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Crítica: Los madrigalistas de Les Arts Florissants se enfrentan al «Libro III», de Carlo Gesualdo, en el «Universo Barroco» del CNDM

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18 de octubre de 2019

Continúa el periplo del conjunto galo por el universo madrigalístico del compositor italiano, manteniendo el mismo nivel de excelencia y adentrándose ya en el terreno de la complejidad y esa escritura tan extremada que supuso uno de los hitos en la historia del género.

Tránsito hacia la modernidad

Por Mario Guada | @elcriticorn
Madrid. 17-X-2019. Auditorio Nacional de Música. Centro Nacional de Difusión Musical [Universo Barroco]. Madrigales del Libro III de Carlo Gesualdo y sus contemporáneos (III). Obras de Carlo Gesualdo, Nicola Vicentino y Orlande de Lassus. Solistas de Les Arts Florissants | Paul Agnew.

Dulce espíritu del amor
contenido en un suspiro;
mientras contemplo su hermoso rostro,
le infunde vida a mi corazón.
Tal es el valor que recibe
de esa hermosa boca
a la que suspirando toca.

Gian Battista Guarini.

   Hasta hace no mucho, la nacionalidad de un intérprete era sinónimo de su acercamiento más o menos «fiable» a un repertorio concreto. Siendo sincero, creo que somos muchos los que alguna vez hemos incurrido en frases como «Bach es para los alemanes», «la música del Barroco francés no puede interpretarse realmente bien si uno no es de allí o conoce bien su lenguaje –hablado y musical– específico» y, lo que viene aquí muy al caso, «los madrigales son para los italianos». En ciertas cuestiones todavía estoy de acuerdo, pero si algo realmente bueno ha tenido el acercamiento que el conjunto francés Les Arts Florissants [LAF] está llevando a cabo desde hace años con los madrigales de Claudio Monteverdi, primero, y Carlo Gesualdo, después, es precisamente esa evocación a la ausencia de fronteras en lo musical, a que no es estrictamente necesario haber nacido en uno u otro país o tener cierto carácter para poder acercarse con garantías, credibilidad y exigencia máxima a la música profana italiana de los siglos XVI y XVII.

   Que el madrigal es un género complicado ya se sabe, y que exige un conocimiento profundo del idioma hablado, así como de su contexto histórico, cultural y musical, también. Por ello, el acercamiento que LAF, con Paul Agnew al frente, están realizando de esta integral madrigalística del napolitano Carlo Gesualdo (1566-1613) se me antoja especialmente fructífero, no solo porque pone en valor un repertorio que, aunque conocido y muy valorado, apenas puede disfrutarse en directo, mucho menos si se trata de una integral como este caso, sino porque se trata de una aproximación realizada con mucho mimo y con una labor contextual absolutamente apabullante y encomiable. Lo dije tras presenciar la interpretación de aquel libro primo, lo reiteré tras la segunda cita y –aun a riesgo de resultar insistente– lo vuelvo a decir ahora: estamos ante uno de los hitos de la interpretación concertística en lo que va de siglo XXI.

   El año 1594 marcó un punto de inflexión en la vida del principe di Venosa, conte di Conza e signore di Gesualdo, dado que su viaje a la lejana ciudad de Ferrara –situada en la región de Emilia-Romagna, al norte del país–, con el objetivo de desposarse con Eleonora d’Este, le ayudó a descubrir un mundo musicalmente inaudito para él hasta el momento. Es bien conocida la situación de la capital ferrarense desde el siglo XIII hasta el XVI, que bajo el dominio de la familia Este logró la excelencia cultural y artística de manera excepcional. En lo musical, Ferrara fue uno de los centros de mayor trascendencia durante el Renacimiento. Por su corte y su capilla musical pasaron compositores de la talla de Josquin Des Prez, Jacob Obrecht, Heinrich Isaac, Antoine Brumel, Adrian Willaert, Cipriano de Rore o Nicola Vicentino, por nombrar tan solo a algunos de los más relevantes. Precisamente la presencia de Nicola Vicentino [1511-c. 1576] resultó muy relevante para el devenir de los cuatro últimos libros de madrigales de Gesualdo. Este compositor y teórico fue uno de los que llevó más al extremo los experimentos musicales sobre los modos y los géneros musicales de los antiguos griegos, a saber: diatónico, cromático y enharmónico. No fue tanto a través de la música de Vicentino, sino a través de sus tratados L’antica musica ridotta alla moderna prattica [Roma, 1555/1557] y Descrizione dell’arciorgano [Venezia, 1561], pero especialmente de este instrumento y otro similar, el arcicembalo, que Gesualdo llegó de pleno al mundo del cromatismo. Vicentino teorizó –pero no solo, sino que llegó a construir instrumentos capaces de ello– que una escala podía dividirse no solo en los doce semitonos habituales, sino hasta en 31 partes. Siempre es importante destacar que la escritura tan extrema de Gesuadlo en sus obras –sobre todo a partir de este Madrigali a cinque voci libro terzo [Ferrara, 1595]– no se debe a la locura que supuestamente pudo inducirle aquel tremendo y célebre episodio de asesinato perpetrado contra su mujer y el amante de esta años antes, como a veces se ha sugerido, o a su carácter neurótico con inclinaciones masoquistas, sino que es sencillamente fruto de su tiempo, de la asimilación de una atmósfera en cierta medida experimental que se estaba llevando a cabo en el género madrigalesco y de la que Ferrara era el epicentro por aquel entonces. Como ya se ha destacado en ocasiones anteriores, no hay que desdeñar la notable impronta que la música de Luzzaschi –un autor eminentemente moderno– dejó en Gesualdo.

   El iniciar el concierto con un madrigal de Vicentino resultó un evidente acierto, poniendo sobre aviso a los espectadores de la senda por la que se transitaría durante la hora y media larga siguiente. «Passa la nave mia» a 6, uno de los dos madrigales sueltos de Vicentino que fueron publicados años después en Mellange de chansons [París, 1572], es un brillante ejemplo del refinado uso del cromatismo, las falsas relaciones y el uso de disonancias tan poco evidentes como sorpresivas [recomiendo una visita al magnífico canal en YouTube de Early Music Sources para conocer más en profundidad algunos de estos aspectos de forma muy didáctica]. Como primera gran obra para la primera parte del concierto, siempre con afán de contextualizar cada uno de los libros de Gesualdo, se interpretó una de las grandes obras de quien fue uno de los más versátiles y prolíficos compositores de todo el Renacimiento: Orlande de Lassus (1532-1594). Su Prophetiae Sibyllarum… chromatico more singulari confectae [Munich, 1600] es una colección de doce motetes a 4 con un prólogo, sobre textos en latín, en los que Lassus pone en voz de las sibilas textos probablemente propios con un uso de un lenguaje cromático notable para el autor, pero nunca extremo, pues se inserta dentro de una concepción y declamación diatónicas, así como en una claridad armónica y una solidez estructural –marcadamente homofónica en varios pasajes– que acercan esta colección más a la polifonía «clásica» del momento que a los experimentos del propio Gesualdo. Sea como fuere, sirve como un sutil y refinado inicio de la senda cromática que estará por transitarse en los cuatro últimos libros de madrigales del napolitano.

   Esta primera parte marcó, una vez más, los derroteros de excelencia a los que ya nos tienen acostumbrados los seis madrigalistas de Les Arts Florissants, conformados para la ocasión por los miembros habituales: Miriam Allan, Hannah Morrison [sopranos], Mélodie Ruvio [alto], Sean Clayton, Paul Agnew [tenores] y Edward Grint [bajo]. Comenzaron un tanto fríos en los primeros acordes del madrigal de Vicentino, pero el nivel fue subiendo de manera exponencial, a pesar de que el lenguaje menos madrigalístico de la obra de Lassus –mucho más cercana a la polifonía sacra, quizá sí a los responsorios de Semana Santa del propio Gesualdo que a sus madrigales– no ayudó a encontrar un acomodo tan fluido como en ocasiones anteriores a los seis cantores. No obstante, y aun con la sensación de extrañeza, la interpretación de LAF resultó tan clarificadora como refinada, un trabajo de orfebrería vocal extraordinario, una muestra palpable de que cuando se aúnan una calidad vocal individual superlativa a un trabajo minucioso, riguroso y con criterio, el resultado no puede ser menor que la excelencia. La sincronía entre todos ellos, la naturalidad del discurso, las sutiles fragancias del cromatismo y la disonancia elaborados con máxima exigencia y el control absoluto de todo lo que sucede son una muestra de la calidad a la que pretenden llevar sus interpretaciones estos seis cantores.

   Bastó, no obstante, con escuchar los primeros acordes de «Voi volete ch’io mora», el primero de los madrigales del libro terzo, para deslumbrarse con el salto cualitativo que todavía estaban dispuestos a ofrecer. Todo fluyó con una sinergia apabullante en los diecisiete números que conforman este libro, quizá porque la simbiosis de LAF con el género del madrigal está llegando a unos niveles increíbles. Compuestos todos ellos a cinco partes, a excepción del último de los madrigales, presentan una escritura variada en cuanto a las formaciones: desde las habituales SATTB y SSATB, pasando por SAATB e incluso, en el último de ellos, SSSATB [«Donna, se m’ancidete»]. El uso evidente del cromatismo y la disonancia en estos madrigales no debe verse tan solo como una experimentación, sino también como un recurso expresivo muy poderoso, del que Gesualdo hace uso de forma muy inteligente. Resulta magnífico ver cómo lo alterna con el diatonismo para crear una estructura que se define por los breves impulsos de las ideas musicales antitéticas sostenidas por el texto. El carácter en cierta manera atormentado de los textos, en los que muerte, dolor, miserable o piedad son términos recurrentes, presenta por momentos algo de luz, gracias a palabras como amor, belleza, esperanza o corazón. El interés de Gesualdo por el contraste entre esa luz y la sombra, el equilibrio y el desorden o el dolor y la felicidad está perfectamente dibujado en unos madrigales dramáticamente muy logrados, con pasajes musicales absolutamente maravillosos.

   Muy sutil el equilibro remarcado entre esas partes, con un manejo de las dinámicas muy acentuado, a veces extremadamente, en unas lecturas en las que la pasión, el vigor y la luminosidad de lo italiano no parecen ajenos a estos cantores. No puede decirse, en absoluto, que se trata de versiones distantes, frías. Au contraire, hay un apasionamiento y un tratamiento expresivo labrado con extremada inteligencia por Paul Agnew y sus cinco madrigalistas. El equilibrio entre las partes fue prácticamente perfecto, aunque en ocasiones la línea de Miriam Allan resultó excesivamente remarcada, por momento un poco fuera del sonido global –con un sonido un punto incisivo en el registro agudo–. Realmente el conjunto ganó en equilibrio y dulzura con el concurso de Hannah Morrison, que se movió de manera muy elegante por el registro agudo y que cumplió con creces en el medio-grave. La presencia de la alto Mélodie Ruvio, contundente en el grave y con una delicada musicalidad en el fraseo, no hizo que me olvidara de la ausencia de la inmensa Lucile Richardot, aunque cumplió con excelencia las partes siempre incómodas de la línea de alto. Muy bien, como es habitual, el tenor agudo Sean Clayton, que conforma junto a Agnew una dupla de tenores muy consolidada y de excepcional resultado. Edward Grint –que es el único que cantó todas y cada una de las obras del concierto– sigue demostrando que es el pilar sobre el que se sostienen los restantes cantores, con un timbre carnoso –a veces algo justo en el registro más grave–, una musicalidad magnífica y un registro muy amplio

   El trabajo de orfebrería, la filigrana y la calidad que únicamente da un trabajo continuado en el tiempo realizado con el máximo rigor, son las principales bondades de este proyecto que está llamado a convertirse en uno de los más importantes en la historia del Centro Nacional de Difusión Musical [CNDM]. No se debe desdeñar el trabajo sobre el texto, riguroso, con una excelente declamación y una dicción muy cuidada. El nivel de autoexigencia fue total, la sensación de concentración y control sobre lo que estaba pasando, realmente impactante. El devenir de las frases pasaba de una a otra línea con total fluidez, la solvencia de cada línea quedaba a merced de seis cantores cuya pulcritud no dejaba lugar a la especulación. La afinación y el empaste en los acordes finales fue, quizá, uno de los puntos más sobrecogedores, de una aparente facilidad que no es tal. La complejidad de este repertorio es brutal, una de las más exigentes a las que se puede enfrentar un cantor en el repertorio de conjunto, y la necesidad de tener que hacerlo con una voz por parte no hace sino elevarla exponencialmente. Por ello, lo que hicieron estos intérpretes con una colección que presenta tanta calidad musical como exigencia vocal e intelectual requiere, está al alcance de muy pocos. Sinceramente, me importa muy poco si el conjunto es francés, varios de sus cantantes británicos y si viven en países en los que la luminosidad y el carácter mediterráneo les son totalmente ajenos. En este Gesualdo de LAF y Agnew hay una calidad, un nivel de autoexigencia y una pasión por el repertorio que no es común apreciar en nuestros días. Estoy ansiando ya escuchar lo que pueden llegar a hacer con la mitad restante de este magno proyecto que están llevando a cabo. La próxima cita en febrero con el Libro quarto. Veremos...

Fotografía: Elvira Megías/CNDM.

Autor:Mario Guada
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