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Crítica: «Rusalka», de Antonín Dvořák, en producción de la Canadian Opera Company

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Autor: Giuliana Dal Piaz
16 de octubre de 2019

La Sirenita y la Undine en la música de Dvořák

Por Giuliana Dal Piaz
Toronto. 12-X-2019. Four Seasons Centre for the Performing Arts. Canadian Opera Company. Rusalka, de Antonín Dvořák, con libreto de Jaroslav Kvapil. Puesta en escena: Sir David McVicar; escenografía: John Macfarlane; vestuario: Moritz Junge; iluminación: David Finn; coreografía: Andrew George; dirección de orquesta: Johannes Debus; dirección del coro: Sandra Horst. Orquesta y Coro de la Canadian Opera Company. Sondra Radvanovsky [Rusalka], Štefan Kocán [Vodnik], Pavel Černoch [príncipe], Elena Manistina [Ĵezibalba], Anna-Sophie Neher [primera ninfa del bosque], Jamie Groote [segunda ninfa del bosque], Lauren Segal [tercera ninfa del bosque], Vartan Gabrielian [un cazador], Matthew Cairns [guardabosques] Keri Alkema [princesa extranjera].

   Desde el Ulyses homérico, quien manda que lo amarren al mástil maestro, para escuchar el canto seductor de las sirenas sin arriesgarse llevar el barco al naufragio, a la Undine por Friedrich de la Motte Fouqué, o a los cuentos fantásticos de los escritores checos Karel Jaromír Erben y Božena Neňcová –principal fuente de inspiración, junto con La Sirenita de Hans Christian Andersen, del libreto de Kvapil–, la historia de la literatura presenta varias leyendas sobre criaturas acuáticas; las sirenas en la mar, la rusalka (ninfa de las aguas lacustres) de los mitos eslavos, en el caso de lo que el mismo Antonín Dvořák llamó «cuento de hadas». Cautivado por el texto del joven poeta Kvapil, la compuso en apenas siete meses. Estrenada en el Teatro Nacional de Praga en marzo de 1901, Rusalka obtuvo un éxito arrollador: es hasta la fecha la más conocida, prácticamente la única todavía puesta en escena fuera de la República Checa, de las óperas de Dvořák. En los leitmotifs que acompañan repetidamente a los personajes, se nota el influjo de Wagner, que Dvořák admiraba profundamente, en especial después de tomar parte, en su calidad de violinista, en la ejecución de un concierto de Wagner, dirigido personalmente por el compositor alemán.

   Presentada por la Canadian Opera Company hace diez años, vuelve ahora a Toronto en la producción de la Lyric Opera de Chicago [2014], bajo la batuta de Johannes Debus. La puesta en escena es del escocés Sir David McVicar, director teatral conocido y apreciado a nivel internacional, con los dos artistas que le colaboran a menudo, John Macfarlane para la escenografía, y David Finn para la iluminación.

   MvVicar «ha pervadido su producción con los misterios sobrenaturales y el humor negro del folclor checo, presentándonos un mundo en que la pureza de la naturaleza es progresivamente depredada por el género humano. La corrupción del medio corre paralela a la corrupción de las almas de Rusalka, víctima de la maldición, y de su enamorado» [J. von Rhein, Chicago Tribune].

   La función dura tres horas y media, tres actos con dos intermedios: sólo las óperas de Wagner nos tienen amarrados a la butaca por más tiempo… pero la escena cambia de un acto al otro y el cuento tiene suspenso así que el público sigue enganchado.

   Cuando empieza la ópera,  nos acoge «el cielo deslumbrante y el encantado reino acuático sugerido por la partitura de Dvořák, puesto en escena por John Macfarlane en una rica paleta de azules y verdes nacarados bajo una luna luminiscente», como recita el programa de mano: es la foresta animada del primer acto, dominada por una enorme luna llena, mientras que los árboles escurren como bambalinas sobre el escenario, abriendo claros o cerrándolos, mientras que nubes de vapor indican el lago, un hundimiento del cual asoma  Vodnik, padre de Rusalka. La escena del bosque volverá en el tercer acto, mas entonces la luz será fría, de invierno, el verdor habrá desaparecido, dejando lugar a ramas secas, terreno árido y lodo. El segundo acto nos traslada al castillo del Príncipe: una primera escena corta, en la cocina donde se prepara el banquete de bodas para el Príncipe y Rusalka («la blanca cierva silenciosa»), y luego en el austero resplandor rojizo de un salón en estilo gótico; al exterior, separado por un velario que simula una puerta-ventana y se levanta para dejarnos ingresar a la vida del castillo, Vodnik lamenta la suerte infeliz de su Rusalka.

   La puesta en escena, bastante tradicional, es satisfactoria; el vestuario no lo es: la exagerada cola (el «velo acuático» que Jezibaba pide a cambio del sortilegio) del vestido de Rusalka la entorpece, sobretodo cuando tiene que districarse entre raíces y ramas de árbol; en cuanto a los vestidos que las mujeres lucen en el castillo, el «bulto» posterior en la falda, tanto de la ninfa como de la Princesa extranjera, es prominente y muy poco elegante, no disminuye gradualmente como el bosquejo de Moritz Junge nos permitía imaginar.

   La soprano Sondra Radvanovsky, cuya voz ha madurado de manera muy hermosa, interpreta magistralmente el rol de Rusalka; en el segundo acto, su mímica resulta un tanto exagerada –de hecho puede cantar sólo durante un inesperado encuentro con su padre fuera del castillo– pero logra transmitir la frustración, el aislamiento, toda la infelicidad que siente.

   Es óptima Ĵezibaba, la mezzo-soprano Elena Manistina, tanto desde el punto de vista vocal como por su actuación. En la voz de Pavel Černoch, poderosa pero no redondeada, decepciona el timbre áspero: el difícil rol del Príncipe requiere de un tenor lírico de voz más llena e madura. También en la voz de la soprano Keri Alkema (la Princesa Extranjera) prevalece el volumen sobre la expresión canora.

   Muy buenos, en cambio, el bajo checo Štefan Kocán/Vodnik, y el bajo-barítono Vartan Gabrielan/El Cazador. Buena la soprano Lauren Eberwein, en el papel de El Espiedo, contraparte del Cazador en la escena de la cocina (prepara el relleno de un cerdo para el asador), y en la breve escena final con Ĵezibaba. Muy buen nivel tienen también las tres ninfas del bosque.

   Las coreografías de Andrew George son vivaces y bien realizadas, a pesar de que molestan un poco ciertos toques de obscenidad: cierto que ya no son tiempos de ninfas ondeando suavemente entre velos, pero en la escena todavía nos gustaría ver una mayor dosis de buen gusto.

   La hábil concertación de Johannes Debus y la dirección del coro por parte de Sandra Horst, así como la calidad y profesionalidad de orquesta y coro de la Canadian Opera Company, muestran toda la esplendorosa belleza de la partitura de Antonín Dvořák, desde los pasos melódicos a los momentos dramáticos, a los vivaces refranes tradicionales de danza.

Fotografía: Michael Cooper.

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