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Crítica: Claroscuro y el Teatro de la Zarzuela coproducen 'Perdida en el Bosco'

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Autor: Mario Guada
12 de febrero de 2018

Fascinante espectáculo que mezcla, de manera singular y excepcional, el teatro de títeres con la interpretación musical en directo, evocando el inmenso y ensoñador universo de el Bosco.

Todos somos niños

   Por Mario Guada | @elcriticorn
Madrid. 10-II-2018. Teatro de la Zarzuela, Ambigú. Perdida en el Bosco. Música de las Cantigas de Santa María, Codex Calixtinus, Cantigas de amigo, Llibre Vermell de Montserrat y otros manuscritos medievales. Guion original, dirección de escena, escenografía, selección musical y manipulación de títeres: Julie Vachon y Francisco de Paula Sánchez [Claroscuro - Compañía de teatro]. Dirección musical e interpretación: Emilio Villalba y Sara Marina.

   Imagínense encontrar el Ambigú del Teatro de la Zarzuela –para los que no lo conozcan, básicamente la cafetería del teatro, que se habilita a lo largo de cada temporada para la realización de espectáculos de índole musical y teatral– con un manto rojo, el que pinta una inmensa alfombra de color carmesí sobre la que se disponen una multitud de cojines del mismo tono, que en esta ocasión son los asientos que el público, mayoritariamente infantil, ha de ocupar. Al fondo, y como escenario, un pórtico de corte tardogótico –preciosamente confeccionado–, que será la casa de los dos ángeles músicos que adornan los paneles laterales –casi esculturas protorenacentistas que tañen sus instrumentos– y de los diversos personajes que irán apareciendo para protagonizar Perdida en el Bosco, un maravilloso espectáculo de títeres y música en directo que han coproducido para la ocasión el propio Teatro de la Zarzuela y, especialmente, Claroscuro, compañía hispano-canadiense de teatro que se funda en 2010 con la intención de dar vida al teatro de títeres y máscaras, siempre con música en vivo.

   Concebido como un espectáculo de niños a partir de 6 años –y yo diría que sin límite de edad, a tenor de lo que disfruté del mismo–, la historia nos lleva a través del inmenso universo bosquiano, en el que muchos de sus personajes más intrigantes y enigmáticos –pez volador, mandrágora, doncella, sapo, ciervo majestuoso, sapo– saldrán a la luz de forma breve, pero fascinante. Las protagonistas de la historia son dos pequeños seres que deberán cumplir una ardua pero noble tarea, encontrar a los padres y recuperar al hermano recién nacido de Daphne, una niña en silla de ruedas que es ayudada por una oca que no repara en los impedimentos físicos de Daphne y que representa de forma magistral los valores del ser humano, pero también sus temores y dudas. Oca es manipulada y revivida a través de Julie Vachon, maravillosa actriz –también encarna a la Doncella– que es capaz de sostener un personaje aparentemente tan simple, para aportarle una impresionante capacidad de matices y sentimientos, mostrando además una vis cómica digna de alabar. Oca es sin duda un personaje entrañable al que uno acaba cogiendo cariño en los cuarenta y cinco minutos de duración de este bello espectáculo. Por su parte, Francisco de Paula manipula a Dahpne –sin voz– y a todo el universo bosquiano que va desfilando sobre el escenario, mostrando una gran capacidad para pasar de uno a otro de forma sutil, haciendo un notable uso de su voz para encarnar cada uno de ellos.

   Ellos mismos son, a excepción de Concha Medina –ayudante de dirección–, Daniel Carrasco –creador de los títeres– y Javier y Lorena Fernández –vestuario–, los encargados de todas las facetas trascendentales del espectáculo, esto es, guion, dirección de escena, escenografía y selección musical, algunas veces de forma individual y otras en trabajo conjunto. Sin duda, una compañía de teatro humilde, de esas en las que el actor es además el encargado de prácticamente todo, pero que cree en el éxito del trabajo implicado, sensible y hecho desde la pasión por el onírico mundo teatral. A fe que lo consiguen, pues Perdida en el Bosco es un espectáculo rebosante de sutilezas, refinamiento y sensibilidad, llevado a cabo con una factura cuidada al extremo, que le hace a uno recuperar la fe en el trabajo en el que el mimo al detalle es la máxima a defender.

   El otro gran aporte de este magnífico espectáculo queda en manos –nunca mejor dicho– de Emilio Villalba y Sara Marina, dos de los máximos especialistas en el repertorio medieval hispánico que tenemos actualmente en España, especialmente interesados en aquellos repertorios con notables interferencias de lo andalusí, lo sefardí y lo popular. Ambos realizan un extraordinario despliegue de instrumentos medievales: arpa gótica, zanfona, organetto, fídula oval y pandero cuadrado, entre otros. La habilidad para pasar de uno a otro en cada una de las piezas seleccionadas es realmente impresionante, especialmente en el caso de Villalba, encargado de tañer la mayoría de ellos –para Marina quedan la percusión y el organetto–. Del mismo modo, su capacidad para crear ambientes etéreos y realmente evocadores supone mucho más que un mero aporte instrumental en el desarrollo de la obra. Los instrumentos y estos ángeles –Marina incluso tiene cierto espacio para mostrar su peculiar voz como narradora– terminan siendo un actor más en el transcurrir de la historia. Las músicas ofrecidas forman parte de algunos de los manuscritos medievales más importantes de la península, como son el Codex Calixtinus [ss. XII-XIII], las Cantigas de Santa María [Alfonso X el Sabio, s. XIII], las Cantigas de amigo de Martín Codax [s. XIII] y el Llibre Vermell de Montserrat [s. XIV], a los que se añaden fragmentos del Canto de la Sibila [Catedral de Córdoba, s. X] y el Lamento de Tristano [anónimo italiano, s. XIV]. Por poner solo un pero al espectáculo, hubiera sido interesante hacer mención, ora a través de la narración –el guion creo que lo hubiera permitidio–, ora indicado en el folleto de mano, de estas músicas interpretadas, para que el público pudiera valorar la producción musical medieval tan magnífica que atesoramos en este país.

   Cabe felicitar, pues, a Claroscuro, el Teatro de la Zarzuela y a todos aquellos que han intervenido en la creación de este espectáculo absolutamente hermoso e inspirador por creer que las cosas pequeñas todavía pueden ser algo muy grande. En este siglo XXI, en el que parece que el tiempo para cuidar los detalles es ya totalmente prescindible, ofrecer a los más pequeños –pero no solo; espero que en futuras ocasiones se anime al público de todas las edades a asistir– un evento de estas características es darle un respiro al planeta y a las mentes tan saturadas de banalidades y superficialidades. Personalmente lo agradezco, porque los adultos, sin duda, lo necesitamos aún más que los pequeños.

Fotografía: Teatro de la Zarzuela.

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