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Crítica: Lionel Bringuier y Simon Trpčeski con la Tonhalle-Orchester Zürich, en el ciclo de Ibermúsica

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Autor: Pedro J. Lapeña Rey
20 de abril de 2018

Concierto anodino

   Por Pedro J. Lapeña Rey
Madrid. Auditorio Nacional. 18-IV-2018. Temporada de abono de Ibermúsica. Simon Trpčeski, piano. Director musical, Lionel Bringuier. Concierto para piano y orquesta n. º 2 en La mayor, S. 125, de Ferenc Liszt. Sinfonía fantástica, de Hector Berlioz.

   Si hemos alabado y en general alabamos la gran labor que Ibermúsica lleva haciendo durante 48 temporadas –se dice pronto– en Madrid, hay días que no son precisamente para el recuerdo. Sabemos que su labor es ímproba, máxime cuando se hace exclusivamente con financiación privada, donde la base son los abonados. Sabemos también que el público del ciclo suele ser conservador en cuanto a gustos y prefiere oír las mismas obras una y otra vez, con orquestas y directores de relumbrón. Sabemos también que a veces no se puede programar lo que se quiere porque las orquestas traen uno o dos programas en la gira y no se puede salir de ahí. Sabemos por supuesto que hay que hacer equilibrios para cuadrar las cuentas, y que unas orquestas “subvencionan” a otras. También hemos alabado su política de introducir obras “complicadas” junto a otras más populares que nos han permitido a algunos conocer compositores como Elliott Carter y obras como la Sinfonía Turangalila, o tener la posibilidad de explorar bastantes obras de un compositor como Jesús Rueda, residente en el ciclo. Sabemos todo esto y lo hemos ponderado muchas veces.

   Pero programas como el de ayer, no los acabamos de comprender. Por un lado, la Orquesta de la Tonhalle es una buena orquesta pero no es una gran orquesta. Por otro, Lionel Bringuier es un buen director pero no es un gran director –apuntaba mucho más de joven que lo que ha sido capaz de dar, al menos de momento–. Simon Trpčeski es un buen pianista, con muchas ideas, gran musicalidad y mucho carisma, pero no es un gran pianista, ni por sonido ni por nivel técnico.

   Con estos buenos mimbres, pero no grandes mimbres, hubiéramos deseado al menos un programa atractivo, alejado del “Sota, caballo, rey”. Pero no fue así. No entiendo el empeño en programar la única obra que compuso Hector Berlioz –…ah, no, que compuso muchas más…–, que se ha oído en el propio ciclo de Ibermúsica hasta la saciedad por orquestas y directores de primer nivel, salvo que la propia orquesta no haya dado opción. Entonces, a quien no entiendo es a la orquesta. Ellos deben ser los que mejor se conocen y no parece muy inteligente el programar una obra como ésta, que todos tenemos en la cabeza hecha por los mejores. O quizás, el que esté equivocado sea yo, y esto no sea más que una entelequia mia.

  Lionel Bringuier nos propuso una Sinfonía fantástica bien ejecutada en líneas generales, pero donde faltó claridad de ideas, y sobre todo, saber a dónde se quiere llegar. En el primer movimiento, “Sueños y pasiones”, estuvo más certero en estas últimas que en los sueños iniciales, bastante erráticos. El “vals” estuvo bien planteado aunque el acabado no estuvo del todo conseguido. Con todo, fue la “escena campestre” la que más adoleció de magia, de belleza sonora y de refinamiento tímbrico. Mejoró el tono en la “marcha al cadalso” donde brillaron los metales y en el aquelarre final donde hubo vigor, vehemencia e intensidad por parte de Bringuier, se alcanzó cierto vuelo, y la orquesta exhibió un sonido más denso y cálido que anteriormente, con ciertas dosis de virtuosismo.

   Para no salirnos del sota, caballo y rey, orquesta y director ofrecieron fuera de programa la Marcha húngara o Marcha Rákóczi de La Condenación de Fausto, muy efectiva aunque tocada a estas alturas de manera bastante mecánica.

   En la primera parte, habíamos tenido una interpretación bastante discreta del Concierto n. °2 de Ferenc Liszt, por parte del pianista macedonio Simon Trpčeski. La obra, fuera de todos los cánones, es bastante problemática para el solista, ya que aunque requiere una gran capacidad técnica, éste rara vez sobresale bien sea por el papel preponderante de la orquesta, o por las grandes frases encargadas a varios solistas, como el que tiene el violonchelo entre las dos cadenzas, que fue perfectamente aprovechado por el cellista Rafael Rosenfeld. Simon Trpčeski hizo una versión personal, con toques musicales e incluso algo caprichosos, pero adoleció de un sonido pequeño y de unos medios técnicos muy justos para esta obra. Siguiendo una moda que ya hemos visto en otros conciertos, sin ir más lejos la semana pasada con Lisa Batiashvili, el pianista estuvo acompañado por Julia Becker, la concertina de la orquesta, en una danza macedonia que ofrecieron fuera de programa.  

   Con todo, el resultado final no fue ni bueno ni malo. Simplemente anodino y por momentos tedioso. Un buen concierto pero sin calado ni fondo. Una Sinfonía fantástica más, que en un par de meses habremos olvidado. Mientras tanto, seguimos anhelando el poder escuchar de vez en cuando Harold en Italia, Lélio, Romeo y Julieta o incluso, por qué no, la Gran sinfonía celebre y triunfal, obra más pomposa y de escaso interés, pero que al menos podría tener una oportunidad.

Fotografía: Paolo Dutto.

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