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Crítica: David Afkham cierra temporada en la OCNE, con la «Sinfonía nº 2» de Mendelssohn

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Autor: David Santana
30 de junio de 2021
David Afkham

La conspiración germanófila

Por David Santana | @DSantanaHL
Madrid. 26-VI-2021. Auditorio Nacional de Madrid. Orquesta y Coros Nacionales de España, David Afkham, director; Camilla Tilling, soprano; Maite Beaumont, mezzosoprano; Werner Güra, tenor. Sinfonía nº 2 en si bemol mayor “Lobgesang”, op. 52 de F. Mendelssohn.

   Hay un detalle de la OCNE que me llama mucho la atención: una especie de obsesión por equiparar “lo solemne” a “lo alemán”. Si echamos un vistazo a los años anteriores podemos comprobar que desde 2018 la obra escogida para cerrar es de un compositor de nacionalidad alemana: Brahms, Beethoven, Mendelssohn y, el año que viene, será, de nuevo, Brahms. Imagino que, al igual que yo, ustedes también se estarán preguntando si detrás de esta curiosa programación hay algún tipo de justificación o, por el contrario, obedece a algún tipo de conspiración germanófila, ¡ni que el director artístico fuera alemán!

   En realidad, creo que sí hay una justificación: el coro. El mundo protestante se caracterizó en sus inicios por el uso durante las ceremonias litúrgicas de cantos corales que eran entonados por toda la asamblea con el fin de involucrar a los fieles en la celebración. Esta característica del luteranismo provocó el surgimiento por los países reformistas de escuelas de coro para perfeccionar las técnicas vocales y ya en el siglo XIX sociedades corales profesionales de los más altos niveles. Teniendo en cuenta que los países católicos carecían de estas sociedades debido a que la enseñanza del canto coral quedaba reservada prácticamente en exclusiva a los monasterios, no es de extrañar que fueran alemanes los compositores de las más grandes obras corales dignas de entonar en un concierto solemne por nuestro Coro Nacional de España.

   En ese mismo marco de grandes coros que hace tiempo que dejaron atrás la humildad de las primeras salas de oración protestantes surge la peculiar “sinfonía” número dos de Mendelssohn que supuso el programa de la velada en su totalidad. El Coro Nacional de España hizo un gran trabajo a la hora de transmitir el carácter solemne que Mendelssohn otorga a esta obra, compuesta con motivo del aniversario del invento de la imprenta por Gutenberg, el otro gran medio de difusión de la Reforma de Lutero. No obstante, me hubiera gustado escuchar algo más de precisión, especialmente en las partes más delicadas: las entradas y los cierres. Sí estuvieron más precisos a la hora de intercalarse con los solistas. El quinto movimiento fue especialmente memorable con un dueto brillante en el que destacó por encima de todo la voz de Camilla Tilling, quien justo en el movimiento anterior nos había mostrado ya un chorro de voz potente y una línea melódica muy bien definida. Supo encajar muy bien además con Maite Beaumont, igualmente impecable. Finalmente, sumó sus voces todo el coro en un movimiento que estuvo muy equilibrado.

   Justo después, en el sexto movimiento, tuvo el tenor su oportunidad de lucimiento. Werner Güra mostró un timbre hermoso y un buen fiato que, sin embargo, quedó falto de armónicos y con una proyección deficiente, seguramente debido al uso de una mascarilla que apenas permitía ver poco más que sus ojos. También tuvo Güra que forzar los agudos, lo que quedó muy artificial y alejado de la naturalidad que subo imponer Tilling en el dueto del noveno movimiento.

   En cuanto a la orquesta, a Afkham se le vio cómodo, a pesar de la monumentalidad de la obra a la que se enfrentaba. Si bien es cierto que para haber estado perfecta le faltó algo más de precisión, el maestro alemán sí supo imprimir el carácter solemne del texto religioso al que Mendelssohn puso música. Desde el mismo comienzo se pudo notar la emoción desbordante de este “canto de alabanza”. Afkham esgrimió una dirección muy orgánica y flexible a los numerosos cambios de ritmo y de carácter. Supo hacer caminar a una orquesta que se movía con gran naturalidad gracias, en parte, a los precisos y profundos pizzicati de los bajos, por ejemplo, en el Allegretto un poco agitato. Finalmente, supo también guiar a los músicos hasta las fanfarrias finales –tanto en el primer movimiento como en el último– demostrando, en definitiva, un absoluto conocimiento de la obra y un gran sentido de la musicalidad, que fue bordado gracias al talento de los metales y el timbal de nuestra Orquesta Nacional de España.

   Fue, sin duda, una ocasión solemne y un cierre más que adecuado que, si no olvida, al menos perdona la existencia de la conspiración germanófila.

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