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Crítica: Dallas Opera programa el Concierto para violín y 'Der Ring des Polykrates', de Erich Korngold

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Autor: David Yllanes Mosquera
17 de febrero de 2018

Genialidad adolescente

   Por David Yllanes Mosquera
Dallas. Winspear Opera House. 11-II-2018. Concierto para violín en Re mayor y Der Ring des Polykrates (Erich Wolfgang Korngold). Augustin Dumay (violín), Paul Groves (Wilhelm Arndt), Laura Wilde (Laura), Craig Colclough (Peter Vogel), Brenton Ryan (Florian Döblinger), Susannah Biller (Lieschen). Dirección musical: Emmanuel Villaume. Dirección escénica: Peter Kazaras.

   La Dallas Opera continúa su exploración de la obra de Erich Korngold, de quien ya programó en 2014 Die tote Stadt. En esta ocasión nos ofrecía un programa centrado en la primera ópera del precoz compositor, Der Ring des Polykrates, compuesta cuando tenía solamente 16 años. Al ser una obra de un solo acto y poco más de una hora de duración, parecía necesario complementar la función con alguna otra pieza. La opción obvia habría sido Violanta, del mismo autor, que precisamente acompañó a Polykrates en su estreno en 1916, bajo la batuta de Bruno Walter. Muchas alternativas habrían sido posibles: Korngold escribió esta ópera como una interpretación del siglo XX de las óperas bufas dieciochescas y alguna de estas habría supuesto un interesante complemento. En su lugar, la Dallas Opera ha optado por presentar el famoso Concierto para violín. En principio una propuesta interesante, por abarcar dos etapas diferentes de la vida de Korngold y por el potencial de atraer a un público más habituado a los conciertos sinfónicos que a la ópera. Sin embargo, el material promocional no destacó suficientemente la presencia del concierto y, de hecho, buena parte del público se mostró sorprendida al ver la orquesta sobre el escenario al entrar en la sala. Cabe sospechar, pues, que la decisión se vio motivada por (comprensibles) consideraciones económicas.

   Polykrates, con un libreto de Leon Feld y Julius Korngold sobre una obra de Heinrich Teweles, es el prototipo de una obra agradable, accesible a todos los públicos y que engancha desde el primer momento. Su mayor atractivo es una colorida orquestación, que bebe bastante de Strauss –Richard, pero también Johann II, pues las conexiones con la opereta vienesa son más que evidentes–, pero que tiene una voz y personalidad propias. Si a ello unimos el detallismo de Korngold y su naturalidad para la escritura vocal, el resultado es una operita deliciosa que, si no llega al nivel de sus obras maestras (Die tote Stadt y Das Wunder der Heliane) al menos merece más presencia en los escenarios de la que disfruta.

   El argumento está basado en una leyenda relatada por Herodoto, que sirvió de inspiración a Schiller para un poema (recién publicado en la época en la que se ambienta la acción y al que los personajes hacen constante referencia). Polícrates, tirano de Samos, estaba tan bendecido por la fortuna que su aliado el faraón Amasis le aconsejó despojarse de algo de gran valor para equilibrar la balanza y evitar así un futuro castigo divino. Polícrates respondió arrojando un precioso anillo al mar, pero un pescador capturó el pez que se tragó el anillo y se lo devolvió (y efectivamente, Polícrates acabó sufriendo un terrible destino). En la ópera, el homólogo del tirano samio es Wilhelm Arndt, felizmente casado con Laura y que acaba de ser nombrado Hofkapellmeister y de recibir una jugosa herencia. En este idílico clima llega su amigo Peter Vogel, cuya vida, por el contrario, es una sucesión de contratiempos (no en vano Pechvogel significa cenizo en alemán). Viendo la situación y, probablemente, movido por los celos –había estado enamorado de Laura– recuerda a Wilhelm la balada de Polícrates y le aconseja buscarse algún problema para compensar. Tras una serie de equívocos, Wilhelm concluye que el sacrificio que debe hacer para evitar la maldición es deshacerse de su amigo Peter, que termina en la calle. Una subtrama concierne a Florian y Lieschen (ayudante de Wilhelm y criada de la casa, respectivamente), quienes están enamorados y, naturalmente, terminan felizmente emparejados.

   La producción de Peter Kazaras traslada la acción al inicio del siglo XX, con una escenografía de Donald Eastman que recrea el amplio y lujoso salón de una familia acomodada de la época. El principal atractivo de la dirección de Kazaras es el ágil y bien coordinado movimiento los actores, capaz de seguir el animado ritmo impuesto por la música, que no para en ningún momento. Con frecuentes entradas y salidas en momentos (in)oportunos, los personajes constantemente malinterpretan lo que está sucediendo, con lo que se refuerza el carácter cómico de la obra. Ayudan también unos cuantos gags visuales bien integrados.

   El director musical de la Dallas Opera, Emmanuel Villaume, se entregó con entusiasmo y fue capaz de conducir a su orquesta de manera fluida y de mostrar la rica textura de la orquestación, sin con ello descuidar el equilibrio entre el volumen y densidad orquestal y las voces. En el último año he visto con cierta frecuencia a este director (Roméo et Juliette, Thaïs y Tosca en el Met) y creo que esta obra ha mostrado su mejor cara.

   El reparto estaba encabezado por el tenor Paul Groves como Wilhelm, quien resultó un gran caracterizador pero un cantante con notables carencias. En efecto, se entrega con gran entusiasmo y aporta gran comicidad a su personaje, ora crédulo ora paranoico. En este sentido brilla en los ingenuos intentos de Wilhelm de provocar una pelea con su mujer. En el plano vocal el sonido es en general agradable pero se ve en graves apuros en la zona alta, con agudos mal emitidos y colocados.

   Laura Wilde, en el papel de la esposa, ofreció la interpretación más redonda de la función, satisfactoria dramática, cómica y vocalmente. Tiene la voz de mayor tamaño del reparto y facilidad en el registro agudo, aunque pierde algo de fuelle en los graves. Más que correctos Susannah Biller y Brenton Ryan como los enamorados Florian y Liesche. Ambos poseedores de voces bastante ligeras, pero adecuadas a sus papeles y claramente audibles por encima de la orquesta. Como todo el reparto, se mostraron además entregados y duchos en el aspecto cómico.

   Finalmente, el bajo-barítono Craig Colclough resultó convincente como el cenizo e intrigante Peter. La voz es algo áspera, pero texturada y adecuada al papel, y su interpretación aporta el toque de amargura y celos necesario para redondear el cuadro.

   Como comentaba al inicio de esta crítica, la ópera se vio precedida del famoso Concierto para violín del propio Korngold. Es esta una pieza justamente famosa, en la que el compositor incorporó con gran fortuna temas de varias de las películas cuyas bandas sonoras había compuesto durante su exilio en los EE.UU. En esta ocasión, la orquesta de la ópera de Dallas se vio complementada por el violinista Augustin Dumay, en una interpretación meritoria pero algo irregular. En concreto, Dumay dio cierta sensación de no tener demasiado rodada la pieza y de estar muy pegado a la partitura en una interpretación bastante esforzada, sobre todo en un primer movimiento en el que Villaume pareció tener ciertas dificultades para coordinar a solista y orquesta. En el segundo movimiento, Villaume marcó un tempo algo premioso, con un resultado demasiado apagado. El Allegro vivace final, sin embargo, mostró a un Dumay algo más cómodo y mejor compenetrado con la orquesta, a la que Villaume dirigió con más energía, culminando en un emocionante y satisfactorio clímax.

   En definitiva, aunque no todo saliera a la perfección, conviene aplaudir a Villaume y a la Dallas Opera por presentarnos una obra merecedora de mayor atención, con una trabajada propuesta escénica y un reparto entregado y efectivo. Esperemos que continúen con su repaso por Korngold y podamos ver en un futuro próximo Das Wunder der Heliane.

Fotografía: Karen Almond/The Dallas Opera.

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