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Crítica: 'Don Carlo', de Giuseppe Verdi, en el Teatro Comunale di Bologna

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12 de junio de 2018

Una magnífica noche de lírica

   Por Magda Ruggeri Marchetti
Bolonia. 06-VI-2018. Teatro Comunale. Don Carlo (Giuseppe Verdi/Joseph Méry e Camille Du Locle). Dmitry Beloselskiy (Filippo II), Roberto Aronica (Don Carlo), Luca Salsi (Rodrigo), Luiz Ottavio Faria (il grande inquisitore), Luca Tittoto (un frate), Maria José Siri (Elisabetta de Valois), Veronica Simeoni (la principessa Eboli), Nina Solodovnikova (Tebaldo), Massimiliano Brusco (il conte di Lerma), Claudio Cardile (l’araldo reale), Erika Tanaka (una voce dal cielo). Orquesta y Coro del Teatro Comunale. Director musical: Michele Mariotti. Director de escena: Henning Brockhaus.

   Giuseppe Verdi compuso Don Carlo para la Opéra de Paris, donde se representó en 1887 sobre texto francés, y en Bolonia en octubre del mismo año en italiano. Verdi revisionó varias veces esta grand-opéra y la versión italiana de 1884, traducida por Achille de Lauzières y Angelo Zanardini, quedó en cuatro actos con algunas diferencias substanciales. Basada en el drama de Schiller, se desarrolla en la segunda mitad del siglo XVI y denuncia el fuerte influjo de la Iglesia de aquel periodo y el conflicto entre la razón de estado y los sentimientos personales.

   Verdi no ha querido componer un drama histórico, sino más bien psicológico, profundizando el estudio del alma de sus personajes y subrayando las dificultades humanas causadas por la lógica implacable del poder. De ahí la gran dificultad de la partitura, que tiene necesidad de un gran director para no exagerar con sonoridades bandísticas, sino expresar la fuerza del poder sin olvidar nunca los aspectos psicológicos que Verdi amaba, en especial la soledad del hombre cansado y derrotado por el poder.

   Esta nueva producción del Teatro Comunale di Bologna se vale de la excepcional batuta de un gran maestro como Michele Mariotti que consigue lo mejor de una orquesta de la que ha sido el director principal desde 2008 y que le sigue con gran eficacia. Citamos tan solo los preludios, en especial el del IV acto que anticipa la escena del gran dolor de Elisabetta, y las emocionantes y tristes páginas en que emerge el sentido de la desesperación, sin olvidar los momentos de fuerza como la escena de los condenados a la hoguera o el dúo entre Filippo II y Il Grande Inquisitore. Queda claro que los protagonistas de la ópera no son estos últimos, sino más bien las angustias, los contrastes amorosos o la renuncia a la felicidad de Elisabetta de Valois, que se casa con Filippo II aun amando a su hijo Don Carlo, o el tormento del Rey, atrapado entre el poder de la Iglesia y la rebelión del hijo. También el coro preparado por Andrea Faidutti ha dado una gran prueba.

   Michele Mariotti ha cuidado de manera especial a los artistas no solo vocalmente, sino también la musicalidad de sus palabras para subrayar su carga psicológica. El cast es verdaderamente importante. Dmitry Beloselskiy, con voz potente y buen timbre, a pesar de la imagen de monarca absoluto ofrece una interpretación sufrida y emocionada, no solo en los dúos con Rodrigo y con Il Grande Inquisitore, sino más bien en el aria que abre el III acto “Ella giammai m’amò” donde expresa su tremenda soledad. El tenor Roberto Aronica con voz dramática ha superado holgadamente la dificultad de los agudos y de un papel musicalmente exigente, encarnando a un Don Carlo doliente, que se debate entre su amor, el deseo de renovación del reino y la incomprensión paterna. Luca Salsi, un barítono de buena y rica voz, que se ha distinguido especialmente en el repertorio verdiano, ha interpretado convincentemente a Rodrigo, un personaje complejo, noble y digno que intenta superar la dificil encrucijada donde lo coloca su lealtad y afecto hacia Carlo. Notables los dúos con este último, donde resalta su profunda amistad, siendo especialmente emocionante el de la cárcel.

   Maria José Siri, universalmente apreciada por sus papeles verdianos, es Elisabetta de Valois, un rol difícil que demanda una voz madura de soprano dramático y que Siri posee con creces, como hemos constatado en “Tu che le vanità”, un aria dificil que termina con un soberbio pianissimo. Veronica Simeoni encarna a la Pricipessa Eboli que, despechada por la frialdad de Carlo, se venga denunciando un inexistente adulterio de la inocente Reina. Su bella voz emerge en el aria “O don fatale” y en los suaves fraseos de la “Canzone del Velo”, con la repetición ejecutada en un virtuosista pianissimo que muestra su habilidad técnica. Importante el papel del bajo Luiz-Ottavio Fava como Il Grande Inquisitore que Verdi crea con le physique du rôle, ciego como la resistencia de la Iglesia frente a las novedades y que respalda la decision del Rey de condenar a muerte a su hijo. Entre los papeles secundarios recordamos a Massimiliano Brusco (il conte di Lerma), a Luca Tittolo (un frate), a Nina Solodovnikova (Tebaldo) y a Erika Tanka (una voce dal cielo), ambas de la “Scuola dell’Opera” del Teatro Comunale de Bolonia. Los restantes intérpretes se limitan a seguir con celo las pautas marcadas por el Maestro.

  El director de escena Henning Brockhaus, conocido por su gran experiencia en teatro, habiendo montado muchos autores y especialmente a Brecht, ha construido un ambiente onírico, con ecos de imponente fantasy épico. La escenografia de Nicola Rubertelli dibuja un espacio abstracto, abrumador, con altas y masivas murallas grises de textura rocosa y rugosidad de escoria metálica, que se hacen envolventes para subrayar el carácter cerrado del ambiente de aquella corte imperial y de la propia tragedia, o se abren para dar paso a escenas corales y casi constantemente a algo aún más oprimente: el trono con Il Grande Inquisitore y sus huestes clericales. La única pausa la proporciona una fugaz visión de troncos de abedul envueltos en la neblina del Bosque de Fontainebleau. Dignos de nota por su lograda estética los telones de apertura, en los dos descansos y en los cambios de tramoya, con variantes de un mixto tempestuoso de grietas, rayos y ominosos desgarros de oscuros tonos. Acertado el vestuario intemporal de Giancarlo Colis y perfectas las luces de Daniele Naldi.

   Hemos asistido a un magnífico espectáculo y a una noche excepcional de lírica. Interminables las aclamaciones del público durante y al final de la función, aunque se oyó algun incomprensible abucheo a la aparición del director de escena.

Fotografía: Rocco Casaluci.

Autor:Magda Ruggeri Marchetti
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