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Crítica: El Cuarteto Quiroga interpreta a Haydn y Mozart en el «Liceo de Cámara XXI» del CNDM

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Autor: David Santana
12 de noviembre de 2021

Dicen que los clásicos nunca decepcionan. En este caso se puede aplicar tanto al repertorio del concierto como a la agrupación, una de las habituales tanto del Liceo de Cámara como de otros ciclos del CNDM, en los que siempre es bien acogida por el público.

La transparencia de los clásicos

Por David Santana | @DSantanaHL
Madrid, 10-XI-2021, Auditorio Nacional de Música. Centro Nacional de Difusión Musical [Liceo de Cámara XXI]. Cuarteto de cuerda en do mayor, «El pájaro», Op. 33, n.º 3 y Cuarteto de cuerda en do mayor, Op. 74, n.º 1, de Franz Joseph Haydn; Cuarteto de cuerda n.º 19 en do mayor, «De las disonancias», KV 465, de Wolfgang Amadeus Mozart. Cuarteto Quiroga: Aitor Hevia y Cibrán Sierra [violines], Josep Puchades [viola], Helena Poggio [violonchelo].

   Dicen que los clásicos nunca decepcionan. En este caso se puede aplicar tanto al repertorio del concierto como a la agrupación, una de las habituales tanto del Liceo de Cámara XXI como de otros ciclos del CNDM en los que siempre es bien acogida por el público. Pero en el caso del Cuarteto Quiroga, he de decir que no solo no decepcionan, sino que en cada ocasión van añadiendo detalles a su interpretación que, si antes estaban, no resultaban tan fáciles de percibir.

   Quizás sea cuestión del repertorio. Mozart siempre supone un reto para cualquier instrumentista. Sus partituras son absolutamente claras. Al igual que no les falta una nota, tampoco les sobra ninguna y, por lo tanto no hay manera de disimular una interpretación descuidada, todo debe ser correcto y preciso y, por supuesto dotado de musicalidad y de un impulso que vertebre toda la obra. Para Haydn se podrían decir tres cuartos de lo mismo. De hecho, el primer cuarteto que interpretaron, el de «El pájaro» es absolutamente prístino. El Scherzo-Trio es un pequeño juego, una cajita de música o una delicada pieza de porcelana fina en la que se entretejen las melodías de unos violines que se hicieron tan pequeños que hasta los gorgoritos que magistralmente interpretó Helena Poggio pudieron destacar sin necesidad de ser forzados. Creo que esta delicadeza, ese sonido bien logrado en un pianissimo que rallaba lo imposible, fue la principal cualidad que Aitor Hevia supo demostrar en este concierto.

   Los del Quiroga hicieron la que probablemente sea la versión más divertida que he escuchado de este temprano cuarteto de Haydn. Supieron marcar los contrastes de ritmo, dinámica y expresión siguiendo la moda del clasicismo. El Adagio ma non troppo fue delicado como un rayo de sol de otoño: ligero pero con una enorme capacidad de reconfortar. Y de repente, estalla el Rondo, repleto de fuerza, con un sonido de cuarteto muy compacto y con una direccionalidad que solo se explica cuando la complicidad entre los miembros de la formación es absoluta.

   El cuarteto de Mozart también comienza con un sonido muy delicado, de nuevo engendrado desde el violín de Aitor Hevia. Enseguida se le une el resto de la agrupación para marcar unos rápidos crescendi tras los que se vuelve al pianissimo. Excelente aquí el detalle de interpretar cada uno de ellos ligeramente diferentes. El Andante cantabile fue elegante, al estilo cortesano y en el Menuetto-Trio una vez más se dejó notar el contraste. Me gustaría destacar especialmente el sonido de Helena Poggio, quien destacó en toda la velada tanto en los acompañamientos como los soli. Para cada parte supo sacar del chelo un timbre diferente, uno más oscuro para acompañar y otro más brillante y metálico para destacar. Este detalle tímbrico unido a una precisión absoluta nos permitió disfrutar de un instrumento que es precisamente en esta época cuando empieza a ganar importancia llegando incluso a hacer sombra a la línea del violín principal, por ejemplo, en el caso de los cuartetos prusianos de Mozart.

   Pero para disfrute el de Cibrán Sierra en el Finale del Opus 74, n.º 1 de Haydn. Le pudimos observar saltar de la silla incluso más de lo habitual y contagiar al público esa alegría, esa placidez del do mayor. Su parte y la de Josep Puchades no destacaron tanto como las de sus compañeros, pero su interpretación marcó la diferencia en unos tutti como decía compactos y con una misma direccionalidad.

   En fin, un concierto excelente con un sonido clásico muy puro del que solo puedo criticar una cosa: la elección de la propina. El tercer movimiento del Cuarteto para cuerda nº. 14 en sol mayor, KV 387 es un fragmento precioso, en el que de nuevo pudimos escuchar esa delicadeza del violín y una magistral línea del violonchelo, pero actuó como un anticlímax respecto al Finale anterior que debiera haber sido el broche final.

Fotografías: Elvira Megías/CNDM.

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