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Crítica: Dezső Ránki en el ciclo de la Fundación Scherzo

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Autor: Álvaro Menéndez Granda
25 de abril de 2018

En el límite del descontrol

   Por Álvaro Menéndez Granda | @amenendezgranda
Madrid. 24-IV-2018. Auditorio Nacional. Ciclo «Grandes Intérpretes». Fundación Scherzo. Dezső Ránki. Obras de Wolfgang Amadeus Mozart, Robert Schumann y Johannes Brahms.

   Dezső Ránki, nombre poco habitual en nuestros escenarios, fue el protagonista del último concierto propuesto por la Fundación Scherzo dentro de su ciclo «Grandes Intérpretes». El programa elaborado por el pianista húngaro para esta cita con el público madrileño reunió tres fantásticas obras de la literatura para el instrumento: la Sonata KV 570, de W.A. Mozart, una de las últimas del autor; la Humoreske, Op. 20, de R. Schumann, contraste maravilloso y elocuente de la doble personalidad del compositor alemán; y las imponentes Variaciones y fuga sobre un tema de Haendel, Op. 24, de J. Brahms, reto pianístico donde los haya y una de las cumbres del género –a veces poco comprendido pero que exige, más que ningún otro, un compositor con recursos creativos muy diversos y una técnica impecable–. Un programa difícil, denso y con una singularidad especial: todas las obras que lo conforman están escritas en la misma tonalidad, si bemol mayor.

   Las sonatas para piano de Mozart son todo lo que un diletante desea. Sencillez en la lectura, melodías definidas, claridad en el discurso armónico y estructura transparente. Eso es Mozart, transparencia. Y precisamente por eso es una trampa mortal para pianistas, porque el intérprete está desnudo en el escenario, sin un recoveco donde esconderse ni posibilidad escapar de esa luminosa sencillez. Brendel en sus ensayos sobre música cita la famosa frase de Schnabel, «las sonatas de Mozart son demasiado sencillas para los niños y demasiado difíciles para los artistas», que pone de manifiesto la dificultad que entraña la reducción a lo esencial, a lo estrictamente necesario, que hay en estas obras. La lectura que Ránki hizo de la Sonata KV 570 fue más que correcta, con momentos muy interesantes, un fraseo cuidado, una dicción clara y una energía adecuadamente regulada y contenida. Pese a todo, en algunos pasajes percibimos algo de precipitación, como si el pianista intentase tirar de la música hacia delante o pretendiera exhibir su agilidad –envidiable pero no siempre necesaria– yendo un poco más rápido de lo habría sido deseable.

   Siempre he encontrado la música de Schumann misteriosa, cautivadora e incómoda a partes iguales. Su escritura es pianísticamente poco ergonómica, la forma en que sus armonías se desarrollan y evolucionan es a veces tan frenética o entrecortada que me resulta agotador seguir su discurso –por ejemplo en la Kreisleriana Op. 16, sin ir más lejos–. No es el caso, sin embargo, de la maravillosa Humoreske, Op. 20. Su estructura es, como comenta hábilmente Arturo Reverter en las notas al programa, impar e irregular. Sin embargo, pese a que algunas de esas características que he mencionado respecto de su música están presentes en la Humoreske, sorprende la coherencia de esta pieza dentro de su extraña forma en cinco movimientos, compartimentados a su vez en varias secciones. La versión de Ránki fue, de nuevo, un poco precipitada, ansiosa. Se perdió algo de claridad a causa de un tempo excesivamente rápido, aunque fue posible escuchar interesantes fraseos y juegos de voces entretejidas, destacadas aquí y allá. En términos generales, habría preferido algo más de sosiego en beneficio de la claridad. Lo mejor, el tema inicial, expuesto de modo tierno y soñador, sensible y sosegado.

   Si alguien me pidiera que pusiese un ejemplo de tema con variaciones que pudiese resumir y representar el género, sin duda elegiría las Variaciones y fuga sobre un tema de Haendel, de Johannes Brahms. Obra monumental, densa y de reminiscencias orquestales, requiere un pianista que aúne técnica y expresión. A Ránki no le falta ninguna de las dos, pero volvió a pecar por exceso conduciendo la obra de un modo apresurado. Sirva como ejemplo la quinta variación, la primera en exponer el tema en modo menor, que podría haber lucido mucho más si hubiera cantando las líneas de forma más detallada, con más calma y más atención al detalle. La fuga, tremendamente vigorosa, es un despliegue de sonoridad rutilante que Ránki recorrió con destreza. Hubo algunos pasajes confusos, pero llegó a la coda con fuerzas suficientes para finalizar la obra llenando la sala de una grandiosa sonoridad.

   En definitiva un concierto convincente, con un programa fantástico, singular por su estructura y su duración, pero que estuvo empañado por una constante sensación de ansiedad, como si el pianista deseara recortar en uno o dos minutos cada obra. Las contrarreloj no son deseables en la sala de concierto –en este caso un Auditorio Nacional lamentablemente medio vacío–, pues podrían jugar en contra del intérprete. Ránki hizo un recital muy bueno, demostrando una técnica envidiable y un sonido muy cuidado, pero siempre paseando peligrosamente cerca del difícil, comprometido y desdibujado límite entre la rapidez y el descontrol.

Fotografía: Andrea Falvegi.

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