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Crítica: Balthasar-Neumann y Pablo Heras-Casado interpretan la segunda parte de la 'Selva morale e spirituale' de Claudio Monteverdi

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7 de octubre de 2017

Prosigue la integral de la descomunal colección monteverdiana por los mismos derroteros de decepción con que se inició.

ANTES QUE NADA, LA MÚSICA

   Por Mario Guada | @elcriticorn
Madrid. 06-X-2017. Auditorio Nacional de Música, Sala de cámara. Centro Nacional de Difusión Musical. Universo Barroco, #Monteverdi4.5.0. Música de Claudio Monteverdi. Balthasar-Neumann-Chor & Solisten y Balthasar-Neumann-Ensemble | Pablo Heras-Casado.

   Recuerdo lo que pensé cuando la temporada me enteré de que el Centro Nacional de Difusión Musical tenía previsto programa -a lo largo de dos temporadas- la integral de la Selva morale e spirituale, de Claudio Monteverdi (1567-1643), pues es esta una obra que me acompaña desde hace varios años y uno de mis primeros amores adolescentes, cuando me iniciaba en esto de la llamada música antigua. La grabación de Cantus Cölln -para Harmonia Mundi- ha formado parte -casi como un tesoro- de mi musicoteca desde hace años. Se trata de un obra inmensa, brillante, genial, sin duda el mejor ejemplo de todo lo atesorado por Il divino Claudio en sus casi tres décadas de magisterio de capilla. Esta Selva morale e spirituale [Venezia, Bartolomeo Magni, 1640/1641] es, probablemente, la colección sacra más ambiciosa y rebosante de genialidad de cuantas se concibieran a lo largo del siglo XVII y quizá en toda la historia de la música occidental. Dice Paolo Fabbri al respecto de la misma: Al igual que el Ottavo libro provoca admiración como un notable clímax de la carrera de Monteverdi como madrigalista, la Selva morale e spirituale es una digna corona a su continua exploración de la invención y la experimentación de extremos expresivos dentro del ámbito de la música sacra. Monteverdi debió haberla ido preparando aproximadamente al mismo tiempo que el libro octavo, y representa su mayor colección sacra, un compendio de casi treinta años de experiencia como maestro de capilla de la iglesia.

   Si su Octavo Libro es un dechado de variedad en todo los sentidos, su Selva morale e spirituale lo es aún más, pero en el ámbito sacro. La colección puede dividirse de manera clara en cinco secciones: I. cinco obras adscribibles al madrigal espiritual y moral; II. una Messa a 4 da capella con cuatro musicalizaciones extras de algunas de sus partes; III. una notable serie de salmos; IV. himnos; V. música para uso en festividades marianas. Quedaría suelta el último número, su contrafactum del Lamento d'Arianna, titulado aquí Iam morir mi fili. La variedad en la concepción de la instrumentación y las voces -que detalla de manera fantástica en la tavola inicial- es absolutamente fascinante, todo un ejemplo de su capacidad creadora. El carácter morale viene aportado precisamente por esos madrigales y canzonette de corte moral, con textos de Francesco Petrarca -los dos primeros números de la colección, precisamente elegidos para interpretarse en el presente recital-, otro de Angelo Grillo y otros dos de autor anónimo, en los que se reflexiona sobre la vida y las tribulaciones del ser humano en ella. El resto de la colección, puramente sacro, aporta la visión spirituale, con esa inmensa variedad de géneros y formas que hemos visto.

   Para la segunda de las partes en las que el CNDM –que inauguró así el célebre ciclo Universo Barroco y continúa el dedicado en exclusiva al autor, bajo el título #Monteverdi4.5.0– y el director musical del proyecto, el granadino Pablo Heras-Casado, han dividido la colección, quedaron las obras de corte más íntimo, en las que toman concurso voces a solo, tercetos y aquellos madrigales espirituales o morales que quedaban por interpretar en relación a la primera parte. Comenzó la velada con È questa vita un lampo [a 5 voci], en la que quedaron ya patentes los notables desajustes que serían una constante a lo largo del concierto. El magnífico Deus tuorum militum a 3 [con doi violini] remontó por unos instantes el vuelo, pero no había en la interpretación el brillo, la luminosidad monteverdiana ni el sosiego reflexivo que esta merece. Magdalene Harer hizo un poderoso esfuerzo por lucirse en el Sanctorum meritis [a voce sola et due violini sopra alla qual aria si potranno cantare anche altri hinni però che sijno de lo stesso Metro], pero sucedió lo que tenía que suceder, y que puede servir de resumen de la velada: quiero y no puedo. Y es que, sencillamente, la gran parte de las voces escogidas para la ocasión no parecen las más apropiadas para interpretar obras a solo o de pequeño formato. Son más unas voces de conjunto, de coro, por lo que su adecuación a este formato resultó –como ya sucedió en la primera parte de la integral– una notable decepción. Misma senda para Spuntava il dì [canzonetta morale a 3] y especialmente en el impresionante Pianto della Madonna [sopra al Lamento d’Arianna], que Anne Bierwith poco menos tiró por la borda, con un canto plano, carente de toda retórica y emoción, en una obra que es puro desgarro. Ni siquiera se planteó una versión con mayor distancia, pero con sentido, sino que simplemente parecían estar las notas puestas, pero con una falta de afinación importante en varios pasajes y unos desajustes rítmicos entre la solista y el continuo que un concierto de este nivel no se puede permitir.

   Únicamente Alicia Amo logró aportar un poco de luz entre tanta tiniebla, y aunque quizá el Laudate Dominum [à voce sola soprano o tenore] no encaja a la perfección con su vocalidad –y tampoco por la versión planteada aquí desde la dirección–, fue desde luego lo más destacable a nivel solista de la velada. Las cosas volvieron a su cauce en el Salve Regina [con dentro un Ecco voce sola riposta d'ecco et due violini], en el que los tenores Jakob Pilgram, y especialmente Nils Giebelhausen, no lograron captar la esencia de una obra absolutamente genial. ¿Qué sentido tiene colocar al tenor en ecco en una de las galerías superiores de la sala si este –por no ordenársele o por simple desconocimiento– decide repetir las palabras en eco en la misma intensidad que el tenor solista? Pequeños detalles que dieron cuenta del flojo nivel conceptual de esta versión. Esperaba con ansia Ab æterno ordinata sum [motetto a voce sola in basso], una de las piezas más descomunales de esta colección, a la par que técnicamente exigente. Diría que se trata de una de las obras para bajo solista más complejas, no ya solo del Barroco, sino de la historia, merced a su amplísimo registro –que exige al solista llegar el Do2 y a su vez desarrollar delicadas líneas en el registro agudo– y la sinuosa e incisivamente ornamental línea solista. Andrew Harris, dotado de un registro grave poderoso, sufrió, sin embargo, en el agudo, sacando la pieza adelante con más esfuerzo que elegancia y con una emisión vocal poco sutil. Únicamente se logró remontar el vuelo hacia el final de la velada, especialmente en el Confitebor Terzo alla francese [a 5 voci quali si può concertare se piacerà con quattro viole da brazzo lasciando la parte del soprano alla voce sola] y en el Beatus vir Secondo [a 5 voci qual si può cantare ridoppiato et forte o come piacerà], en el que ahora sí– el ensemble logró asemejarse en algo al nivel que se le supone, con un sonido pleno, cuidado, equilibrado, y aunque desde el punto de vista de la versión, no especialmente brillante, sí al menos suficiente como para jejar un leve sabor de boca algo agradable para cerrar la sesión y esperar a la tercera y última parte del domingo próximo.

   Qué lástima para el Balthasar-Neuman-Choir & Solisten y Balthasar-Neumann-Ensemble presentarse de nuevo así en esta Selva morale e spirituale. Qué ocasión más magnífica se les está escapando de los dedos. Como digo, el apartado vocal no rindió en las condiciones esperadas, para ni siquiera el instrumental tuvo su mejor día, lo que se ejemplificó a la perfección en los violines de Olivia Centurioni y Farran Sylvan James, extrañamente farragosas, con notables problemas de afinación y no especialmente bien avenidas entre sí. Mejor, sin duda, los cornetti de Gebhard David y Josué Meléndez para las líneas altas. Destacó especialmente el continuo –aunque sufrieron los permanentes desajustes rítmicos con los cantantes–, sobre todo el bajón de Moni Fischalek, así como el clave/órgano del legendario Michael Behringer. Algo más contenidos la viola da gamba de Frauke Hess, el violine/lirone de Matthias Müller, el arpa de Margret Köll y las tiorbas de Franco Pavan y Johannes Gontarski –aunque el equilibrio general no favoreció a su presencia sonora a lo lardo de muchos pasajes–.

   Sinceramente, esperaba algo más de Pablo Heras-Casado para esta segunda parte, al menos después del descalabro de la primera –ofrecida allá por febrero– y más aún cuando se trata de un proyecto que se está registrando desde el pasado lunes en la propia sala de cámara. O bien achacamos los problemas al cansancio de viajes y jornadas maratonianas de ensayo/grabación, o sencillamente a que es un proyecto que le está quedando más grande que lo que quizá esperaba. No hay en su visión de la obra la filigrana, la retórica ni la calidez de la genial partitura monteverdiana. El equilibrio resulta hasta tosco; los ornamentos excesivos –lo que no ayuda a la comprensión armónica ni contrapuntística, y sí ayuda en mucho el desbarajuste rítmico–; la elección de voces totalmente inapropiada; la ausencia de toda emoción y retórica, flagrante; la visión totalmente plana, sin apenas contraste lógico –el exceso no es contraste– y con una palidez permanente, imperdonable –le pese al ego de quien le pese–. Por otro lado, ¿de veras se necesitaba a Heras-Casado al frente del conjunto en un programa como el de hoy? Mi respuesta es que no. Puede y debe estar de director musical para grabación y ensayos, por supuesto, pero no parece que su presencia en obras de este formato fuera necesaria, al menos no si el conjunto está bien preparado. Y de estar, que su presencia se justifique per se, lo que en este caso no sucedió. Algo está pasando cuando la labor de un director en un concierto no aporta nada a la versión. No es una reflexión baladí, me temo, aunque quizá no todos se preocupen de intentar comprenderla. En suma, una visión extraordinariamente corta de miras para una de las supuestas estrellas en el firmamento de la dirección actual. No le achaquemos todo a la juventud; para mejorar hay simplemente que querer. Por otro lado, habría que preguntarse si realmente era este el director adecuado para este proyecto, pero para ver más allá hay simplemente que saber. Reflexione quien quiera, pueda o deba.

Fotografía: Florence Grandidier.

Autor:Mario Guada
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