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Crítica: Concerto Italiano y Rinaldo Alessandrini llevan madrigales de Monteverdi al CNDM

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18 de octubre de 2017

El ensemble y director italianos hacen un exquisito repaso por el madrigal monteverdiano, corroborando que siguen siendo uno de los mayores especialistas en la obra de Il divino.

FELIZ REENCUENTRO

   Por Mario Guada| @elcriticorn
Madrid. 17-X-2017. Auditorio Nacional de Música, Sala de cámara. Centro Nacional de Difusión Musical. Universo Barroco. Música de Claudio Monteverdi. Concerto Italiano | Rinaldo Alessandrini.

Todo el universo obedece al amor.
Amad, amad, porque lo demás nada importa.

   Tras la sonada decepción vivida en la integral de la Selva morale e spirituale, el Centro Nacional de Difusión Musical parece haberse reencontrado gloriosamente con la figura de Claudio Monteverdi (1567-1643) merced al concierto ofrecido por Concerto Italiano, el conjunto especializado en la obra monteverdiana que dirige el clavecinista Rinaldo Alessandrini. La sala de cámara acogía este recital enmarcado en el ciclo Universo Barroco y el ciclo transversal #Monteverdi4.5.0, uno de los proyectos más ambiciosos del CNDM para esta temporada. Sin duda, se respiraba un ambiente de grandes fechas, con entradas agotadas y la presencia de personalidades relevantes del mundo musical, incluidos un notable número de críticos de medios generalistas y especializados –es interesante cómo se puede pulsar la relevancia de un concierto por la presencia de más o menos colegas de labor en los directos–. La ocasión bien lo merecía –simplemente por el hecho de estar el ensemble italiano sobre el escenario ya se justifica la expectación–, pues estamos ante un conjunto que lleva más de treinta años entregado, entre otros repertorios, al mundo monteverdiano y más específicamente a su universo madrigalístico.

   El concierto, dividido en dos partes inteligentemente concebidas e iguales en duración y discurso, sirvió como un sucinto, pero hermoso recorrido por los ochos libros de madrigales que Il divino Claudio confeccionó en vida. El concepto simple: un madrigal de cada uno de los ocho libros en cada parte, es decir, un total de dieciséis –al que sumar el que cerró el concierto, tercer ejemplo de la noche extraído de Il quinto libro de madrigali a cinque voci [1605]– que tuvieron al amor como verdadero protagonista de la velada. Y es que si sobre algo supo componer Monteverdi fue, precisamente, sobre la pasión ardorosa y dolorosa del amor. Pocos compositores en la historia de la música han puesto música de forma tan bella a algunos de los textos más exquisitos concebidos por los poetas del momento, como los Giovanni Battista Guarini, Ottavio Rinuccini o Torquato Tasso. Sirva como muestra este botón, firmado por Guarini y puesto en música por Monteverdi en Il terzo libro de madrigali a cinque voci [1592]:

¿Que yo no te ame, corazón mío?
¿Que yo no sea tu vida y tú la mía?
¿Que por un nuevo deseo
y una nueva esperanza yo te abandone?
Antes de que esto suceda,
que la muerte no me perdone.
Si tú eres ese corazón por el que la vida
me es tan dulce y grata,
fuente de todo mi bien, de todo deseo,
¿cómo puedo yo dejarte y no morir?

   Y es que en ningún otro género como en el madrigal se vislumbra la estratosférica genialidad y la impresionante evolución estética y conceptual que Monteverdi experimentó en vida. Son ocho libros en los que se observa el implacable paso del tiempo desde el madrigal polifónico a 5 partes –en la tradición renacentista– hasta el madrigal representativo –con todo lo que hay en medio–, que supone un paso evidente hacia el mundo de la pasión y el contraste barroco. No solo en el número de voces, sino en su plasmación retórica, en los géneros y herramientas utilizados, en la polaridad de los personajes, en su tratamiento cada vez más dramático y cuasi escénico, en la introducción del basso continuo –primero– y los instrumentos melódicos –después–… Todo ello supone la esencia monteverdiana, pero también un cambio evidente de mentalidad musical. Y en Monteverdi, como en ningún otro, su plasma de la mejor manera posible. Es por eso que un concierto de madrigales monteverdianos es siempre un evento de una magnitud artística e intelectual monumentales, que va mucho más allá de su plasmación puramente musical.

   Rinaldo Alessandrini concibió la velada desde el fundamento y conocimiento que lleva atesorando durante tres décadas. Personalmente –y obviando la magnífica, aunque diría diametralmente opuesta, visión de Paul Agnew al frente de Les Arts Florissants–, los madrigales del cremonés cobran todo su sentido en la visión de este, y especialmente en la de La Venexiana y Claudio Cavina. Como se pudo presenciar anoche, todo aquí es razonado –y razonable–, sin ornamentos vacuos, sino más bien todo lo contrario, acudiendo al texto como fuente pilar para el desarrollo retórico, paladeando cada palabra con la habitual prosodia que Monteverdi concibe para sí. La luz mediterránea llega en las armonías punzantes, en las disonancias dolentes, en las poliédricas líneas vocales, en el evocador bajo continuo, en la ondulante sprezzatura, en los sugerentes madrigalismos que surgen como una ventana a la Italia de los siglos XVI y XVII. Y todo ello se pudo encontrar en las vívidas e inteligentes interpretaciones de Concerto Italiano, conformado para la ocasión por seis cantantes –dos sopranos, tres tenores y un bajo–, dos tiorbas y el clave de Alessandrini.

   Si bien la introducción de las tiorbas como continuo en los madrigales de los primeros cuatro libros –recordemos que Monteverdi no indica específicamente el uso del continuo hasta los seis últimos madrigales del Libro Quinto (ad libitum para los nueve restantes)– resulta discutible, sí interesa desde el punto de vista tímbrico, porque la confección de este bajo elegante y sutil –servido a la perfección por Ugo di Giovanni y Craig Marchitelli– aportó mucho al color global e incluso logró potenciar ciertas de las pinceladas del cuadro monteverdiano. Siendo más cercano a las versiones sin acompañamiento, reconozco el éxito de Alessandrini al presentar así estas piezas. Por su parte, Alessandrini –que dirigió de pie hasta la llegada del clave en el Libro Quinto– aportó un continuo texturalmente liviano, que no enturbia la inteligibilidad de las líneas y que se acopla perfectamente al mundo sonoro previo planteado por las tiorbas, aunque a veces el balance entre los continuistas no esté del todo logrado. Consigue, incluso, bellos contrastes eliminando –según los pasajes– el propio clave, o dejándolo como único protagonista en otros. Brillante elección.

   Por su parte, los seis cantantes de la formación tienen probada solvencia en este campo, pues llevan varios años formando parte de este y otros conjuntos especializados en el mismo. Qué logrado el empaste y la homogeneidad –otro punto para Alessandrini– entre los cantantes, como demuestran los pasajes imitativos en los que las voces se ceden las líneas de manera tan fluida y delicada. Estupenda labor de Anna Simboli y Monica Piccinini –a pesar de su afección vocal–, dos bellos ejemplos de ligereza, brillantez y adecuación estilística. Interesante propuesta la de Simboli en el célebre Lamento della ninfa, con exquisito uso de la sprezzatura y una visión notablemente escénica de la pieza. La línea de tenores es probablemente lo más interesante e impactante del ensemble, gracias a la labor de Andrés Montilla –que pivotó entre las líneas de tenor y alto, con más fortuna entre las primeras– y de dos habituales de la formación: Raffaele Giordani y Gianluca Ferrarini, de bello timbre, pulida línea de canto y una expresividad fabulosa. Por su parte, Matteo Bellotto es un espectacular bajo para este repertorio, sólido pilar sobre el que la arquitectura monteverdiana se puede sostener y que cuenta además con un grave poderoso y elegante, así como como un registro agudo solvente y de bella sonoridad. Excepción hecha de algunos desajustes –fruto probablemente de la falta de ensayo–, el resultado global de los cantantes se puede calificar de muy bueno. Como regalo a tan magnífico recital, el público ofreció una ovación notable que obtuvo su recompensa en la interpretación del hermosísimo Tout l’Univers obéit à l’Amour, maravilloso extracto de Airs de M. Lambert à 1, 2, 3 et 4 parties [1689], de Michel Lambert (1610-1696), sobre texto de Jean de La Fontaine, que inicia y termina con los dos bellos versos que sirven de epígrafe a esta crítica.

 Desde luego un recital de gran nivel que sirve para reconciliar al CNDM con Monteverdi en este magno proyecto que están llevando a cabo. Uno no puede menos que reflexionar –teniendo en cuenta los posibles– cuán maravillosa hubiera resultado una integral de los madrigales monteverdianos servidos por intérpretes de este calibre y aprovechando su efeméride en este 2017. Hubiera sido un lujo soñado. Quizá en otra ocasión.

Fotografía: CNDM.

Autor:Mario Guada
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