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Crítica: El Cuarteto Gerhard interpreta obras de Béla Bartók, Ramon Humet y Claude Debussy en el «Liceo de Cámara XXI» del CNDM

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Autor: Codalario
12 de febrero de 2021

A pesar del programa

Por David Santana | @DSantanaHL
Madrid. 11-II-2021. Auditorio Nacional de Música. Centro Nacional de Difusión Musical [Liceo de Cámara XXI]. Cuarteto de cuerda n.º 6, Sz 114, de Béla Bartók; Cuarteto de cuerda n.º 2 «I fa l’aire visible», de Ramon Humet; y Cuarteto de cuerda en sol menor, Op. 10, de Claude Debussy. Cuarteto Gerhard: Lluís Castán Cochs, Judit Bardolet Vilaró [violines], Miquel Jordà Saún [viola], Jesús Miralles Roger [violonchelo].

   Cada vez se me hace más difícil pensar una introducción para estos «programas-collage» –término propio del firmante– que tanto abundan últimamente. Parece que el Centro Nacional de Difusión Musical no sólo se ha servido de la pandemia para eliminar esos programas de mano que a los melómanos nos gusta coleccionar para fardar ante las visitas de los muchos conciertos a los que asistimos, sino que también han despedido a los programadores y han dejado a la aleatoriedad –o a algún programa informático– la construcción de los conciertos. Enrique Martínez tampoco me resulta de gran ayuda, ya que, a pesar de sus excelentes notas al programa, se limita a describir una obra tras otra, con el mérito que tiene escribir tres notas al programa en lugar de una sola. En fin, unos trabajan de menos y otros trabajamos de más.

   Se me ocurre usar como método de cohesión la viola, instrumento con el que el repertorio «seleccionado» fue especialmente favorable. Además, así aprovecho para darle a Miquel Jordà la importancia que merece y que, quizás, en otros conciertos del cuarteto a los que he asistido –y ya van siendo unos cuantos– no le he podido dar.

   Comienza, efectivamente, el Mesto-Vivace del cuarteto de Béla Bartók con un solo de viola que, en el instrumento de Jordà suena grave, profundo, con la intensidad que merece. Es un sonido de viola casi más cercano al timbre del violonchelo que al del violín. Tiene la viola también, en este mismo movimiento, una interesante parte de pizzicati que se entremezclan con los timbres del violonchelo de Jesús Miralles, bien vibrado y con excelente sonoridad, y el agudo de Lluís Castán, quien coronó el movimiento con un delicado pianissimo.

   En el segundo movimiento cambia la cosa. Seguimos escuchando un timbre de violonchelo repleto de armónicos, pero destacan otras líneas, como la del violín segundo de Judit Bardolet que, tras el tutti inicial, lleva la melodía de la Marcia sobre el ritmo que marcan potentes chelo y viola. En seguida se le unirá el violín primero en un orgánico y constante crescendo hacia el clímax del movimiento.

   En la Burletta hubo un pequeño incidente con una cuerda que saltó, pero supieron sobreponerse al atacar el movimiento, tras un breve parón, con redoblada intensidad. Los pizzicati repiquetearon con fuerza, haciendo parecer que todas las cuerdas de los instrumentos sucumbirían a tanta tensión. No fue así. Los instrumentos aguantaron esta vez una intensa Burletta que queda para el recuerdo.

   Sin mucho que destacar, del Mesto final –el movimiento anterior ya lo había dicho todo–, pasamos al quasi estreno del segundo cuarteto de Ramon Humet. Una interesante propuesta de paisajismo sonoro que intenta evocar los sonidos de la noche, de tal modo que las cuerdas se convierten en las rendijas de las ventanas por las que ulula el viento en las frías noches de invierno. El resultado es excelente. Humet consigue evocar la atmósfera a la perfección. No obstante, resulta, quizás, un pelín largo, y el oyente acaba perdiendo la concentración al cabo de, aproximadamente un cuarto de hora de escuchar sonidos sin orden aparente– como cuando dejamos de escuchar los ruidos de la calle en cuanto nos concentramos en otras tareas, vaya– y se pierde esa atmósfera. Sin embargo, Humet, con gran tino, consigue recuperar en el movimiento final, en el que las luces de los atriles se van apagando hasta que queda solamente la que dije que sería nuestra protagonista de la velada: la viola.

   Quedaba para el final, y casi contrarreloj, el cuarteto de Claude Debussy. Los arabescos del Animé et  très décidé despertaron al público de la calma de la obra de Humet. Fue un error garrafal por parte del programador someter al oyente a semejante montaña rusa de emociones. Pero los madrileños, acostumbrados a que sus vidas se hayan convertido en un vaivén, parecieron aceptar el mix. Al fin y al cabo, todos estábamos deseando escuchar a Debussy. El pizzicato fue, como indica el compositor, ligero y juguetón. Más apasionado el Andantino en el que retorna el protagonismo a la viola, aunque enseguida se lo roba el violín. En este aspecto, parece que el cambio de look de Lluís Castán también se traslada al sonido de su violín: menos serio, más apasionado.

   Fue necesario el cuarto y último movimiento para demostrar una de las cualidades que más me gusta destacar del Cuarteto Gerhard y que tan importante es para el repertorio que abordan: la naturalidad y la organicidad que ofrecen en los cambios de ritmo. Su versatilidad para adaptarse les convierte, no sólo en grandes músicos, sino también en ideales para lidiar con programas deficientes.

Fotografías: Rafa Martín/CNDM.

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