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Crítica: Lionel Bringuier y la Tonhalle Orchester Zürich en Ibermúsica

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Autor: Raúl Chamorro Mena
24 de abril de 2018

Mejoró la segunda parte

   Por Raúl Chamorro Mena
Madrid, 19-IV-2018, Auditorio Nacional. Ciclo Ibermúsica. Sinfonía núm. 4, Op, 60 (Ludwig van Beethoven); Peer Gynt, Suite núm. 1, Op. 46 (Edvard Grieg); Variaciones Enigma, Op. 36 (Edward Elgar). Tonhalle Orchester Zürich. Director: Lionel Bringuier.

   Segundo de los conciertos que la Tonhalle Orchester daba en Madrid dentro del ciclo Ibermúsica encuadrados ambos en la gira que conmemora el 150 aniversario de esta agrupación. Hay que subrayar que, como afirma mi compañero Pedro Lapeña Rey en su recensión del primero de los conciertos (día 18), estamos ante una buena orquesta, pero no más y su titular es un director solvente, pero no extraordinario ni especialmente inspirado. Cierto es que el ciclo Ibermúsica nos tiene “mal acostumbrados” con grandes orquestas, solistas y directores que nos deparan cada temporada un buen puñado de conciertos de altísimo nivel, con lo que uno  simplemente correcto, pero más bien insustancial o discreto, contrasta especialmente y no digamos si aborda un repertorio habitual.  

   La primera parte del concierto estuvo dedicada a Beethoven, aunque bien es verdad que no se interpretó una de sus sinfonías más frecuentes si no la cuarta, que como ocurre con las demás con número par suelen estar claramente superadas en el gusto del aficionado, también del que suscribe,  por las impares compuestas por el genio de Bonn. A pesar de ello y de la famosa frase de Robert Schumann que la calificaba de “una joven delgada junto a dos gigantes nórdicos” (la tercera y la quinta) estamos ante una sinfonía de Beethoven lo cual ya denota unas altísimas calidades. Lo peor que puede decirse de la interpretación de Bringuier es que no quedó claro qué concepto de Beethoven es el suyo. Si el más tradicional con sonido denso, brillante y vigoroso que lo encuadra claramente en pleno romanticismo o bien, el que en la estela de las corrientes historicistas mira más hacia atrás, hacia el clasicismo o bien, un camino intermedio. El sonido orquestal resultó apagado y escasamente refinado con una cuerda mate, falta de empaque y cuerpo, mejor las maderas (especialmente flauta y fagot) y todo con una articulación que no destacó por una especial claridad ni ligereza. Cierto es que Bringuier mostró un mínimo sentido de la construcción, con algunas dinámicas apreciables y que tanto en el scherzo como, sobretodo, en el último movimiento imprimió cierto nervio, que, sin embargo, no fue suficiente para paliar la sensación de estar ante un Beethoven superficial, plano y más bien trivial.

   Algo mejor fueron las cosas en la segunda parte que empezó con una mañana de la Suite número 1 de Peer Gynt con una buena introducción a cargo de la flauta solista de la orquesta, aunque posteriormente empañada por un desliz del oboe. Bien balanceada resultó la danza de Anitra y notable el pasaje final “En la gruta del Rey de la montaña” en el que la orquesta sacó lo mejor de sí misma en el famoso acellerando y que fue como un anuncio de cara a las Variaciones enigma de Elgar, primera pieza orquestal de enjundia realizada por un compositor británico, que constituyeron, sin duda, lo mejor del concierto. Una pieza a la que el autor dotó de misterio desde un primer momento al aludir a una supuesta melodía escondida (el enigma) que no se ejecuta. Efectivamente, la orquesta suiza ganó en colorido y riqueza sonora, la cuerda sonó algo más empastada y pulida, mientras que la batuta se mostró algo más clarividente y tensionada, además de más contrastada, culminando con un regulador en el último acorde, un tanto efectista y excesivo, si se quiere, pero de eficaz brillantez. Como propina se repitió una de las variaciones, la número 9 Nimrod.

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