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Crítica: 'El cantor de México' en la temporada de Zarzuela del Teatro Campoamor de Oviedo, bajo la dirección de Óliver Díaz

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18 de febrero de 2018

 Inauguración de la temporada de ¿zarzuela?

   Por Nuria Blanco Álvarez | @miladomusical
Oviedo. 15-II-2018. Teatro Campoamor. XXV Festival de Teatro Lírico Español. El cantor de México, Francis López. Rossy de Palma, Emmanuel Falardo, Luis Álvarez, Sylvia Parejo, Manel Esteve, César Sánchez, Ana Goya. Oviedo Filarmonía. Capilla Polifónica Ciudad de Oviedo. Pablo Moras Menéndez, director de coro. Emilio Sagi, director de escena. Óliver Díaz, director musical.

   La Temporada de Zarzuela de Oviedo -sobretítulo que encabeza toda la cartelería del Festival de Teatro Lírico Español de la capital asturiana- cumple este año sus bodas de plata y comienza celebrándolo por todo lo bajo con “El cantor de México”. Siendo la segunda temporada más importante de España, y por ende, del mundo, y con lo arraigada que está en la ciudad, no se comprende que el nuevo Ayuntamiento pretenda echar por tierra todo el trabajo de más de dos décadas haciendo cada vez más pequeño el Festival, tanto en dimensiones, como en calidad y en la propia selección de títulos. Tan solo se ofrecen dos representaciones por obra a pesar de agotarse las entradas, eliminando desde el año pasado la tercera, impidiendo así que una buena parte del público habitual y nuevos aficionados puedan acceder a estos espectáculos. ¡Cuántas entidades culturales darían lo que fuera por generar más audiencia en sus propuestas! De la calidad de los espectáculos hablaremos largo y tendido más abajo, pero de momento diremos que, aunque las producciones suelen venir del propio Teatro de la Zarzuela, no es oro todo lo que reluce.

   Y lo que es realmente indignante es el constante intento de alienación de “la masa”, en este caso, un público general que, sin más pretensión que pasar un buen rato y disfrutar de un espectáculo musical, sólo conoce lo que aquí se le ofrece y “se vende”. No cuentan sin embargo estas autoridades con que no todo el público es “masa” y son muchos los aficionados con un gran recorrido en el mundo de la zarzuela, afición, conocimiento y gusto, en una de las ciudades con más tradición y ambiente  musical de nuestro país, además de ser la cuna de la Musicología. Desde su Universidad, encabezada por los más prestigiosos intelectuales del tema, se estudia, mima, promociona y recupera el patrimonio musical español como en ningún otro sitio. ¡Qué maravilla sería aunar fuerzas y conseguir un Festival único! Pero los intereses son tan dispares…

   Hemos tenido que leer declaraciones de ciertos políticos locales que a bombo y platillo, y con grandes titulares, intentan vincular la zarzuela al franquismo, mencionando incluso para justificarse, a ilustres personalidades de la Musicología española que en realidad jamás se han pronunciado en este sentido. Desde luego la ignorancia es muy atrevida. Y para combatir esa alergia que algunos parecen tener a todo lo que suene, aun remotamente, a “español”, utilizan su fugaz poder para adoctrinar. Hasta tal punto, que ya parece una costumbre incluir entre los cuatro títulos seleccionados por temporada, uno encargado exprofeso a adláteres que fomenten los ideales partidistas de los que ahora ostentan el poder, incluso maquillando obras clásicas del repertorio. En definitiva, en la selección de títulos ahora se incluye de todo, menos zarzuela. Tal es el caso de “El cantor de México”.

   Esta obra con música de Francis López y libreto de Félix Gandera y Raymond Vincy, en versión libre de Emilio Sagi, está basada en la película cinematográfica homónima realizada en 1957 para promocionar al cantante Luis Mariano que obtuvo un enorme éxito con la obra original “Le Chanteur de Mexico” estrenada en el parisino Théâtre du Châtelet en 1951. Emilio Sagi la recuperó en 2006 precisamente para reestrenarla en el mismo coliseo y ahora llega a Asturias de la mano del Teatro de la Zarzuela, donde se ejecutó hace unos meses, con traducción del polifacético Enrique Viana. Detalle importante, una obra francesa, originalmente en francés y con melodías que incluyen ritmos tan variados como bolero, mambo, jazz y big band. Se trata de un espectáculo musical, que sus autores denominaron opereta, pero que nada tiene que ver con la zarzuela. En esta ocasión la historia narra los intríngulis de la grabación de una película de cine, una especie de metateatro llevado a la excelencia en la Zarzuela “El dúo de la africana” a la que se hace un guiño en su escena inicial. El coro espera mientras que el ayudante de dirección organiza a los pintores de la escenografía y buscan en unas audiciones al protagonista masculino. Además de este argumento inicial, comparten las recientes producciones de ambas piezas al mismo actor en el papel de empresario, que dejó grabado para siempre en la historia del teatro Luis Álvarez con su paradigmática interpretación de Querubini en la modélica obra de Manuel Fernández Caballero y que ahora interpreta a su homónimo Cartoni, de nuevo italiano aunque esta vez sin acento. ¡Qué grande Luis Álvarez! Un verdadero maestro de la escena, que dota de calidad a cualquier obra en la que participe. Sin duda, la estrella de la noche. Igual actúa, que canta o que baila, cosa que no puede decir, en general, el resto del reparto.

   Rossy de Palma como Eva Marshall, protagonista ya en el estreno en París de esta versión de Sagi, es sin duda una artista con muchas tablas y su presencia escénica es realmente cautivadora. Se ganó al público con su vis cómica y algunas morcillas que tanto suelen gustar, dichas en asturiano para sorprender a la audiencia. Sin embargo, el aspecto vocal de su trabajo deja muchísimo que desear. Para que nos entendamos, ahora que todos vamos a tener que ponernos a estudiar eso que llaman “llingua”, tiene lo que por aquí se denomina “voz de cazalla”, es decir, carrasposa, áspera, ronca, grave, sin definición tímbrica y nula tesitura.

   El papel protagonista debió interpretarlo un tenor de entidad vocal. La voz de Emmanuel Faraldo no tiene volumen y quedaba eclipsada constantemente por la orquesta a pesar de los intentos de Óliver Díaz por balancear el volumen de la Oviedo Filarmonía. La nula potencia y proyección del tenor hacía que su voz no llegara al público y que no luciera ninguna de sus interpretaciones, por mucho falsete que utilizara en la arhiconocida “Canción de México”. Intentaba lucirse con sus largos fiatos, ya que es la única cualidad en la que podía escudarse pues su presencia escénica y sobre todo vocal fue mucho más que discreta.

   Continuando con este crisol de voces inadecuadas para la escena, seguimos con Sylvia Parejo como Cricri, que aportó su toque Disney a cada una de sus intervenciones, donde siempre parecíamos escuchar a “la sirenita” o a “la bella” sin la bestia, pues su voz únicamente está preparada para los musicales en los que habitualmente actúa y que además, requieren de amplificación; al no ser este el caso, su volumen se resentía en todo momento.

   Manel Esteve como Bilou desarrolló correctamente su papel, tanto en lo escénico como en lo vocal, así como el resto del reparto actoral. El Coro Capilla Polifónica Ciudad de Oviedo, bajo la dirección de Pablo Moras Menéndez, estuvo estupendo en escena, tanto por su empaque vocal como por su desparpajo escénico. Nuestra admiración especial a la parte masculina que afrontó con gran profesionalidad el cuestionable momento en que hubieron de presentarse a escena con unas ceñidas mallas cortísimas, botas y máscaras propias de los luchadores mejicanos, con un “total look” en azul piscina nada favorecedor, rozando lo ridículo. Gran valor la de estos hombres que no solo mantuvieron el tipo, sino que lo hicieron con gracia mientras interpretaban su parte vocal. También fue protagonista el cuerpo de baile, muy bien aprovechado por su alta participación en la obra, con unas coreografías de Nuria Castejón muy efectivas y bien integradas en la escena.

   Lo que sí fue realmente espectacular fue la puesta en escena propuesta por Emilio Sagi y la magnífica escenografía creada por Daniel Bianco, actual director artístico del Teatro de la Zarzuela. Sagi recreó unos espacios un tanto alejados de la elegante sobriedad y casi monocromía a la que nos tiene acostumbrados, explotando en un mundo de color y excesos para recrear distintos aspectos de la cultura mejicana, con lo que él mismo denomina una estética “kitsch”. No faltaron las Frida Kahlo en las féminas del coro, ni los vestidos folklóricos del país azteca en las bailarinas. También hubo momentos para recrear el tradicional día de los muertos y las coloridas coronas y marcos de flores inundaban constantemente la escena. Pero sin duda, el momento que dejó al público con la boca abierta fue la aparición en escena de una espectacular escalera enmarcada con enormes flores y gigantes ramos de calas distribuidos por el escenario; casi parecía una inmensa carroza de carnaval, con mariachis incluidos. Un nuevo universo Sagi mucho más colorido y excesivo de lo habitual pero no exento del buen gusto e impacto visual que siempre le caracteriza. No se olvida el director de escena de los momentos glamurosos y sofisticados que contrastan con el exotismo anterior, así se pudo disfrutar de un elegante momento visual con las bailarinas y Cricri ataviadas al estilo de las actrices de la época dorada de Hollywood con sus largos vestidos de lamé y pelucas rubio platino con ondas al agua, quizá la estola de piel de la chica en un ambiente caribeño hubiese podido ser sustituida por una boa de plumas más adecuada en ese entorno. Un gran trabajo de vestuario el de Renata Schussheim, donde destacaron el desfile de vestidos, siempre brillantes o llamativos para la esbelta Rossy de Palma que los lució como nadie; la artista no es novata en las pasarelas. También fue sobresaliente la labor de caracterización y posticería, suponemos que a cargo del equipo del propio Teatro Campoamor, pues no se facilitaron sus nombres en el programa de mano, por cierto organizado de forma un tanto caótica, que no mencionaba a la orquesta ni al coro más que en las biografías finales y entremezclaba fotos con el listado del reparto complicando la continuidad lectora.

   La función estuvo dedicada a la recientemente desaparecida directora Elena Herrera, vinculada a Asturias en muchos momentos de su carrera. Óliver Díaz, a cargo de la Oviedo Filarmonía, tuvo que lidiar con varios frentes. Por un lado la falta de volumen sonoro de varios cantantes, por otro adecuarse al sentido rítmico de la actriz principal y además, intentar conseguir de la Oviedo Filarmonía la ductilidad necesaria para afrontar ritmos tan variados como los que inundan esta partitura. Los ritmos caribeños no son el punto fuerte de la agrupación, que se mostró algo más segura en las intervenciones quasi jazzísticas o cercanas a las big bands, claro que para esto no hacía falta una orquesta sinfónica.

   Parte del público mostró su enfado al final del espectáculo, pateando a Rossy de Palma, Emanuel Faraldo y, sorprendentemente, a la propuesta de Emilio Sagi, siempre idolatrado en esta su casa. Los pateos y abucheos también se escucharon antes del comienzo de la obra, y es que no podemos dejar de comentar el revuelo que se está formando con el insistente mensaje en “llingua” del consabido aviso para apagar los móviles al inicio de los espectáculos que se desarrollan en el Teatro Campoamor. Se pretende, poco a poco, ir lavando el cerebro a los asturianos con el artificio de la “llingua” para hacerles creer que esto es patrimonio que cuidar. No señores, los Bables son patrimonio a conservar, pero lo suyo, es un invento en el que gastar el presupuesto de las arcas públicas ¿para probablemenete asignar sueldos a “expertos” en algo que no existe y que se están inventando sobre la marcha? ¿Y de dónde sacan la partida presupuestaria? ¿Les he dicho ya que hay una función menos por título de zarzuela? Y podríamos continuar mencionando el tremendo recorte en la Jornadas de piano “Luis G. Iberni” o los “Conciertos del Auditorio” de la capital asturiana. El tema del cambio, con vanas excusas, de todas las farolas isabelinas que embellecen la ciudad es otro cantar, no relacionado con la lírica (¿o sí? Me pregunto de dónde sacarán el presupuesto para el reemplazo…), por lo que no lo desarrollaremos aquí, pero les advierto que cualquier día me encadeno a una, cual Baronesa Thyssen, para salvar al menos la que está bajo mi ventana.

Fotos: Ayto. Oviedo

Autor:Nuria Blanco Álvarez
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