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Crítica: Gautier Capuçon y Gabriela Montero a dúo en el «Liceo de Cámara XXI» del CNDM

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Autor: David Santana
6 de noviembre de 2020

La belleza del invierno

Por David Santana | @DSantanaHL
Madrid. 03-XI-2020. Auditorio Nacional de Música. Liceo de Cámara XXI, Centro Nacional de Difusión Musical. Piezas de fantasía, Op. 73 de Robert Schumann; Sonata para violonchelo y piano n.º 2 en re mayor, Op. 58, de F. Mendelssohn y Sonata para violonchelo y piano en sol menor, Op. 19, de Sergei Rajmáninov.

   No podría haberse dado en mejor fecha un concierto como el que ofrecieron el pasado martes Gautier Capuçon y Gabriela Montero en la sala de cámara del Auditorio Nacional. Justo cuando el frío preludio al invierno que suele ser el mes de noviembre ha llegado por fin a nuestra villa y corte, nos ofrecieron estos dos artistas un concierto de belleza invernal.

   Se preguntarán, ¿y cómo así, David? ¿Acaso se estropeó la calefacción del Auditorio? Nada más lejos. Con esta frialdad me refiero a la relación entre los músicos –al menos sobre el escenario– que fue muy diferente a lo que nos tiene habituados este ciclo de cámara. Normalmente uno repara en las miradas, los gestos, esos asentimientos concordantes para las entradas y demás elementos visuales característicos de la interpretación camerística.

   Fue muy curioso ver cómo interpretaban el programa dispuestos en un ángulo casi perfecto de noventa grados marcando una separación que parecía agudizarse al inclinarse Montero sobre el piano y girar la cabeza Capuçon hacia su derecha en las partes más melosas. Sin escucharles, uno diría que cada uno estaba a lo suyo, pero esta pareja que lleva trabajando unida al menos desde que aparecieran juntos en el Festival de Salzburgo de 2009, funcionó con la precisión de un reloj suizo, a pesar de esa aparente frialdad que se percibía entre los músicos. Parecían pelearse por el foco de atención y, sin embargo, llegaban perfectamente cohesionados a todos y cada uno de los finales de movimiento, parecía casi mágico, como un «destino» imposible de sortear.

   Me atrevo a pensar incluso que tal vez fuera todo parte de un plan. Un plan que tenía como objetivo explotar al máximo la violencia de la música de Rajmáninov, aunque también notable en Mendelssohn. Con ello nos queda Schumann como un preludio, el toque que anuncia que nos sentemos y nos concentremos en la sesión que está a punto de comenzar, como las «sinfonías» primitivas que precedían a las óperas barrocas. Sin embargo, no piensen que con ello menosprecio una obra en la que ya pudimos apreciar la gran velada que Capuçon y Montero nos iban a ofrecer. En seguida pudimos escuchar y observar el notable arte de hacernos dudar si el arco roza el instrumento o si las cuerdas vibran por pura simpatía con la intensidad con la que el artista vive la pieza.

   La sonata de Mendelssohn empezó con un pasaje que nos permitió gozar de los hermosísimos graves del violonchelo de Capuçon: profundo, aterciopelado, repleto de armónicos... Contrastó la expresividad del francés con una Gabriela Montero más rítmica que hizo un gran trabajo con la gran cantidad de notas que tanto Mendelssohn como Rajmáninov escriben para unas mal llamadas «sonatas para violonchelo», pues ambos instrumentos están prácticamente en igualdad en cuanto a protagonismo y, por lo tanto, también en cuanto a virtuosismo.

   Otro momento a destacar fue en la sonata de Rajmáninov el contraste entre el violento choque de fuerzas en el que violonchelo y piano luchaban constantemente por desplazar el foco de atención de uno a otro instrumento con la calidez de un Andante sentimental y onírico que no puede sino hacernos visualizar la placidez de la lumbre hogareña.

   Esa misma calidez fue con la que decidieron los músicos finalizar el concierto, ofreciendo dos propinas tras una gran cantidad de aplausos por parte del público. El Vocalise y un arreglo de la variación n.º 18  de la Rapsodia sobre un tema de Paganini de Rajmáninov. Ambas obras consiguieron transmitir una gran calidez contrastante con la violencia de los agitados pasajes de Mendelssohn y Rajmáninov, lo que, como en la vida real, nos recuerda que el invierno es bello siempre y cuando se disfrute desde una ventana, al calor del hogar.

Fotografías: Elvira Megías/CNDM.

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