CODALARIO, la Revista de Música Clásica
Está viendo:

Crítica: Wynton Marsalis y la Jazz at Lincoln Center Orchestra visitan el ciclo «Jazz en el Auditorio» del Centro Nacional de Difusión Musical

  • Comparte en Facebook
  • Comparte en Twitter
Autor: Juan Carlos Justiniano
3 de marzo de 2020

El clásico no se jugó en Concha Espina

Por Juan Carlos Justiniano
Madrid. 01-III-20. Auditorio Nacional de Música. Centro Nacional de Difusión Musical [Jazz en el Auditorio]. Obras de Wynton Marsalis, Carlos Henriquez, Christopher Crenshaw, Thelonious Monk, Victor Goines, Marcus Printup, Ted Nash, Vincent Gardner y Sherman Irby. Jazz at Lincoln Center Orchestra: Wynton Marsalis, Kenny Rampton, Marcus Printup y Ryan Kisor [trompetas], Chris Crenshaw, Vincent Gardner y Elliot Mason [trombones], Ted Nash [saxofón, flauta y flautín], Victor Goines, Camille Thurman, Sherman Irby y Paul Nedzela [saxofones, flautas y clarinetes], Carlos Henríquez [contrabajo], Obed Calvaire [batería] y Dan Nimmer [piano].

   Ayer fue el clásico, se jugó en Madrid, y aunque muy cerca, no en Concha Espina. Este clásico, a diferencia del otro, tuvo mucho de comunión, nada de hostilidad. El director artístico del Jazz at Lincoln Center, de la sección de jazz de la Juilliard, el ilustre ganador de un Pulitzer y posiblemente el trompetista vivo más célebre del mundo visitó junto a su orquesta la sala sinfónica del Auditorio Nacional. No se trata de un lugar común: Wynton Marsalis es un verdadero clásico. Y lo es posiblemente en prácticamente todas las acepciones de la palabra que se nos puedan ocurrir: en su vestuario, impoluto de los pies a la cabeza, en su maestría tocando Haydn o Hummel, en la limpidez y la técnica de su sonido, en que es un modelo para miles de músicos, en su condición de figura central de la música actual… En definitiva, en que es (o como mínimo representa) el canon.

   Y a vueltas con ese clasicismo –para algunos sinónimo de conservadurismo, reaccionarismo, puritanismo– también ha aparecido en el centro de multitud de polémicas y de ataques (también de celos) desde que con menos de veinte años descollara junto con los Jazz Messengers: agrias polémicas ya fuera con el mismo Miles Davis, con el jazz fusión, la cultura hip hop o con su mismísimo hermano Branford… Un ruido de fondo siempre ha acompañado a la figura del trompetista de Nueva Orleans. Hasta se le ha reprochado tocar únicamente música de autores muertos (que no es el caso). Pero… ¿y qué? Al fin y al cabo lo que pretende Wynton Marsalis es reivindicar la grandeza y trascendencia de una tradición que precisamente para tal efecto considera conveniente aislar. Entrar al trapo, yo diría, nos sitúa en un debate ciertamente bizantino. Cuando Marsalis reivindica que solo debería hablarse de jazz bajo unas determinadas condiciones muy concretas (la música de la negritud, del esclavismo, de América, etc. o lo que sea) lo hace porque de esta manera cree proteger y respetar un patrimonio. ¿Qué importa que no tenga reparo en dejar fuera de los límites de la categoría [jazz], sea esta discreta o no, prácticamente a la totalidad de músicas que inundan las programaciones de festivales y ciclos de jazz? De poco sirve intentar llevar la razón en estas cuestiones. Y seamos sinceros: de su juicio no se puede inferir que esté tachando esas otras músicas o atacando a sus públicos. Puede ser elitista, rancia, pureta y todo lo que se quiera la propuesta de Marsalis (como si esto en sí mismo, que es un juicio completamente extramusical, fuera una rémora), pero difícilmente puede negársele la calidad y la belleza.

   La Jazz at Lincoln Center Orchestra (JLCO), el buque insignia de la vasta actividad musical del trompetista de Nueva Orleans, es una verdadera reunión de galácticos, de quince portentos, un conjunto majestuoso de excelentes individualidades que como unidad mejora exponencialmente. El propio trompetista así lo reconoció en sus intervenciones cuando entre tema y tema no dejó de glosar los talentos de sus compañeros. Y lo hizo de palabra, pero también de obra al cederles el protagonismo en todo momento.

   Fueron casi dos horas de música a una altura de técnica, arte y musicalidad difícilmente superables. El concierto comenzó ya fuerte, con un Marsalis presumiendo de estar en forma y atacando, en marcha, mientras entraba al escenario, con «Back to Basics», una composición de Blood on the Fileds, el enorme oratorio que valió al trompetista un premio Pulitzer allá por 1997. A «Back to Basics», del propio Marsalis, siguieron una buena muestra de composiciones en las que el trompetista se reservó un papel discreto, más de fedatario de una idea musical, la de la excelencia, que de aupado bajo palio. Muy al contrario, dejó que fueran sus compañeros quienes se repartieran el honor y la gloria en su aparición madrileña, que lo tuvo todo para eclipsar a ese otro clásico. Y es que el míster salió con el once (de quince) de gala aunque apostando por jugar sin nueve de referencia. En la zaga, nada más y nada menos que Obed Calvaire a la batería, Carlos Henríquez al contrabajo y Dan Nimmer al piano. De laterales y carrileros, una sección de tres trombones explosivos. En la media punta una línea de cinco saxofones de todas las tesituras posibles, cinco estrellas versátiles capaces de jugar con el clarinete, la flauta o el flautín. Y de arietes, cuatro trompetistas con mucho gol… Todo esto es un decir, porque los lances del juego variaron el dibujo a la vez que  el míster y el once (de quince) iban leyendo el encuentro.

   Así, Carlos Henríquez –según dice su ficha, contrabajista– hizo lo propio estampando su pluma en un arreglo de «The Crave», alimentando el movimiento de «tinte hispano» con un potente tumbao sobre el que Kenny Rampton a la trompeta o Dan Nimmer al piano se despacharon a gusto en sus improvisaciones. Y precisamente esta fue la tónica del concierto de ayer en Madrid. Los miembros de la JLCO hicieron las veces de músicos de atril y de solistas, pero también de compositores y arreglistas. Como en el caso de Ted Nash, Chris Crenshaw, Vincent Gardner, Victor Goines, Marcus Printup o Sherman Irby, intérpretes y responsables de páginas como la bellísima «God's Trombones» o «Salvation, Serenity, Reflection», rubricada esta última por Marcus Printup, a la sazón solista, quien imprimió un lamento inicial en tono blusero que puso los pelos de punta al auditorio. La música de Thelonius Monk –una de las figuras prominentes del panteón de Marsalis, o lo que es lo mismo, un hito de la historia del siglo XX– también tuvo su momento en las relecturas por parte de la JLCO de clásicos como «Jackie-ing» o «Ugly Beauty». Pero fue Vincent Gardner quien firmó la guinda, «Attenzione, attenzione», una partitura llena de swing y dispuesta para el duelo entre el propio Gardner, Camille Thurman al tenor, Paul Nedzela al barítono, Obed Calvaire a la batería –que no soltó el charles– y Carlos Henríquez al contrabajo.

   La grada despidió en pie y entre ovaciones al míster y a su plantilla de galácticos. Hoy la Jazz at Lincoln Center Orchestra es un poco más líder. Y si bien la reputación de estos portentos va de suyo, no deben olvidar que hay que refrendarla partido a partido.

Fotografías: Elvira Megías/CNDM.

  • Comparte en Facebook
  • Comparte en Twitter

Compartir

Publicidad

<< volver

Búsqueda en los contenidos de la web

Buscador

Newsletter

Darse alta y baja en el boletín electrónico