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Crítica: Rubén Talón en el Ciclo «Jóvenes intérpretes» de la Fundación Juan March

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Autor: Álvaro Menéndez Granda
15 de noviembre de 2019

Inteligencia sin artificios

Por Álvaro Menéndez Granda | @amenendezgranda
Madrid. 10-XI-2019. Fundación Juan March. Ciclo «Jóvenes intérpretes». Obras de Ludwig van Beethoven, Franz Liszt y Manuel de Falla. Rubén Talón [piano].

   En el panorama pianístico nacional del momento, entre los nombres de aquellos que forman lo que yo denominaría el futuro del piano español, se encuentra el del valenciano Rubén Talón. Como ya he dicho en otras ocasiones, el escenario de la Fundación Juan March es una asignatura obligada para cualquier instrumentista que desee hacerse un hueco en la actualidad musical de nuestro país, y Talón era uno de esos nombres que todavía nos quedaba por ver en sus carteles. Ahora por fin hemos podido disfrutar de su trabajo y, además, comprobar en primera persona que las reformas realizadas por la Fundación en el auditorio de su sede en la calle Castelló han mejorado significativamente el rendimiento acústico del espacio.

   En 2020 se cumplirán doscientos cincuenta años del nacimiento de Ludwig van Beethoven y la fiesta ha empezado con cierta antelación, pues ya llevamos unos meses en los que no falta una de sus obras programadas en casi cualquier concierto. Comenzaba el recital de Rubén Talón con una de sus sonatas más célebres, la Op. 27 n.º 2, Claro de luna. Ante una obra como esta, que se ha escuchado tanto, que se ha interpretado tanto —no siempre con acierto— y que ha sido y será himno de conservatorio por los siglos de los siglos, el intérprete tiene la obligación de entregar al público una visión novedosa. La tradición es, lógicamente, tan extensa que la tarea se vuelve muy difícil. Lo cierto es que Talón supo afrontar el reto y lo hizo desde el mismo comienzo, aportando una lectura bastante original, especialmente en lo que se refiere a los tempi. En lugar de asumir el primer movimiento Adagio sostenuto como una mortecina sucesión de corcheas, Talón buscó la melodía en la voz superior procurando que el canto fuera fluido y natural, orgánico. En un instrumento como el piano, en el que una nota percutida está condenada a desaparecer, el legato tiene que venir condicionado necesariamente por el tempo. Y mantener ligada toda la melodía de este tortuoso movimiento implica saber jugar hábilmente con el pulso, elegir el tempo giusto. Particularmente interesante me resultó el enfoque que el valenciano nos ofreció del Allegretto central. A veces pasamos por alto que se trata, en efecto, de un Allegreto y no de un Andante. Ágil y fresco, el movimiento discurrió con suavidad, en absoluto brusco, pero con dirección, energía y un marcado carácter orquestal. Del Presto agitato poco hay que decir, pues nadie saldría decepcionado del concierto si esperaba obtener aquello que el movimiento promete: interpretación ágil y afecto tormentoso.

   Tras la sonata de Beethoven, Talón interpretó una de las obras más complejas de la literatura pianística española, la Fantasia Baetica de Manuel de Falla. Como muchas obras del repertorio postromántico español, la Baetica es una partitura en cierto modo deslavazada. Haciendo honor a su apelativo de fantasía, no es tan prioritaria la unidad formal como el brillo, la espontánea chispa creativa que genera las ideas temáticas. Sorprendió el modo en que atacó los glissandi, tomándose su tiempo para prepararlos, arrancando pianissimo y con calma para ganar fuerza a medida que ascendía por el teclado. Talón demuestra realizar un trabajo fundamentado en la reflexión sobre la partitura, de tal modo que las decisiones interpretativas que toma se encuentran justificadas por la naturaleza del texto. Para quien firma estas líneas el momento dulce de la Baetica llegó en el Intermezzo central, donde el pianista pudo lucir su sensibilidad y su capacidad expresiva.

   Fue después el turno del gran Franz Liszt, con dos obras muy distintas y a la vez muy afines: Nuages gris y la monumental Sonata en si menor. Es la primera una pieza aparentemente poco interesante para un pianista. Sin embargo, las apariencias engañan nuevamente al confiado, y lo que parecía una inocente página alcance de un estudiante de cuarto curso de conservatorio acaba convirtiéndose en un desafío para los gourmets del sonido, de la delicadeza y del toque preciso. Esta página de Liszt requiere temple, dominio de las atmósferas sonoras, control del pedal y un manejo impecable del pianissimo, pues nos obliga a estar permanentemente en el filo de lo que el instrumento permite. Talón estuvo a la altura en todo momento, pues es pianista sensible y de cuidado sonido. La carencia de un centro tonal claro nos suspende en un paisaje desértico bajo un cielo cubierto de amenazantes nubes, a la espera de que se desate una tormenta que nunca llega.

   Cuando, efectivamente, la tormenta se manifiesta, lo hace en forma de sonata. La imponente obra cumbre del pianismo lisztiano fue el plato fuerte de la velada. Sin duda hay que tener redaños para enfrentarse a las páginas de la Sonata en si menor, pero Talón lo hizo con mucho tiento, con cuidado, midiendo sus posibilidades con la obra y calibrando muy bien hasta dónde llevar sus límites. Sensible en los pasajes líricos y arriesgando en los más virtuosísticos, lo cierto es que la lectura que nos ofreció el pianista valenciano fue muy coherente y, por una vez, no dejó en nosotros ese poso amargo que a menudo dejan muchas otras versiones de esta misma obra. Debo decir que, pese a conocer bien la partitura y haber navegado por sus páginas en más de una ocasión, pese a saber que hay muchas otras cosas aparte de los fuegos artificiales, un servidor estuvo revolviéndose en su butaca esperando con cierto morbo el pasaje final de octavas. Es como si durante toda la obra estuviera en tensión y sólo diera por terminado el calvario pianístico al escuchar al intérprete salir victorioso de ese duro reto. El valenciano lo hizo, y supo mantenernos en vilo en los momentos clave, para finalizar una vez más al límite de lo que el instrumento permite en su dinámica más tenue.

   No es Talón un pianista infalible, no es de los que las dan todas; pero sí es de los que piensa, de los que razonan y ponen su inteligencia al servicio de la partitura para extraerle todo el jugo posible, sin recurrir al artificio por el artificio. Si lo hace ahora, que es joven y con mucha carrera por hacer, no me resisto a ver cómo evolucionará con el paso del tiempo. Espero estar ahí para comprobarlo.

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