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Crítica: Barcelona Clarinet Players estrenan «La trace», de José Manuel López López, en el ciclo «Series 20/21» del CNDM

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Autor: David Santana
26 de febrero de 2020

Soberbia

Por David Santana | @DSantanaHL
Madrid. 25-II-2020. Auditorio 400, Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía. Centro Nacional de Difusión Musical [Series 20/21]. La trace, de José Manuel López López [encargo del CNDM y L'Auditori de Barcelona]. Barcelona Clarinet Players. Pascal Auger, videocreador

   Esa pieza de música a la que José Manuel López López ha denominado en francés La trace o, en nuestro idioma, La huella se puede resumir en una única palabra: soberbia. Sin embargo, van a disculparme que me extienda un poco más para que les explique el porqué de una crítica tan tajante.

   Se debe conceder a López López que, en cuanto a técnica, es un gran compositor. Denota maestría en su cuidada combinación de elementos electrónicos y tradicionales. El uso de todas las capacidades de los diferentes tipos de clarinetes que interpretaron el grupo Barcelona Clarinet Players fue algo verdaderamente reseñable. Pudimos apreciar recursos habituales como es la amplificación de la expiración del aire gracias a las cualidades de los instrumentos mezclados con momentos en que los movimientos espasmódicos de los intérpretes eran acordes a la agitación rítmica de unas partes frenéticas repletas de sonido y otras más calmadas en las que predominaron los graves del clarinete bajo y el corno di basetto provocando un interesante efecto de paisajismo sonoro.

   Pero claro, esto, para que me entiendan, sería como si comentando un cuadro de Velázquez o Goya nos quedásemos en la traza o en los matices que los pintores alcanzan: esos negros que no son realmente negros, ya saben. Esto es muy interesante para comprender dónde reside la genialidad de un autor, sin embargo, lo importante es la obra en su conjunto, es decir, cuando la combinación de esa técnica genera arte.

   López López no ha generado arte. Ha compuesto interludios musicales para una clase de física cuántica a los que ha intentado dar un sentido que sólo él comprende. O tal vez él y sus aduladores, los cuales le felicitaban tras el concierto sin percatarse de que el público del Auditorio 400 –apenas 2/3 de la sala– había abandonado la sala rápidamente sin apenas aplaudir.

   Ya lo he dicho en anteriores ocasiones y lo repetiré las veces que haga falta como crítica hacia lo que creo que provoca un gran desafecto con la composición contemporánea y, por supuesto, en defensa de ese ente sin voz que es el público: no se debe hacer composición despótica, es decir, componer para el público pero sin tenerlo en cuenta en absoluto. No se debe tratar de educar al público, viene educado de casa. No se debe pretender hacer arte de la ciencia, ni ciencia del arte en un recital, puesto que cada doctrina tiene un fin muy diferente: la una, la verdad; el otro, la belleza. Y, por supuesto, uno no debe creerse superior al público, pensar eso de «no lo entienden porque es demasiado intelectual». No. Si se hace un arte que no entiende nadie, entonces no se está haciendo arte, sino soberbia, y como tal estará condenado a ser olvidado y no dejar huella. Y así debe ser.

Fotografía: Ben Vine/CNDM.

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