección musical: Donato Renzetti.

   Roma arde en la canícula día y noche entre turistas ávidos por devorar una ciudad imposible de abarcar a no ser que la respires, pero cuando cae la tarde afloran viejas historias, paralelas a ese otro gran relato oficial, lleno de coraje y sangre que cubre sus ruinas. Infinita, tan sólo se vive a golpes de instantes que hay que encontrar como los momentos que regala Caracalla. Caracalla nos volvía a citar en su escenario, este sábado, recuperando una producción que no subía a escena desde hacía tres años sustituyendo otra anterior con dirección escénica de Arnaud Bernard y dirección musical de Artaud Fich.

   Ambientada y estrenada en el Teatro Costanzi, actual Teatro de la Ópera de Roma, la Tosca de Puccini muestra claramente la construcción estética y discurso dramático con los que erige, el músico de Lucca, los grandes títulos de tu catálogo lírico. Puccini parte de una idea total, poliédrica, juega con las tensiones que no sólo parten de las voces o sus leit, todo el conjunto se convierte en una página polifónica en la que un mínimo error deshace como terrones de azúcar su sutil arquitectura.

   Precisamente esa sutilidad de la que hablamos está en la génesis de la escena ideada por Pier Luigi Pizzi. Sobriedad y armonía, la belleza de la simetría o el propio carácter humano de sus escenarios definen esa idea que defiende en la que el atrezzo no es un complemento, más bien la piedra de toque que transporta a los protagonistas y al auditorio al corazón de la ópera. En Pizzi la sencillez se transforma para elevar a Tosca a la calidad de heroína en una constante que va desde la inocencia del primer acto hasta su trágica gloria del tercer acto.

   Mientras en España nos deslumbramos con la Butterfly de Ermonela Jaho, Roma se rinde, y no sin razón, ante Tatiana Serjan. Ambas han demostrado que el repertorio no tiene exclusividad geográfica y que algo más que técnica les exige para reinar: encarnar con visceras la partitura. Serjan vive el personaje hasta el punto que lleva al espectador a sentir su propia inmolación. En este camino la guía viene dada por un medido ascenso donde su instrumento vocal se despliega en todo su esplendor. No hay exhibicionismo, ni efectos de artificio esa poderosa voz atrapa en el generoso registro medio que posee y alcanza las notas alta con la misma naturalidad como se proyectan, hasta el punto de afirmar que Roma ya tiene su Tosca.

   Junto a la soprano rusa, dos veces fundamentales, contrapuestas en la escena y el registro, el tenor Giorgio Berrugi y el barítono Roberto Frontali. Berrugi y Frontali pelearon sus roles hasta el último instante dentro de ese torbellino de emociones que condensa Puccini en sus personajes. Para Frontali su momento cubre llegaría en la última escena del primer acto Tre sbirri, una carrozza y Tedeum. Berrugi fijó nuestra atención en el aria Recondita armonia y definitivamente nos convenció en la lección de gusto que regalaría en E lucevan le stelle.

   La Orquesta y Coro de la Ópera de Roma dirigida por Donato Renzetti completaban esta soberbia puesta en escena. Renzetti afloraba todos esos matices inapreciables en ocasiones desde la distancia y que la cercanía al foso descubre la serena belleza de las fermatas que dibuja el conjunto, sin excesos y conscientes del peso que confía Puccini en momentos concretos de la ópera.

   Roma no se vende a precio de moneda porque su esencia se desvanece con la misma sutilidad con que aparece y esa es la Tosca de Serjan.

Fotografía: Yasuko Kageyama/Teatro dell'Opera di Roma.

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