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Crítica: Lucas Macías y Denis Kozhukhin con la Sinfónica de Castilla y León

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Autor: Agustín Achúcarro
24 de abril de 2018

Una clara propuesta estética

   Por Agustín Achúcarro
Valladolid. 19-IV-2018. Auditorio de Valladolid, Sala sinfónica. Temporada de la Orquesta Sinfónica de Castilla y León. Sinfonía nº2, op. 38 y Noche transfigurada de Arnold Schoenberg  y Concierto para piano y orquesta nº1 en si bemol menor, op. 23 de Chaikovski. Solista: Denis Kozhukhin, piano. Director: Lucas Macías.

   Lucas Macías se planteó la Sinfonía de cámara Nº2 de Schoenberg como un ejercicio de música pura, desnuda, atento a que sonara como una búsqueda estética de la abstracción, cuyo distanciamiento podría ser su baza. Supo amalgamar las intervenciones de los solistas, por cierto todas magníficas, con la parte orquestal al tiempo que tuvieron su protagonismo en la construcción general de la obra. Transparencia, clarividencia y una suerte de variedad de texturas marcaron esta versión.

   El director ya había anunciado en entrevista realizada a este medio que Noche transfigurada era una de sus cinco obras favoritas, y bien que lo demostró dejando que cierto distanciamiento actuara como elemento potenciador de su romanticismo, atento a los colores oscuros, a los posibles significados que la música expresa en torno al poema Mujer y mundo de Richard Dehmel. Y esos planteamientos de Macías sirvieron para que fructificara con contundencia un universo en el que quedaron reflejados los distintos estados de ánimo, desde la culpa a la liberación de la misma, y entre medias los pasajes inquietantes, que aquí tan desnudos sonaron eficacísimos, y la respuesta expresiva contenida. Se pudo pedir en algunos momentos más empuje pero entonces se hubiera subvertido la idea del director de ser un instrumento al servicio de la música, que en este caso concreto dejó que ésta aflorara libre y así produjera sus efectos.

   Llegados al Concierto para piano Nº1 de Chaikoski posiblemente el mayor valor de la interpretación estuvo en salirse de lo más tradicional y mantener una propuesta con un marcado sello propio. Teniendo en cuenta que esto no hubiera sido válido por sí mismo si no tuviera, que lo tuvo, una compromiso intelectual con lo que se proponía, algo que Macías demostró que existía. A esto hay que sumar el que se contó con el pianista Denis Kozhukhin, un solista espectacular, dotado de una pulsación segura, de una energía y una técnica apabullantes, que podía afrontar unos pianos nítidos y mantenerse plenamente audible en los pasajes en tutti más fuertes de la orquesta. ¿Quiere decir esto que todo salió redondo? Pues no precisamente, de hecho se produjeron algunos desajustes y algunas exageraciones, fundamentalmente de carácter dinámico. La tendencia a una interpretación tan frenética, tan de un solo trazo fue tal que lógicamente mientras se conseguían algunas cosas se perdían otras. Como por ejemplo ocurrió en la entrada del piano que tuvo todo lo que hay que tener de grandiosa pero que al mismo tiempo fue excesivamente percutida y expeditiva. Se pudo profundizar más en los contrastes y el lirismo pudo salir a flote de manera más llamativa, en particular en el Andante. En todo caso fue una interpretación impactante, densa, de un solo trazo, y muy coherente por parte del director que no abjuró desde el principio hasta el final de la propuesta que tenía en mente. La Orquesta Sinfónica de Castilla y León se plegó eficazmente a los planteamientos del director. Una versión que a buen seguro satisfizo a quienes prefieren que en este concierto se destaquen sus afilados acentos y una tensión presta a estallar.

Foto: OSCyL

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