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Crítica: Juan Diego Flórez y Vincenzo Scalera ofrecen un recital en el Teatro de la Maestranza de Sevilla

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Autor: José Amador Morales
15 de octubre de 2018

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   Por José Amador Morales
Sevilla. 10-X-2018. Teatro de la Maestranza. Fundación Telefónica. Obras de Wolfgang Amadeus Mozart, Gaetano Donizetti, Giuseppe Verdi, Jules Massenet, Charles Gounod y Giacomo Puccini. Juan Diego Flórez, tenor. Vincenzo Scalera, piano.

   Regresó Juan Diego Flórez a Sevilla trece años después de su última visita (y veinte desde su aparición en Alahor in Granata de Donizetti) saliendo, como entonces, triunfador de una velada en la que conquistó nuevamente al público sevillano en base a su comunicatividad y a un programa sin concesiones y completísimo.

   A propósito del repertorio seleccionado, la comparación entre las piezas seleccionadas en aquél recital del 10 de Marzo de 2005 y las del que nos ocupa, resulta un claro exponente de la evolución de Flórez en su carrera operística. Si por aquél entonces se presentaba como exitoso tenor rossiniano, ahora su repertorio pretende abarcar más roles del repertorio clásico romántico hasta el punto de ni siquiera ofrecer en esta ocasión una sola página del compositor de Pésaro. Su voz, no en vano, lógicamente ha evolucionado con ello y sus agudos, aun siendo impactantes, no resultan tan fáciles al tiempo que su centro presenta un punto de más anchura. No obstante mantiene las principales cualidades vocales de antaño, esto es, un timbre ciertamente personal y atractivo, un fraseo de encantadora naturalidad y una técnica de calidad incuestionable. Por el contrario, probablemente sea el relativo volumen y el escaso registro grave los aspectos más insuficientes de su instrumento que, a la postre, le impiden desarrollar su potencial en un repertorio más pesado. En este sentido, el recital pareció estar planteado a modo de crescendo, esto es, de una progresiva exigencia de mayor densidad vocal de las piezas seleccionadas.

   Flórez comenzó un Mozart de bello fraseo en «Dies Bildnis ist bezaubernd schön», de La flauta mágica, tal vez un punto narcisista, y conveniente diferenciación entre los diversos pasajes en la escena «Si spande al sole in faccia», de Il re pastore, cuya entrega final avanzó en parte lo que vendría a continuación. Porque si su «Una furtiva lacrima» convenció por su habitual sobriedad expresiva, dejando que la mera sensualidad del fraseo subyugara por sí sola, en la escena final de Lucia di Lammermoor descubrimos probablemente el mejor resultado de la evolución de Flórez estos últimos años, con un centro más nutrido que le permitió cincelar de forma extraordinaria el recitativo previo, un aria de alto calado expresivo que coronó con agudo de excelente apoyo y proyección así como una dramáticamente eficaz dosificación de los silencios finales. Tras ello, perdió algo de pie en la escena de La traviata con un aria algo descafeinada en lo expresivo y una cabaletta con evidente falta de empuje.

   En la segunda parte, las arias de Massenet dieron una de cal y otra de arena, pues si la contemplativa "En fermant les yeux” de Manon –al igual que la célebre «Pourquoi me réveiller» de Werther– fueron momentos ideales para el lucimiento de su elegante y natural línea de canto, en «Ah, fuyez douce image» acusó problemas en el pasaje y en el fiato. Seguramente entre ambos, el aria del Faust de Gounod supuso un equilibrado término medio vocal y expresivo. El recital fue cerrado oficial y extraoficialmente con dos famosas páginas puccinianas: una hermosa «Che gelida manina» de La bohème, y una impactante «Nessun dorma» de Turandot que contó con el propio público como insólito –¡y afinado!– coro acompañante. Al igual que otras páginas ofrecidas durante la velada (no digamos Les vêpres siciliennes, con esa estupenda «A toi que j'ai chérie»), el morbo canoro aquí residió en lo inverosímil de ver a Flórez algún día cantando dichas óperas sobre el escenario y con una orquesta sinfónica por delante al tiempo que el disfrute de unas interpretaciones aquí apropiadas.

   Entre ambas, y para delicia de un público para entonces ya rendido a sus pies, Juan Diego Flórez ofreció la inevitable «Ah mes amis», de La fille du règiment de Donizetti y, acompañándose a la guitarra, sus célebres versiones de Cucurrucucú, José Antonio, La flor de la canela y Granada. Estupendo Vincenzo Scalera al piano quien, además de su acreditado prestigio como acompañante de cantantes, regaló estimables versiones del Vals en Do mayor de Donizetti y la «Meditación», de Thaïs de Massenet.

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