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Crítica: Kent Nagano y la Orchestre symphonique de Montréal, de la «Pastoral» de Beethoven a un estreno organístico de Pascal Dusapin junto a Olivier Latry

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Autor: Giuliana Dal Piaz
24 de febrero de 2020

Naturaleza, tormentas y olas

Por Giuliana Dal Piaz
Toronto. 19-II-2020. Roy Thomson Hall. Temporada 2019/2020 de la Toronto Symphony Orchestra. Obras de Hector Berlioz, Pascal Dusapin y Ludwig van Beethoven. Orquesta invitada: Orchestre Symphonique de Montréal. Kent Nagano [dirección]. Olivier Latry [organista].

   El Roy Thomson Hall –sede permanente de la Orquesta Sinfónica de Toronto– ha recibido, por una única velada, a su gemela la Orchestre Symphonique de Montréal, guiada por una última temporada por el maestro Kent Nagano, que la ha estado dirigiendo desde el año 2006. El público acudió numeroso al enorme auditorio (sin lograr llenarlo completamente) para un programa fuera de temporada, cuyo hilo conductor es la música inspirada en la Naturaleza y sus fenómenos. El concierto rinde homenaje a dos grandes compositores por dos aniversarios distintos: comprende el interludio Cacería real y tempestad, extracto de Les Troyens de Hector Berlioz (150 años de la muerte); el Duo para órgano y orquesta «Waves» [Olas], recién compuesto por el francés Pascal Dusapin; y la Sinfonía n.º 6 en fa mayor, Op. 68, «Pastoral», de Ludwig van Beethoven (250 años del nacimiento).

   La de Berlioz es una de las más grandiosas óperas del siglo XIX, originariamente dividida en dos secciones: La prise de Troye [La conquista de Troya] y Les Troyens à Carthage [Los troyanos en Cartago]. En 1890 se estrenó en la Opéra de Paris una versión conjunta, pero no completa, de la ópera. Bajo el título de Les Troyens fue presentada en su totalidad sólo en 1969, exactamente un siglo después de la muerte de Berlioz, en parte debido a su duración, que supera las cuatro horas, y en parte a sus complejas exigencias teatrales, entonces difíciles de satisfacer.

   En su Short History of the Opera, Donald J. Grout la define como «...el equivalente ‘latino’ del ciclo teutónico del Anillo». Un gran fresco que abarca el período desde el final de la guerra de Troya, con personaje principal Casandra, hasta el momento cuando Eneas deja Cartago y a su reina Dido, la protagonista de la segunda parte.

   Compositor romántico prolífico, autor no sólo de la música sino también del libreto  basado en la Eneida de Virgilio, Berlioz inserta, entre los actos III y IV de Les Troyens, un interludio instrumental para introducir la historia de amor entre Eneas y Dido, cuando los dos reparan en una gruta durante una tormenta.

   Combinadas en el programa del concierto por tema del fenómeno natural, las dos tormentas que escuchamos esta noche son muy diferentes entre ellas, tanto desde el punto de vista instrumental –la orquestación de Berlioz se inclina, después del corto inicio elegíaco, a un amplio uso de los metales respecto a las cuerdas, bajos y chelos– como desde el punto de vista de la atmósfera emocional –mientras que la tormenta de Beethoven es sólo un fenómeno climático, un contratiempo natural de la fiesta campestre, la de Berlioz es un anuncio amenazador de desgracia–.

   El Duo para órgano y orquesta «Waves», compuesto en 2019 por encargo conjunto de cinco orquestas [l’Orchestre symphonique de Montréal, Elbphilarmonie Hamburg, l’Orchestre de la Suisse Romande, La Monnaie/De Munt y la Philarmonie de Paris], ve añadirse a la orquesta algunos otros instrumentos (címbalos, gong, campanas tubolares), además del Gran Órgano Pierre-Béique, situado delante del podio del director, y movido únicamente para la ejecución de la Pastoral. Pascal Dusapin –presente en el auditorio y llamado a escena por Nagano– rehusa definirlo «un concierto», y cuenta que a menudo concibe una composición futura mientras la inmediatamente anterior está siendo presentada, así que su idea de las olas en perpetuo movimiento había surgido durante el estreno en Bruselas de su ópera Macbeth (2019). En una anterior entrevista, mencionaba haber entretenido por un tiempo el deseo de escribir una ópera basada en la novela de Virigina Woolf The Waves, cosa que al final no hizo, dando en cambio ese título a la pieza que estaba imaginando, «una composición –dice ahora– en la que órgano y orquesta intentan transformarse el uno en la otra y viceversa, hasta volverse una cosa sola […] se enfrentan, se retiran y se superponen, esquivándose mutuamente en un flujo constante de energía y terminando por semejarse el uno a la otra, en sus propios mundos armónicos distintos pero fusionados». El renombrado organista francés Olivier Latry manejó con gran  habilidad y cierto espíritu aventurero la compleja partitura del órgano. La pieza es por cierto muy interesante, tiene unos pasajes hermosos –me ha gustado el detalle de las dos trompetas que, separadas de la orquesta, tocan desde dos palcos a los lados opuestos del auditorio– y muestra el enorme talento musical de Dusapin; sin embargo, a pesar de la familiaridad con música moderna y hasta dodecafónica, los veinticinco minutos de contínuos momentos armónicos que se confunden, me han resultado muy cansados.

   Después del Intermedio y tras la experiencia de Waves, ha sido infinitamente reposada y tranquilizadora la textura de la Sinfonía Pastoral de Ludwig van Beethoven, una de las más conocida de las nueve, también debido a la afortunada animación que Disney hizo de ella, hace casi medio siglo, en la película Fantasía; y es la obra donde percibimos al autor en uno de sus raros momentos de paz y armonía con el mundo. A nuestros oídos modernos, suena como la quintaesencia de la música clásica; sin embargo, en la época en que Beethoven creaba la que él mismo definió sinfonia characteristica, dándole títulos a los varios movimientos y añadiendo indicaciones programáticas precisas, el compositor se aventuraba en un novedoso experimento, combinando la actualidad de la forma-sonata con la anticuada ficción de un mundo bucólico. Sinfonía «de sentimientos y no de imágenes», como la describió el mismo Beethoven, empieza con una armonía de pocos acordes delicados que se repiten y despliegan en múltiples variaciones, nos lleva a un mundo aún amistoso y a la medida del hombre, nos muestra la alegre danza vertiginosa de los campesinos, que se interrumpe cuando el repentino tremolo de bajos y chelos anuncia la tormenta, y ésta explota en el fragor de los tímpanos. Vuelve la quietud después de la tormenta, con la dulzura de cuerdas y alientos, celebrando el regreso del buen tiempo.

   El maestro Kent Nagano, que ha dirigido a través de los años algunas de las mayores orquestas del mundo, es famoso por la sobriedad y la elegancia de sus concertaciones. En esta Pastoral promueve, en bajos y chelos, un uso del pizzicato más amplio de lo acostumbrado, pero el resultado es muy agradable. La Orquesta sinfónica de Montréal, que escucho por primera vez, me ha parecido a la altura de las expectativas –a pesar de haber notado, en los últimos diez minutos de la ejecución, un par de notas sorpresivamente discordantes, que probablemente el entusiástico y comprensivo público canadiense ni siquiera advirtiera–.

Fotografías: Jag Gundu.

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