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Crítica: La London Symphony Orchestra inaugura la temporada de Ibermúsica con dos conciertos

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Autor: Raúl Chamorro Mena
19 de octubre de 2018

Sensación de desaprovechamiento

   Por Raúl Chamorro Mena
Madrid. Auditorio Nacional. Ibermúsica.
16-10-2018. Concierto para piano n.º 1, Op. 23 (Piotr Illich Tchaikovsky); Ma Vlast (Bedrich Smetana) Selección: Vysehrad, Vlava, Sárka, Blanik. Denis Kozhukhin, piano. London Symphony Orchestra. Dirección: Nikolaj Szeps-Znaider.
17-10-2018. El sombrero de tres picos, Suites 1 y 2 (Manuel de Falla); Sinfonía española, Op. 21 (Eduard Lalo); El pájaro de fuego, suite de 1945 (Igor Stravinsky). Christian Tetzlaff, violín. London Symphony Orchestra. Director: Jaime Martín.

   La apertura de la nueva temporada de Ibermúsica (la número 49) ha estado a cargo de una de las agrupaciones más asiduas del ciclo, la Orquesta Sinfónica de Londres, que goza de un merecido prestigio desde su fundación en 1904. En ambos conciertos destacaban dos acreditados solistas, por un lado el pianista ruso Denis Kozhukhin y por otro, el violinista alemán Christian Tetzlaff que se enfrentaban a dos obras populares y particularmente emblemáticas en cuanto a su exigencia de virtuosismo.

   El concierto del día 16 comenzó con los imponentes y majestuosos acordes del Concierto para piano número 1 de Tchaikovsky, único del genio ruso que se programa habitualmente, toda vez que el número 2, el inacabado número 3 y el concierto fantasía rara vez pueden escucharse. Denis Kozhukhin –en la línea de lo mostrado en su presentación en el ciclo en enero pasado– lució su habitual brillantez, potencia y exuberancia sonora desde los primeros compases superando el pulso sonoro con la orquesta (que sonó contundente), en ese duelo de fuerzas que constituye todo este primer movimiento. Bien es verdad, que el sonido resultó más martilleante que pulido, además de falto de paleta de colores, mientras el fraseo, plenamente idiomático, más enérgico y extrovertido que reposado. Asimismo, pudo apreciarse en todo el primer capítulo escasa compenetración entre una desordenada batuta y el solista. En el segundo movimiento, a pesar del apropiado diálogo logrado con las maderas, le faltó un punto de delicadeza y lirismo, si bien la sólida técnica de Kozhukhin le permitió cumplimentar con aparente facilidad el exigente virtuosismo del tercero construido sobre danzas y ritmos folklóricos rusos. Esa digitación vertiginosa y dominio técnico del solista, así como un mayor acoplamiento entre el mismo y la orquesta, posibilitaron que este tercer capítulo del concierto fuera el más logrado, dando la sensación que la batuta se desenvolvía mejor en la música danzable y un punto efectista del mismo. Si bien la sensación general fue que la dirección musical no tenía un concepto claro y coherente de la obra con una labor un tanto irregular y deshilvanada.

   Por tanto, el que fuera buen violinista Nikola Znaider (así se anunciaba en su momento –ahora Szeps-Znaider–) demostró, una vez más, que ser un prestigioso solista no garantiza ser un director de orquesta inspirado  (más bien al contrario, con algunas excepciones que todos tenemos in mente).  En la segunda parte, se interpretaron 4 de los 6 poemas sinfónicos que componen Mi patria de Bedrich Smetana, en los que Znaider volvió a mostrar escasa inspiración, desorganización y falta de ideas en una interpretación borrosa, monótona, vulgar y superficial. Como propina de esas que no explican muy bien, ante la tibia respuesta del público, se ofreció una atropellada interpretación de una de las Danzas eslavas de Antonín Dvorák. Dejando de lado los desajustes, el sonido de la magnífica orquesta, dentro de sus calidades indiscutibles (fabulosas las maderas destacando, una vez más, el clarinete de Andrew Marriner, así como el oboe de Juliana Koch y el corno inglés de Christine Pendrill), no sólo estuvo muy lejos del que ofreció hace justamente un año con Bernard Haitink en el podio, incluso también del que pudo escucharse el día siguiente.

   Si en el evento del día 16 la música eslava fue la protagonista, el día 17 el mundo del ballet, la música española y la amistad entre Manuel de Falla e Igor Stravinsky amalgamaron el programa de un concierto dedicado a la memoria de la insigne soprano Montserrat Caballé, recientemente desaparecida. Otro ex instrumentista, en este caso flautista, el santanderino Jaime Martín debutaba al frente de la London Symphony y demostró buen pulso y adecuado sentido del ritmo en las suites 1 y 2 del ballet El sombrero de tres picos, encargo de Sergei Diaghilev a Manuel de Falla, buque insignia de los compositores patrios. Bien es verdad, que se apreciaron ciertos excesos (vibrante el crescendo de la farruca, pero que culminó de forma un punto brusca) y tendencia a lo aparatoso y bombástico, pero la orquesta sonó mucho mejor que el día anterior. Martín supo poner en adecuado relieve la brillantez de la orquestación, aunque faltó un punto de la pasión y voltaje que encierra esta música. Una mención a la solista de fagot, magnífica en la danza de la molinera.

   A continuación, otra muestra de «música española» aunque fuera compuesta por un francés –si bien se especula con su posible ascendencia hispana–, la sinfonía española, un ejemplo del gusto por todo lo español –también por la música evidentemente– en la Francia de la segunda mitad del siglo XIX. Pieza emblemática de virtuosismo para violín concertante (Tchaikovsky al conocer la partitura decidió componer su concierto para violín) y que fue dedicada a uno de los más grandes virtuosos (si no el que más) del instrumento, el navarro Pablo de Sarasate. Pese a ser natural de Hamburgo, el violinista Christian Tetzlaff –que utiliza un violín moderno en lugar de un Stradivarius o un Guarnieri– demostró ser un perfecto heredero del navarro, pues ofreció una sobresaliente interpretación con una precisión deslumbrante y esa aparente facilidad que atesoran los grandes. Dominio insultante del arco, estupendos ataques a la cuarta cuerda, afinación pluscuamperfecta, dinámicas, rubati, y un fraseo –que en esta ocasión deja de lado el carácter analítico de quien borda el concierto de Ligeti y los dos de Bartok– tan variado como caluroso y expresivo. Tetzlaff, bien arropado por la orquesta, expuso de manera genuina los ritmos populares que trufan esta partitura: habanera, bolero, ecos flamencos… para culminar en una auténtica exhibición en el último movimiento, que exige un virtuosismo extremo, pero que el alemán cumplimentó, entregado y vibrante, pero con una sensación de facilidad propia del que se está tomando un café sentado a orillas del Elba. Las ovaciones del público tuvieron como premio una propina de Bach, magníficamente interpretada.

   La segunda parte la ocupó la suite de 1945 (última y más larga de las tres que elaboró el autor) de otro ballet compuesto para los Ballets Russes de Sergei Diaghilev, El pájaro de fuego de Igor Stravinsky. Una versión contrastada en la que estuvo presente el colorido y las primorosas tímbricas de la orquestación, aunque sobraron algunas brusquedades, una percusión un tanto desbocada y una danza infernal algo excesiva. El efecto se impuso al orden.

   Notable prestación de la cuerda en una orquesta que sonó mejor y pareció más motivada que el día anterior. Eso sí, es obligado destacar nuevamente la espléndida sección de maderas de la London Symphony con justa mención al fagot de Rachel Gough y el clarinete del siempre sobresaliente Andrew Marriner.

   Si bien el segundo concierto dejó mejor regusto que el primero, quedó en ambos cierta sensación de contrariedad por no poder disfrutar una orquesta de este nivel con otras batutas de mayor dimensión al frente.

Fotografía: London Symphony Orchestra.

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