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Crítica: El Cuarteto Casals y Juan Pérez Floristán acuden al «Liceo de Cámara XXI» del CNDM

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Autor: David Santana
31 de enero de 2021

El mimo a pesar de la espera

Por David Santana | @DSantanaHL
Madrid. 28-I-2021. Auditorio Nacional de Música. Centro Nacional de Difusión Musical [Liceo de Cámara XXI]. Cuarteto de cuerda n.º 8 en mi menor, op. 59, nº 2, «Razumovsky», de Ludwig van Beethoven y Quinteto para piano y cuerdas en mi bemol mayor, Op. 44, de Robert Schumann. Cuarteto Casals [Vera Martínez Mehner, violín; Abel Tomàs, violín; Jonathan Brown, viola; Arnau Tomàs, violonchelo]; Juan Pérez Floristán [piano].

   Debido al temporal que azotó Madrid hace un par de semanas, el arranque en el nuevo año del Liceo de cámara XXI se ha hecho esperar. Arrastra, este concierto en concreto, ya varios cambios: primero, los intérpretes; después, la fecha y, finalmente, el programa, que se ha visto reducido por la nueva normativa del INAEM que ahora pide que sus espectáculos terminen a las nueve de la noche por el adelanto del toque de queda. Pero, en fin, parece que la tenacidad de Francisco Lorenzo puede con cualquier catástrofe y tuvimos la suerte de que, a pesar de tanto cambio, el concierto pudiera llevarse a cabo.

   El Cuarteto Casals sustituyó al Cuarteto Doric, Juan Pérez Floristán a Benjamin Grosvenor y el programa final fueron Beethoven y Schumann –originalmente estaban programados Mozart, Fauré y Elgar–, pero no me pareció oír a nadie quejarse de los cambios, y es que, tanto el especulado como el resultante prometían. Los músicos estuvieron, sin duda, a la altura y el programa, exigente, fue adecuado para el nivel de un «concierto de año nuevo» un tanto tardío.

   El Cuarteto Casals tiene una cualidad excepcional que he tenido la suerte de apreciar en todos sus conciertos a los que es asistido: el mimo con el que tratan al oyente. Uno apenas tiene que hacer esfuerzos cuando escucha a esta agrupación, ni siquiera hace falta estar atento, pues siempre sirven la música en bandeja. Observemos, por ejemplo desde el comienzo del segundo movimiento del cuarteto de Ludwig van Beethoven, cómo el foco se va trasladando con absoluta naturalidad de un instrumento a otro. Esto no es algo casual, ni mucho menos. Y es que el Cuarteto Casals reúne dos cualidades: la primera es tener la capacidad de tener dos timbres para cada instrumento, uno solista y otro de conjunto, permitiéndoles tanto destacar como fusionarse en un único sonido compacto. La segunda cualidad es la de conocer a la perfección el momento exacto en el que deben destacar, de lo que se puede presuponer un exhaustivo estudio de las piezas. ¿El resultado? El oyente puede apreciar claramente cómo discurre la música por los diferentes instrumentos sin tener que siquiera prestar atención, que a veces se nos olvida que esto lo hacemos por ocio.

   No fue el único recurso del que hizo gala el Cuarteto Casals. También pudimos apreciar una gran agilidad y un amplio rango de matices en los temas rusos del Allegretto y un ímpetu y liderazgos sobresalientes por parte de Vera Martínez Mehner en el Finale que se habían echado de menos en el primer Allegro.

   Juan Pérez Floristán, que ya había tocado la misma obra con el Cuarteto Casals el pasado mes de diciembre en el Círculo de Bellas Artes, supo encajar perfectamente en el «sonido de conjunto» del cuarteto, aunque también destacó con las partes protagonistas. Especialmente agradables fueron las conversaciones entre Floristán y el Cuarteto Casals en el primer Allegro del Quinteto de Robert Schumann. En la marcha del segundo movimiento la voz cantante pasa a las cuerdas. Supo iniciar Vera Martínez Mehner como violín primero un motivo solemne y a la vez dinámico –en el sentido de que permitía a la música avanzar con naturalidad– que fue replicado a la perfección por el resto de miembros del quinteto. Como comentaba que ocurría con Beethoven, también en Schumann supieron destacar el motivo en cada una de sus apariciones y ofrecer un bello contraste con las partes más fortes y melódicas en las que pudimos apreciar incluso timbres diferentes. El Scherzo fue el momento de lucimiento para Floristán en cuyas escalas ascendentes y descendentes demostró elegancia y un espectacular dominio de la expresión incluso a grandes velocidades. El cuarto movimiento vuelve a poner al comienzo el foco en el piano, aunque posteriormente este se desplaza a las cuerdas. Floristán supo destacar tanto como solista como en los ornamentos del acompañamiento.

   Como propina y ajustándose así a la hora de cierre, ofrecieron el tercer movimiento del Quinteto de Brahms. El agitado y potente Scherzo nos permitió, una vez más, apreciar el cuidado «sonido de conjunto» de la formación.

   Sí, se hizo de rogar, pero la espera valió la pena y pudimos disfrutar de un concierto de primer nivel, con un programa inmejorable y, sabiendo que iba a ser así, otras dos semanas más hubiera esperado también con gusto.

Fotografías: Elvira Megías/CNDM.

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