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Crítica: Canadian Opera Company pone en escena 'Rigoletto', de Giuseppe Verdi

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Autor: Giuliana Dal Piaz
30 de diciembre de 2018

Fallida noche en la ópera

   Por Giuliana Dal Piaz
Toronto, 27-01-2018, Fours Seasons Centre for the Performing Arts. Canadian Opera Company en co-producción con la English National Opera. Rigoletto, música de Giuseppe Verdi, libreto de Francesco Maria Piave. Director de orquesta: Stephen Lord. Dirección: Cristopher Alden. Escenas y vestuario: Michael Levine. Luces: Duane Schuler. Director del Coro: Sandra Horst. Coro y Orquesta de la Canadian Opera Company. Rigoletto – Roland Wood, barítono; Duque de Mantua – Stephen Costello, tenor; Gilda – Anna Christy, soprano; Monterone – Robert Pomakov, bajo; Sparafucile – Goderdzi Janelidze, bajo; Giovanna – Megan Latham, mezzo-soprano; Maddalena – Carolyn Sproule, mezzo-soprano.

   Vas una noche al teatro, en una ciudad anglosajona donde se presenta, con puesta en escena de un director estadounidense, una de las obras líricas más famosas y representadas del repertorio verdiano, y de repente te encuentras ante un drama gótico del siglo XIX, en el cual no logras individuar la huella del Verdi dramaturgo y hasta la potencia de su música te llega alterada. No me había tocado ver hasta ahora una puesta en escena del newyorkino Christopher Alden, y me ha molestado su falta de atención para con la Historia (durante el Renacimiento, el soberano ejercía abiertamente el derecho de seducir a las mujeres que le gustaran, solteras o casadas, damas o campesinas), así como con los autores del texto y de la música, y a final de cuenta para con el público. He oído pocos aplausos anoche y he visto pocas caras entusiasmadas a la salida del Four Seasons Centre,  a pesar de que fuera un sábado por la tarde, cuando la mayoría del público acude a la ópera no por amor a ella o porque la comprenda, sino como a un entretenimiento "elegante", de más nivel que no sea el cine.

   El director Alden ha optado por una única vasta escena, enmarcada por paneles de madera y un techo artesonado, sugiriendo la imagen de un club anglosajón para hombres; de traje de etiqueta, éstos charlan, beben, fuman, leen el periódico. El Duque de Mantua sólo es uno entre ellos, quizás ni siquiera el más rico o poderoso, considerando que asisten a ese tipo de club personajes muy importantes de la primera sociedad industrial. Despojado de su dignidad de "soberano" (recordemos que, en el texto original de Victor Hugo en el que se inspiró Verdi, se trataba del Rey Francisco I de Francia), no se entiende el derecho a impunidad,  y el poder de vida o muerte, que ejerce sobre los demás miembros del club. Asímismo, es difícil entender el papel de Rigoletto, fuera de una corte en la que el bufón representaba, al lado del soberano absoluto, una "institución", una especie de "voz de la conciencia", buena o mala no importa, con el privilegio de una libertad de palabra vedada a los demás cortesanos.

   Incongruencias y disparates se multiplican en el escenario del Fours Seasons Centre, teatro permanente de la Canadian Opera Company: desde la hija de Monterone –semidesnuda anticipación del personaje de Gilda que estalla en un par de risotadas–, que vuelve a aparecer en el momento de la ejecución de su padre (el cadáver del agarrotado queda en escena casi hasta el final de la ópera) y "sombra" consoladora de Gilda a punto de morir; hasta Giovanna, dama de compañía y guardiana de Gilda –un papel originalmente limitado al de superficial celestina–, transformada en una omnipresente matrona, que abre y cierra el velario que separa el club del mundo, sugiere un intento de seducción del Duque, y detiene un rol casi litúrgico en su imponente ir y  venir por el escenario. Los miembros del coro masculino –los socios del club– revolotean  por el escenario desparramando pétalos de rosa después de la detención de Monterone, o avanzan en fila de 4, todos drapeados en negro como sepultureros, para el rapto de Gilda.

   Rigoletto está físicamente siempre presente, a veces sentado en un sillón a la extrema derecha del escenario (Gilda le cubre la cabeza con su chalina durante el encuentro con el Duque-estudiante), y desde allí maneja el encuentro y el pacto con Sparafucile, que aparece por primera vez en escena como un viajante de comercio con su maletín. Cuando por fin Rigoletto destapa el cuerpo de Gilda de la sábana  blanca que hubiera debido cubrir el cadáver del Duque, libera una nubecita de pétalos de rosa: ¿un pensamiento gentil de parte de Maddalena y Sparafucile?

   Ante todas estas ocurrencias, que interfieren constantemente con la atención del público, sobre todo de aquellos no familiarizados con la ópera, la música se transforma en la banda sonora (bellísima, grandiosa, trágica o chispeante, mas aún sólo una banda sonora) de una película que, como abiertamente mencionado por el director de la Canadian Opera Company, Alexander Neef, resulta de especial actualidad en tiempos del #MeToo.

   Y hablemos por fin de la música. Ha sido impecable la orquesta dirigida por el Stephen Lord quien, quizás accediendo a un pedido del director, la hace enmudecer totalmente en un par de ocasiones dramáticas, una vez por varios minutos. El coro ha sido óptimo, como siempre magistralmente dirigido por Sandra Horst. En conjunto bueno, con unas limitaciones, el cast de los intérpretes, tanto desde el punto de vista vocal como desde el punto de vista teatral. Gilda (la estadounidense Anna Christy) es una discreta soprano, pero su voz no tiene la madurez requerida por un rol verdiano y se vuelve por momentos estrídula. El escocés Roland Wood, en el rol protagónico, es buen actor y buen barítono, de voz poderosa pero gutural, que no logra siempre expresar todos los matices de la compleja personalidad de Rigoletto. Es un tenor muy interesante el Duque de Mantua del estadounidense Stephen Costello; lástima que anoche no estuviera en condiciones vocales óptimas, lo que le llevó a emitir un par de notas falsas, una de ellas un auténtico gallo (en lugar de abuchearlo, sin embargo, el amable público canadiense lo ha aplaudido, confortante...). Tal era su estado, que en el acto III fue sustituido por el tenor Joshua Guerrero. Muy bueno el bajo ruso Goderdzi Janelidze (Sparafucile) en su debut torontino, y buenos los comprimarios, todos canadienses, una  demostración de las buenas voces que se van formando en este país poco suponente.

Fotografía: Michael Cooper.

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