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Crítica: Concento de Bozes y Carlos Mena presentan a un Nicola Porpora sacro en el ciclo «Salamanca Barroca» del CNDM y la USAL

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Autor: Álvaro de Dios
11 de marzo de 2021

Carlos Mena y Concento de Bozes invitan a la reflexión cuaresmal a través de la música del último Porpora, quien entona un canto del cisne para una retórica que ya se echaba a un lado, dejando paso a los nuevos aires galantes.

Malditas etiquetas

Por Álvaro de Dios | @Kynkos
Salamanca. 08-02-2021. Auditorio Fonseca. Centro Nacional de Difusión Musical y Universidad de Salamanca [Salamanca Barroca]. Nicola Antonio Giacinto Porpora: Sei duetti latini sulla Passione di nostro signore Gesù Cristo composti per l’Imperial Corte di Vienna [1754]. Concento de Bozes: Pilar Alva, Rebeca Cardiel, Jone Martínez y Carmina Sánchez [sopranos], Cristina Teijeiro [mezzosoprano], Francisco Díaz [tenor], Víctor Cruz [barítono], Samuel Maíllo [órgano] | Carlos Mena [director].

He puesto todo mi empeño en llevar la paz entre las naciones más cultas de Europa, en debate constante sobre sus preferencias entre la música antigua o nueva, francesa o italiana.

Niccola Porpora.

   Aunque esté feo, debo empezar estas líneas con una brevísima pincelada personal, pues es necesario adelantar que lo que de verdad me gusta es hablar de música. Y a ser posible, sin etiquetas, tarea que se antoja tan importante como difícil; la realidad es muy tozuda y nos obliga a utilizar al menos un pack de esenciales, porque resulta ineludible enfocar el hecho musical desde alguna perspectiva, lo que implica ciertos etiquetados inevitables que pegamos en el imaginario envoltorio del concierto, para tratar de centrarlo lo mejor que podamos.

   Así, se hace imprescindible etiquetar el preponderante estilo antiguo de esta música, que Nicola Porpora procura conciliar con los aires más modernos del momento; también estarán presentes la etiqueta francesa, la italiana, la de la concepción actual de «virtuoso» frente a lo que se consideraba virtuoso en tiempos de Porpora. Y la etiqueta de la retórica barroca, que se nos terminaba. Sin olvidar otros sellos no menos importantes como el de acotar si estamos ante un concierto de alumnos avanzados, o de profesionales consagrados. En fin, unas cuantas; empezamos mal.

   Carlos Mena nos propone un interesantísimo y poco conocido programa en torno a Porpora, un tipo que para el gran público probablemente tenga el marchamo de ser aquel malvado archienemigo de Händel, desaliñado y de permanente mal yogur, que además se dedicaba a fastidiar al pobre Farinelli en la película de Corbiau. Y aún siendo cierto lo de su mal carácter y lo de que estaba enemistado con la mitad del mundillo musical de la época –entre otros, Händel, Vinci, Haydn, un puñado de castrati…–, algo tendrá el bueno de Nicola para invitarlo a las salas de concierto doscientos cincuenta años después de morirse. Mucho, muchísimo, a decir verdad, porque el buen aficionado seguramente sabe que Porpora fue mucho más que ese segundón de lujo pintado en la película, igual que sabe que alcanzó el más alto reconocimiento como compositor y como maestro de canto: si enseñó a Farinelli, a Caffarelli o a Porporino –entre otros–, nos podemos hacer una idea del nivel que alcanzó en ese campo, a la vez que nos permite colocarle la etiqueta esencial de «maestro de canto». Lo dice Walker, con esa cita tan manida como certera, que encasilla a Porpora como «el más grande profesor de canto entre los compositores y el más grande compositor entre los maestros de canto».

   Si bien suponemos que el copista incluye «Sic itur ad astr»” –«así se va a las estrellas»– en el manuscrito, a modo de elogio a Porpora, no podemos saber qué rondaba la cabeza de este último en el momento de componer estos duetti, ni si lo hace como demostración de sus habilidades compositivo-estelares, pero estamos convencidos de que a este concierto le sobrevuela un espíritu «porporino» de conciliadora mirada al pasado para alcanzar la excelencia. Estos duetti están compuestos en un momento en que Porpora mira la vida por el retrovisor: le pilla mayor, y se esfuerza en utilizar un género en desuso –el dúo italiano de cámara–, en una etapa de declive tanto personal como laboral en Viena, tras haber triunfado en todas las plazas europeas de prestigio. Igualmente observa cómo la retórica barroca y el stile antico se agotan y dan entrada a elementos frescos, mientras afronta también el ocaso de esta concepción tan particular de la producción musical, al servicio privado de un poderoso que paga, y que celebra sus asuntos con música hecha exclusivamente para él.

   Pero lo realmente determinante es que estos dúos se escriben en Viena en una época en que Porpora vive –o malvive, a pesar de la pensión de 400 táleros que disfruta de la corte sajona– esencialmente gracias a su labor como maestro de canto y que, por tanto, constituyen el reflejo de sus habilidades en ese campo, el compendio de toda una tradición y un espejo de su concepción de la música y la expresividad; baste echar un vistazo a la partitura para ver con claridad que Porpora persigue la perfección vocal mucho más que esa concepción actual de «virtuosismo», tan aplaudida por buena parte de público y crítica, que celebra con entusiasmo las aportaciones de auténticas máquinas de dar notas. Pero esto no es hacer música, ni ahora, ni en tiempos de Porpora. El napolitano apunta a la realización del detalle cuidado, a la ornamentación justa e inventiva, a la conducción de voces y fraseos, al control de la respiración y al más absoluto respeto musical al texto, para que la expresividad y la música encuentren su carril directo al oído y espíritu del espectador. La excelencia técnica puesta al servicio de la música, no a la exhibición y exaltación del ego del intérprete.

   Y aquí emerge con fuerza la figura de Mena, que aunque no estaba subido al escenario, es quien establece la lectura debida para estos duetti. A estas alturas de la fiesta, no hace falta ninguna presentación del Mena cantante, pero para comprenderlo mejor seguramente convenga centrar su figura en este contexto concreto. Mena lleva muchos años desarrollando una labor encomiable formando cantantes en la Academia de Música Antigua de la Universidad de Salamanca, donde nos consta que respeta fielmente la tradición de Porpora en cuanto al logro de la excelencia técnica y al trabajo concienzudo con el texto, de cara a lograr una comprensión del mismo que se traduzca en expresión musical avanzada. Si el napolitano se sirve de su condición de maestro de canto para componer música técnicamente muy exigente, aunque viable para el cantante, a Mena le funciona su triple faceta de cantante, maestro de canto y director, para conocer a la perfección las dificultades a las que se enfrenta el intérprete, ayudarle a superarlas y proponer una lectura con verdad musical y respeto a las intenciones originales del compositor.

   ¿Y cuáles son esas intenciones? Porque el resultado final del concierto depende tanto de localizarlas, como de poder respetarlas y plasmarlas de un modo convincente, por encima de otras consideraciones. Creemos haberlas apuntado más arriba, con el fin último de fijar un texto a la música y hacer brillar el contenido de un mensaje a través de las notas, algo que Porpora consigue como pocos.

   Finalmente, antes de comprobar si el concierto se inscribe o no en esta concepción, es preciso hacer la última consideración adicional sobre qué etiqueta previa identifica la caja del concierto. Porque no es lo mismo hablar de un concierto a cargo de alumnos prácticamente profesionales, que otro dado por profesionales que aún tienen cosas que aprender. No sería justo exigir por igual al cantante que aún se está formando, que al que ya vuela independiente, con mayor o menor altura. El «buen cantante» de Porpora, utiliza la afinación impecable de los intervalos más difíciles, la agilidad, la buena proyección o el sólido apoyo como herramientas para procurar la mejor transmisión del espíritu del texto, pero nunca como un fin en sí mismas; intentaremos verificar si la propuesta conjunta de Mena y sus alumnos cumple con estas exigencias.

   Entrando en materia, centremos brevemente el programa. Estos duetti se componen para el uso devocional del elector de Sajonia, siendo interpretados privadamente en los viernes de cuaresma. El objetivo es la reflexión sobre la pasión de Jesús, para lo que Porpora despliega todas las habilidades retóricas del estilo antiguo, de cara a hacer brillar los textos y conducir al oyente a un clima absolutamente moralizante, estructuradas bajo la forma del aria da capo, con gran riqueza de juego contrapuntístico y la disonancia cromática. No abusa de la coloratura virtuosa –pero las hay– y alcanza una música de expresividad absoluta, con algunas concesiones al moderno estilo afrancesado, en forma de líneas paralelas modernas que recuerdan al petit motet a duo.

   El primer dúo «Crimen Adae quantum constat!», abre la veda al uso y abuso de la disonancia y el cromatismo, que son gestionados de modo muy distinto por las dos cantantes. Mientras que nos gusta el carácter y estilo que saca Cristina Teijeiro, nos sobra un punto de vibrato en Jone Martínez, a la vez que echamos en falta más cariño por la disonancia en momentos claves, cuando tirar bien arriba en los cromatismos ascendentes aporta una tensión y un brillo que no encontramos. Naturalmente que no se puede hablar de problemas de afinación, pero sí de una opción interpretativa que termina dejando muchos intervalos demasiado discretos, carentes del brillo que da la generosidad con el sostenido y transmitiendo una menor intensidad de la que a nosotros nos pide el dúo, amen de cierto desequilibrio sonoro en una pieza cuya escritura concede la misma importancia a las dos líneas.

   Continúa el programa con «Rigate lacrimis» y esas figuraciones afrancesadas que nos traen reminiscencias del mejor Charpentier, cincuenta años después. Nos parece que Rebeca Cardiel defiende mejor la línea de soprano, introduciendo un poquito de inegalidad francesa muy bien traída, con queja similar a la anterior acerca de los intervalos ascendentes: están afinados, por supuesto, pero agradeceríamos más audacia con los sostenidos. Como quiera que Teijeiro mantiene su intensidad y cuidado estilo, la intervención de Cardiel deja uno de los dúos más equilibrados de la tarde.

   Se agradece la generosidad de ampliar con los dúos de Benedetto Marcello un programa que de otro modo habría quedado algo reducido. El carácter más madrigalesco y amable de «Giù ne’tartarei regni» relaja en cierto modo la tensión del cromatismo de Porpora, mientras que el posterior «In mezzo a tristi affanni» mejora notablemente la primera intervención de Francisco Díaz y Víctor Cruz. Nos gusta más el segundo, que canta con más intención y expresividad que el primero, al que se podría criticar unos ataques poco precisos, con más portamento del estamos por admitir. Adicionalmente, la mayor potencia de Cruz no concluye como ventaja, porque termina dejando cierta sensación de desequilibrio en unos dúos que deberían estar perfectamente igualados en las dos líneas

   En «Mortis causa tu fuisti», Jone Martínez y Pilar Alva nos dejan un dúo cantado bonito, aunque con cierta sensación de pasar de puntillas por la disonancia, restando intensidad e intención a unos textos –literario y musical– que buscan encoger el alma del oyente. No estamos muy convencidos de que ornamentar ligeramente un pasaje en que se habla de «la causa de la muerte» sea lo más recomendable desde un punto de vista retórico, ni parece el mejor lugar para buscar lucimiento personal técnico, pero suponemos que sus razones tendrán para ello. Tenemos anotada alguna nota descontrolada, que si bien resulta perfectamente irrelevante en su desempeño en el concierto, es justo reflejar su existencia objetiva: nadie es perfecto.

   «In hoc vexillo Crucis» termina siendo el dúo más ajeno a la homogeneidad de los seis de Porpora, el que busca mayor lucimiento vocal «gratuito» y está más en la línea del virtuosismo moderno; es el que tiene los melismas más largos, y el que menos importancia concede a la relación entre texto y música, siempre hablando de un modo muy relativo, porque ya me contaréis qué hacen esos melismas eternos sobre «gloria», si no es reforzar la idea de la eternidad de dicha gloria. Mi percepción es que resulta el dúo más desdibujado, porque el elevado desafío de exigencia técnica de algún modo sobrepasa el desempeño de Carmina Sánchez y Rebeca Cardiel, algo imprecisas en los endiablados melismas, que quedan un tanto difuminados y con ellos, el glorioso triunfo del día de la salvación no termina de quedar claro.

   «Tamquam agnus immolatur» varía de plantilla y de tonalidad, recurriendo a la polaridad soprano-bajo, a cargo de Carmina Sánchez y Víctor Cruz en un clima doliente favorecido por el do menor. Nada importante que resaltar aquí, con un buen sonido y desajustes menores con el tempo, seguramente fruto de los nervios, que no afectan a una expresión cuidada y al respeto humilde a la música y al texto, transmitiendo con eficacia el sufrimiento del cordero sacrificado.

   Si tuviera que quedarme sólo con una de las interpretaciones, elegiría sin dudar esta última de «Ab imo pectore» a cargo de Pilar Alva y Cristina Teijeiro, aún sin ser el dúo que más me gusta. Aquí se busca resaltar la retórica de una música muy bien escrita, mucho más que de buscar un lucimiento del solista, que además viene perfectamente incluido sin necesidad de buscar artificios añadidos. Los deliciosos juegos contrapuntísticos de imitaciones quedan perfectamente resueltos por Alva y Teijeiro, siendo la interpretación en que encontré más verdad musical y más humildad a la hora de confrontar música y mensaje. El fraseo es equilibrado en las dos líneas, respetuoso con lo que creemos que Porpora buscaba, bien sujetas por un continuo más presente y afianzado que en otros dúos. Cuando cantan «ab imo pectore» transmiten una reconfortante credibilidad al oyente, que automáticamente piensa en objetivos cumplidos.

   En conjunto y en resumen, un concierto muy correcto, siempre que nos atengamos a la necesaria etiqueta previa: son alumnos que aún están en periodo de formación, de modo que no sería justo plantearles las mismas exigencias que a un profesional consagrado. Y desde esa perspectiva, hablamos de un desempeño muy correcto en su relación con la música, que es lo verdaderamente importante. A mí no me quedará otra que admitir que las etiquetas son un mal tan necesario como útil y en ese sentido, espero que esas etiquetas hayan permitido hacerse una idea más o menos precisa de lo que pudimos escuchar a Concento de Bozes.

   Aunque las siga detestando.

Fotografías: CNDM/USAL.

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