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Crítica: Simon Rössler dirige 'La finta giardiniera' de Mozart en Baden-Baden con la Academia Karajan de la Filarmónica de Berlín

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Autor: José Amador Morales
3 de febrero de 2018

En la tradición del género bufo

   Por José Amador Morales
Baden-Baden Theater. 25-III-2018. Wolfgang Amadeus Mozart: Die Gärtnerin aus Liebe (La finta giardiniera). Victoria Kunze (Sandrina), Julie Erhart (Arminda), Clara-Sophie Bertram (Ramiro), Martin Peters (Nardo), Rubén Olivares Jofré (Belfiore), Nadine Kettler (Serpetta), Oliver Jacobs (Podestà). Academia Karajan de la Filarmónica de Berlín. Simon Rössler, dirección musical. Christian Carsten, dirección escénica.

   Tras el estreno de La finta giardiniera en el Salvatortheater de Munich el 13 de enero de 1775, Mozart escribe a su madre acerca del gran éxito obtenido y las continuas pausas de la representación a causa de los aplausos y aclamaciones. Sin embargo, estas buenas noticias manifestadas sobre el momento y sin perspectiva, de las que también se hace eco su padre Leopoldo, deben ser consideradas con cierto escepticismo ya que la obra sólo obtuvo dos funciones más y con cortes. Como señala René Jacobs, las causas de esta moderada recepción hay que buscarlas en lo novedoso del tratamiento musical que Mozart presentó a un público acostumbrado a un género bufo más estereotipado.

   El genio salzburgués tenía dieciocho años recién cuando acometió este encargo del Gran Elector Maximiliano III de Baviera como reconocimiento tras una serie de conciertos que había realizado en la capital bávara y compuso la mayor parte de la partitura en Salzburgo donde debía satisfacer al mismo tiempo las obligaciones del inflexible Colloredo. Dieciocho años de un compositor que no deben hacernos olvidar que ya habían cosechado incuestionables éxitos – particularmente en el terreno operístico – y había iniciado musicalmente un camino propio a partir de Lucio Silla, que podemos resumir en una progresiva caracterización fundamentalmente orquestal de las emociones. En La finta giardiniera, Mozart ahonda en esta línea y la personaliza con su profundo conocimiento de la ópera italiana en general y del género bufo en particular.

   La ópera fue posteriormente adaptada al alemán, convirtiéndola en un singspiel al transformar los recitativos en diálogos y cambiar algunas arias de personaje; así fue estrenada en 1780 en Augsburgo por la compañía de un amigo de Mozart, Heinrich Böhm, bajo el título Die Gärtnerin aus Liebe y de esta forma, con más o menos cambios, perduró hasta que en 1978 fue descubierta la partitura de la versión original en italiano.

   Esta versión alemana es la que hemos podido escuchar en el precioso y coqueto Teatro de Baden Baden (que fue inaugurado en 1862 con el estreno de Beatrice et Benedict de Berlioz entre otras obras) en una suerte de interesante matiné dominical. La divertidísima puesta en escena de Christian Carsten hizo las delicias del público que desde el minuto uno se lo pasó en grande. Una propuesta que supo actualizar con acierto el contenido bufo de esta ópera mozartiana sin descuidar un ápice los elementos tradicionales que la definen. Así pues, hubo comicidad, diversión y efectos teatrales, pero también sensualidad, mucho de la locura que recorre todo el libreto y romanticismo.

   Musicalmente la batuta de Simon Rössler, a quien esa misma tarde vimos en el Festpielhaus como fantástico pianista solista de la Filarmónica de Berlín en la Petrouhcka stravinskiana, estuvo a la altura de lo visto en la escena, con una lectura chispeante y vitalista así como convenientemente teatral. Bajo su dirección la Academia Karajan de la Filarmónica de Berlín tuvo una prestación extraordinaria, ágil y maleable. En el reparto resaltó la Sandrina de Violeta Kunze, muy musical y convincente tanto en lo escénico como en lo vocal donde consiguió estar a la altura en la complicada aria (en la versión italiana “Crudele, fermate”). También convenció el Ramiro de Clara-Sophie Bertram, que hizo gala de su expresividad en su célebre aria (la equivalente a “Se l’augellin sen fugge”) siendo aquí muy aplaudida. Algo impersonal y plana en lo expresivo Julie Erhart como Arminda y de gran presencia vocal - tal vez en demasía – el Belfiore de Rubén Olivares; Martin Peters fue un plausible Nardo cuyo registro agudo acusó una técnica mejorable.

Foto: Festival Baden-Baden

 

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