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Crítica: Raquel Andueza, Manuel Vilas y Jesús Fernández Baena dan vida al universo de la monodía acompañada en el Festival Encuentro «Silva de Sirenas» [FESS Madrid]

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Autor: Mario Guada

El tercer concierto de este primer FESS Madrid, por el cual cabe regocijarse ampliamente, ofreció un hermoso recorrido por la música de Il divino Claudio y algunos de sus coetáneos, refrendando que el estado vocal de la soprano navarra continúa en proceso de adaptación a su nueva técnica y que le queda mucho por recorrer.

Monteverdi «a media voz»

Por Mario Guada | @elcriticorn
Madrid. 10-X-2020. Ateneo de Madrid. I Festival Encuentro «Silva de Sirenas» [FESS Madrid]. Monteverdi & Friends. Obras de Claudio Monteverdi, Francesco Cavalli, Bernardo Pasquini, Domenico Anglesi y anónimos. Raquel Andueza [soprano], Manuel Vilas [arpa doble] y Jesús Fernández Baena [tiorba].

Claudio, con su arte armonioso y su musical medida, consiguió más de a ningún mortal profeso en música la fue concedido nunca.

Matteo Caberloti: Laconismo delle alte qualita di Claudio Monteverde [1644].

   El Festival Encuentro «Silva de Sirenas» [FESS Madrid], que se ha celebrado en el magnífico salón de actos del Ateneo de Madrid, con sus hermosas pinturas modernistas de claras influencias de la Seccesion vienesa, es todo un milagro en estos tiempos de extraña [a]normalidad. Hay que felicitar efusivamente, pues, al equipo de «Silva de Sirena» y de Delirivm Musica, con Juan Portilla y Beatriz Amezúa como cabezas visibles al frente de un equipo de profesionales entregados, por lograr poner en pie, en unos tiempos como los que corren, un nuevo festival dedicado a la música temprana en una ciudad donde la oferta al respecto es ya más que suculenta. Entre los días 8 y 11 de octubre se pudieron escuchar cuatro variopintos programas ofrecidos por algunas de las luminarias del panorama de la interpretación historicista de nuestro país, con nombres muy reconocidos y apreciados por el público. Tras los dos primeros conciertos, protagonizados los propios Delirivm Musica y el dúo conformado por Lina Tur/Dani Espasa, llegó el turno de la soprano navarra Raquel Andueza, a la acompañaron dos de sus instrumentistas de cabecera: el arpista Manuel Vilas y su inseparable Jesús Fernández Baena a la tiorba. Antes de entrar en los detalles de este concierto, aplaudimos la entereza y el ahínco de los organizadores por creer en la cultura en estos momentos tan complicados y por demostrar –al igual que están haciendo otros muchos en nuestro país– que la cultura sigue siendo un entorno absolutamente seguro, así que no debemos no solo no dar de lado a este sector tan fundamental –ojalá muy pronto sea declarado en nuestras leyes como bien esencial–, sino apoyarle gesto a gesto para que los que nos [des]gobiernan no tenga a su antojo el volver a dejar a la cultura abandonada a su suerte, como en otras tantas ocasiones previas.

   Como la historia de la lesión y la posterior recuperación vocal de la intérprete Raquel Andueza es prácticamente conocida por todos –aquellos que no sepan a qué me refiero pueden consultar esta extensa entrevista que realizamos en CODALARIO hace dos años, en la que Andueza contó por primera vez a un medio especializado todos los detalles de aquellos sucesos–, no pretendo resultar excesivamente recurrente en el asunto, y por otro lado, creo que cuando un artista establece ya una agenda con una cantidad de fechas muy considerable es que considera que está en las condiciones óptimas para desarrollar su labor interpretativa y, por tanto, como tal hay que analizarlo y juzgarlo.

   El programa interpretado, que lleva por título Monteverdi & Friends, es, en efecto y antes que nada, un claro homenaje a uno de los máximos exponentes de la monodía acompañada del Seicento italiano, además de uno de los compositores fetiche de Andueza. La figura de Il divino Claudio es sobre la que pivota el recital, acompañado por algunos autores coetáneos de la primera mitad del XVII, con el amor como trasfondo. Es sin duda un momento de cambios, en el que las viejas prácticas de la prima pratica o el stile antico se van quedando atrás para darle paso a las llamadas seconda practica y stil moderno, es decir, el paso de la polifonía contrapuntística a varias voces –con o sin acompañamiento del Renacimiento– a la monodía –posteriormente también polifonía, en cuanto a que dúos, tríos, cuartetos o quintetos tenían cabida en ella– acompañada del Barroco temprano. Es un cambio tan sustancial en lo auditivo como lo fue en el cambio que supuso para la manera de entender la composición musical. Se trata, probablemente, del período y del compositor predilectos de la soprano pamplonica y, sin embargo, la comodidad vocal apenas pudo vislumbrarse en tres o cuatro momentos a lo largo de toda la velada. Entendiendo que el proceso de readaptar su voz a la nueva técnica partió prácticamente de cero, la realidad hoy día es que el resultado sonoro no es el esperado, y desde luego no lo es en comparación con la Andueza que parecía hecha para cantar este repertorio concreto del Seicento. Hubo un tiempo es que su voz era una referencia cuando se habla de este período; en la actualidad, me temo que no puedo situarla en el mismo lugar.

   Vayamos desgranado los porqués de esta velada para entender la aseveración previa. El concierto se abrió, como era preceptivo, con la música de Claudio Monteverdi (1567-1643), a través de su hermosa «Perché se m’odiavi», una de las las obras recogidas en la colección Madrigali e canzonette a due, e tre, voci, ese supuesto Libro nono de madrigales que Monteverdi nunca llegó a autorizar ni a concebir como tal. Andueza demostró que a nivel expresivo continúa manteniendo aquellas grandes virtudes que poseía, además de una extraordinaria dicción, la cual –en este caso sí– quizá ha mejorado con respecto a tiempos pasados, paladeando cada sílaba y aportándoles la calidez retórica que cada una merece. En este sentido sigue tratándose de una cantante de muchos quilates. La afinación, por lo demás, se mantuvo bastante correcta a lo largo de toda la primera pieza. Le siguió «Vivere in questo seno», pieza anónima del siglo XVII, que fue interpretada con un hermoso diálogo entre ambos instrumentistas, sobre el ostinato que sustenta la pieza, y con una voz en la que a nivel técnico comenzaron a observarse detalles netamente mejorables: la voz no fluye con facilidad, no presenta apenas brillantez en el agudo y el aire que se escucha en la emisión es más que notable, la coloratura parece estancarse en varios pasajes y la falta de homogeneidad entre registros resulta excesivamente marcada; Andueza hizo gala de una vocalidad muy blanquecina, con una falta casi total de cuerpo en muchos momentos, abusando además de una emisión que roza lo «popular», porque parece encontrarse más cómoda instaurada ahí que en una emisión más «colocada» –entiéndanse los conceptos, porque la amplitud de lo que técnicamente puede asimilarse para unos y otros uso de la técnica es tan amplia como debatible–. En «Vieni in questo seno», de la ópera La Rosinda de Francesco Cavalli (1602-1676) fue posible apreciar el especial entendimiento que existe entre esta tríada de intérpretes, que llevan muchas horas tocando juntos: la flexibilidad y adaptabilidad entre la voz y el acompañamiento es realmente potente, con un bajo continuo ampliamente desarrollado por Vilas y Fernández Baena –ambos acogiéndose siempre a sus distintos roles en cada pieza con una lograda sensibilidad–. Lástima que el agudo de la voz perdiera prácticamente toda calidez en el registro agudo. Para la anécdota quedó la inclusión de una breve cita de la canción «Hijo de la luna» de Mecano –detalle de Vilas–, pues encaja de forma casi perfecto en el patrón armónico-rítmico de esta aria.

   El anónimo «Bella mia» incidió en algunos de los derroteros por los que la actuación vocal transitó de forma general en este concierto: timbre excesivamente blanco, voz muy poco redonda, con abuso de una emisión menos colocada, agudos sin brillantez y muy poca homogeneidad entre registros. Aunque la cantante mantiene intactos algunos recursos expresivos importantes, el resultado vocal cada vez se resiente más sobre la técnica, un problema que debería ser subsanado cuanto antes, porque realmente afecta al resultado general de forma notable. El registro medio de su voz, sin embargo, convence más, se percibe con mayor fluidez, la afinación se resiente menos que en el agudo a su vez –aunque no hubo que lamentar excesivos problemas en ese ámbito, hay que señalar– y la sensación de comodidad vocal es mucho mayor cuando no se requieren transiciones muy marcadas o saltos interválicos amplios hacia el registro agudo, como quedó patente en la hermosa «Un sol bacio», del italiano Domenico Anglesi (c. 1610/15-1674), donde sí hubo importantes desajustes en lo referente a la afinación. «Voglio di vita uscir», que se conserva en un manuscrito de la Biblioteca Oratoriana dei Filippini, en Napoli, es una atribución bastante plausible a Monteverdi, que Andueza interpretó con poca fluidez en las agilidades sobre la palabra inicial, aunque remarcó con nitidez expresiva los impactantes cromatismos que incluye la obra; excelente la dicción, pero el agudo se torna forzado en muchos momentos. Es curioso, porque a tensión corporal y gestual han disminuido notablemente, pero en absoluto el color o la naturalidad de la voz son ahora mejores.

   Dos obras más de Il divino Claudio, «Oblivion soave» [L’incoronazione di Poppea] y «Si dolce è’l tormento» [Quarto scherzo delle ariose vaghezze a voce sola, de Carlo Milanuzzi], completaron la presencia de la figura central de este programa. En la primera de ellas hubo mucho más de interés en el tratamiento del texto, las dinámicas y la expresividad que en el aspecto vocal, de nuevo muy poco convincente; en la segunda, mucho más cómoda vocalmente en un registro medio, se evidenció una disociación entre el discurso textual y la vocalidad con que este fue plasmado. Lo que sí hubo en ambas fue un acompañamiento exquisito y rebosante de elegancia por parte de los dos instrumentistas. Ambos tuvieron, además, sus momentos de lucimiento más allá del [brillante] continuo, destacando un interesante arreglo del segundo movimiento de una sonata para clave de Bernardo Pasquini (1637-1710).

   Ante los aplausos del respetable, el trío de intérpretes tuvo a bien regalar dos momentos más a los asistentes: «Arrojome las naranjicas», unas folías reconstruidas musicalmente sobre el texto conservado por Álvaro Torrente para la que ha sido la última grabación de Andueza y su conjunto La Galanía, titulado El baile perdido, concluyendo con una de las obras que más puede asociarse con la voz de la soprano navarra: la hermosísima «Folle è ben che si crede», de Tarquinio Merula (1595-1665). Siendo ambas interpretaciones correctas, la última de ellas, como digo otrora un símbolo de una voz referencial para el repertorio monódico del Seicento italiano, se muestra actualmente en un momento en absoluto convincente en lo vocal. No parece que Andueza haya vuelto por sus fueros, a pesar de sus ímprobos esfuerzos y su lucha permanente estos años, la cuales son totalmente loables. Esperemos que, por el bien de sus muchos seguidores y de ella misma, encuentre de nuevo aquella senda que le llevó al éxito...

Fotografía: Tempo Musicae.

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