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Crítica: Andris Nelsons con la Sinfónica de Boston en Berlín

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9 de septiembre de 2015

UN TALENTO EVIDENTE

Por Alejandro Martínez
Berlín. 05/09/2015. Philharmonie. Musikfest Berlín/Berliner Festspiele. G. Mahler: Sinfonía No. 6. Boston Symphony Orchestra. Dirección musical: Andris Nelsons.

   Andris Nelsons (1978), el flamante nuevo director titular de la de la Gewandhausorchester de Leipzig, apenas unos días antes de su nombramiento allí se presentaba en Berlín con la que es su orquesta principal desde 2014, la Sinfónica de Bostón, con la que viene liderando un fecundo maridaje, que ya ha tenido reflejo tanto en la discografía como en las salas de concierto. De hecho, el concierto que nos ocupa formaba parte de una intensa gira por los principales festivales de verano, con varios y exigentes programas en cartel, alternando obras de Shostakovich, Strauss o Mahler, nada menos. En este tiempo, lo cierto es que Nelsons se ha consolidado sin duda como la batuta más promisoria de su generación, evidentemente al lado del que no por azar ha sido nombrado titular de la Filarmónica de Berlín, Kirill Petrenko (1972). Ambos son ya hoy promesas cumplidas, que siguen generando no obstante gigantescas expectativas.

   Curiosamente, la Sinfónica de Boston se fundó un año antes que la Filarmónica de Berlín. La figura de Arthur Nikisch tuvo una indudable y común influencia en ambas formaciones, como director titular de las mismas. Andris Nelsons se encarama ahora a una doble titularidad de semejantes resonancias, hermanando Boston y Leipzig. No por azar, de hecho, la orquesta americana en cuestión tiene un cierto corazón germano. Y es que la Sinfónica de Boston es un instrumento fabuloso y fascinante, de un color caoba en la cuerdas y cobrizo en los metales, con un brillo crepuscular, como de vino añejo.

   Haciendo gala de un talento evidente, Nelsons comandó la Sexta sinfonía de Mahler como sólo lo hacen los grandes, con seguridad, con fascinación y con la constante sensación de estar poniendo en pie algo grande y singular. Con una gesticulación muy marcada, tan entusiasta y casi tan teatral como en el caso de Bernstein, al que recuerda por instantes fugaces, Nelsons convence a base de entrega y entusiasmo, con un Mahler si acaso más voluptuoso que reflexivo, más fogoso que meditado, en suma, con más ímpetu que densidad. El suyo es además un Mahler que dialoga, que transpira por ejemplo ecos de Wagner y Strauss. De su detalladísimo trabajo, como otorgando a cada nota un sentido propio, es forzoso resaltar la calidez del Adagio, de una ternura y vulnerabilidad que oscilaban entre el dolor y la esperanza, subrayando la gran capacidad evocadora de esta música sublime. Nelsons remató la noche, por últmo, con un frenético finale, de esos que dejan al oyente clavado en la butaca, con el aliento agitado y la boca reseca. Sólo los grandes son capaces de engrandecer a Mahler. Y la conjunción de Nelsons con la Sinfónica de Boston no dejó la menor duda de que tal cosa había sucedido.

Foto: Marco Borggreve

Autor:Alejandro Martínez
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