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Crítica: Denis Kozhukhin junto a solistas de la Orquestra de Cadaqués, en las Jornadas de Piano Luis Iberni

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Autor: F. Jaime Pantín
12 de abril de 2018

La calidez de la música de cámara

   Por F. Jaime Pantín
Oviedo. 08-IV-2018. Auditorio Príncipe Felipe. Denis Kozhukhin, piano. Solistas de la Orquesta de Cadaqués. Obras de Schubert y Beethoven.

   El pasado domingo asistimos a una nueva sesión del ciclo Jornadas de Piano Luis Iberni, que en esta ocasión estuvo dedicado a la música de cámara, con la participación del joven y brillante pianista ruso Denis Kozhukhin, quien con su presencia justificaba la inclusión de este concierto en dicho ciclo pianístico.

   La velada camerística supuso un grato reencuentro con un género cada vez más escaso en las programaciones, a pesar de que –como se pudo constatar– el público responde de manera entusiasta ante este tipo de conciertos, concitando el presente evento casi un millar de aficionados, a pesar de la fecha no muy idónea en que se celebraba.

   La propia escasez en la actividad concertística dedicada a la música de cámara propicia que la constitución de grupos estables sea cada vez menos frecuente, abundando más bien las formaciones integradas por músicos –a veces de calidad excelente– que se reúnen, de manera puntual, para interpretar unas obras determinadas en conciertos más o menos aislados,  con resultados brillantes en ocasiones, pero en los que se pierde algo de la esencia más profunda de un género interpretativo que exige, más que ninguno, una alta dosis de compenetración, complicidad y especial afinidad entre los componentes. Son cada vez más escasos aquellos grupos formados por músicos que ensayan casi a diario, descubren la música  juntos y  juntos crecen como músicos también. Cuando la excelencia instrumental e interpretativa acompaña a este modelo de formación, la llamada música de cámara alcanza todo su sentido y esplendor.

   En esta ocasión la peculiaridad de las obras ofrecidas condicionaba, en parte, este extremo. Existen pocos ejemplos en el repertorio que exijan un tipo de formación como la del Septeto o Septimino, Op. 20, de Beethoven. En este caso, 7 músicos de alto nivel que comparten atril en la Orquestra de Cadaqués aprovechaban la también infrecuente disposición cuartetística de la cuerda –con un solo violín y la incorporación del contrabajo– para abordar el conocido quinteto D 667 –La Trucha– de Schubert, primera obra de conjunto –sus fantásticos Tríos D 898 y D 929 fueron compuestos en 1827– en la que el compositor vienés incorpora el piano. La obra data de 1819 y su excepcional disposición es idéntica a la del Quinteto, Op. 87, de Hummel, que sin embargo Schubert no pudo haber conocido, y la inhabitual inclusión del contrabajo se explica por la necesidad de un instrumento grave que sustente la base del continuo ante el especial despliegue melódico que desarrolla  el violoncello. El quinteto toma su título del lied del mismo nombre, D 550, transportado aquí a la tonalidad de Re mayor desde el Re bemol inicial y adopta la estructura de la serenata dieciochesca, con una disposición en 5 movimientos en la que el cuarto  se convierte en eje central sobre el que gravita toda la obra. Schubert elabora en él 5 variaciones sobre el tema del lied, en las que realza  los aspectos más luminosos, alegres y coreográficos del tema, en lo que parece una renuncia deliberada a la contemplación de los elementos más dramáticos del mismo –los contenidos en la tercera estrofa de la canción– veladamente insinuados en esa cuarta variación en re menor que tiene al violoncello como principal protagonista. El entorno general se desenvuelve, pues, bajo el dominio de lo vital y lo brillante, con toques de fino humor y renuncia expresa a esas laceraciones metafísicas tan habituales en el entrañable Franz. El piano se convierte en protagonista en el aspecto instrumental, aunque musicalmente el papel del cello y del violín son, quizás, más relevantes. Una escritura de vocación ornamental, plagada de agilidades, normalmente al unísono, en distancia de octava en las dos manos, trinos simultáneos, filigranas y arabescos en la zona superior del teclado, ponen a prueba la técnica del pianista en lo relativo a la igualdad, claridad, agilidad y precisión, algo que no plantea ningún problema a un virtuoso como Kozhukhin, a quien merecería la pena escuchar en obras de mayor protagonismo pianístico. Impecable en su cometido,  mostró un sonido transparente y muy idiomático en una obra de estas características, que fue llevada a una velocidad por momentos excesiva y lineal  que quizás soslayó parte de su más recóndita belleza, destacando el violoncello en sus importantes intervenciones y echándose de menos una mayor presencia y continuidad sonora del violín. Admirable la precisión y justeza rítmica de todo el conjunto y mejorable la organización dinámica y transparencia sonora, con intervenciones de alta calidad instrumental y expresiva de los miembros del cuarteto, Sara Bitlloch al violín, Cristina Pozas a la viola, Marius Díaz al violonchelo y Toni García al contrabajo, a los que se unieron en la segunda parte del concierto el clarinetista Joan Enric Lluna, David Tomás al fagot y María Rubio a la trompa para ofrecer una  magnífica interpretación del Septeto, op. 20, de Beethoven, obra de marcado carácter clasicista que adopta asimismo una disposición instrumental inusual y que acusa de manera notoria la influencia de Haydn y de Mozart.

   A lo largo de 6 movimientos, organizados a modo de divertimento o serenata, asistimos a un muestrario inagotable de fantasía y creatividad en el que Beethoven explora las posibilidades ofrecidas por esta combinación  de cuarteto de cuerda con contrabajo y trío de viento. Virtuosismo, gracia, precisión y musicalidad a raudales ofreció el grupo de solistas de la Orquestra de Cadaqués, con intervenciones individuales de alto nivel en una obra realmente exigente en lo técnico y que requiere además un importante dominio estilístico. A destacar el papel estelar de un violín de transparencia y sensibilidad ejemplares en sus hermosos diálogos con el clarinete, ambos de virtuosismo impecable, destacando todos los componentes en las variaciones del cuarto movimiento del septeto, que permiten el lucimiento individual de unos músicos que mostraron su perfecto  conocimiento y rigor en una obra cuya proyección directa y transparente no oculta una complejidad considerable y que hizo las delicias del numeroso público asistente, cerrando una muy agradable velada camerística que esperamos llegue a convertirse en habitual en la ya extraordinaria vida musical ovetense.

Fotografía: deniskozhikhin.com

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