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Crítica: El debut de OBNI y Miriam Hontana, en el FIAS 2022 de Cultura Comunidad de Madrid

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Autor: Mario Guada
19 de abril de 2022

Este joven conjunto español, formado a inicios de 2021 por la violinista Miriam Hontana, se presentó en el FIAS con un programa de absolutas joyas musicales, pero falto de imaginación, en el que se evidenció una ausencia de liderazgo y unas prisas por querer adelantar los tiempos en una carrera que aún acaba de empezar.

Las prisas no son buenas consejeras

Por Mario Guada | @elcriticorn
Madrid, 28-III-2022, Basílica Pontifica de San Miguel. XXXII Festival Internacional de Arte Sacro de la Comunidad de Madrid [FIAS 2022]. Conciertos de Bach y Vivaldi. OBNI [objeto barroco no identificado]: Miriam Hontana, Vadym Makarenko, Simone Pirri, Sònia Benavent [violines barrocos], Samuel Sedano [viola barroca], Alejandro Saúl Martínez [violonchelo], Ismael Campanero [contrabajo barroco], Daniel Oyarzabal [clave].

Tras las montañas también vive gente. Sé modesto. Todavía no has inventado ni pensado nada que otros no hayan inventado y pensado antes. Y aunque lo hubieras hecho, considéralo como un regalo de las alturas, que debes compartir con los demás.

Robert Schumann: extracto de Consejos para jóvenes músicos [apéndice del Álbum de la juventud, Op. 68, 1848].

   Ya no estamos en los tiempos en los que los pioneros del historicismo fundaban conjuntos propios en la veintena, y sin duda todavía en un estado de formación y solvencia por consolidar. Por aquel entonces, esa premura era necesaria: había mucho trabajo por hacer, mucho que investigar, cantidades ingentes de música que redescubrir y un novedoso planteamiento filológico que exponer al mundo. Hoy día, cuando los jóvenes ya no tienen –si no lo consideran oportuno– por qué formarse en instrumentos modernos y acudir directamente a sus homólogos históricos, fundar un conjunto con solo veintitrés años y cuando todavía se está en pleno proceso formativo parece, cuando menos, un movimiento quizá poco reflexivo. En mi opinión, salvo casos excepcionales –como algunos ejemplos recientes en Francia, un país muy distante aún al nuestro en estas prácticas historicistas–, lo más razonable sería que una violinista de la juventud e inexperiencia de Miriam Hontana –alumna en violín moderno de Ana María Valderrama y en violín barroco de Olivier Fourés– se bregase durante varios años tocando para otros, en conjuntos diversos en los que poder consolidar su técnica en repertorios lo más variopintos posibles y vivir planteamientos y experiencias muy diversas que amplíen sus horizontes. Formar un conjunto tan pronto suele conllevar una falta de solidez, una visión poco personal de la música y un sonido falto de peso, de reflexión, como el que puede mostrar cualquier de los conjuntos freelance de nuestro país en los que acaban tocando prácticamente la mayoría de los mismos instrumentistas. Si es eso lo que queremos en España para los grupos de la última generación, claramente no hemos aprendido nada.

   Lamentablemente –y me encantaría poder escribir algo distinto–, lo vivido en este concierto –tal y como se indica desde el festival, el primero en la historia de la formación– del XXXII Festival Internacional de Arte Sacro de la Comunidad de Madrid [FIAS 2022] a cargo del conjunto OBNI [objeto barroco no identificado] me reafirma más en lo dicho en el párrafo anterior que en otra cosa. ¿Que hubo algunos momentos de interés? Sin duda. ¿Qué se vislumbra buena parte de la capacidad como violinista –todavía no como líder– de esta joven intérprete? Por supuesto. Ahora bien, si me preguntan si le doy el mismo pábulo o me han suscitado las mismas sensaciones que algunos de los conjuntos de nuevo cuño escuchados en los últimos meses, a los que cabe augurarles un futuro prometedor, mi respuesta ha de ser contundente: en absoluto. No es tanto una cuestión de querer exhibirse o no, de intentar mostrar las capacidades o de plasmar un proyecto propio con pasión, sino de que las carreras tienen unos tiempos, y es parte fundamental de las mismas escogerlos bien en relación con el contexto y las circunstancias que rodean al intérprete. De lo contrario, puede que todos los esfuerzos resulten fallidos. Si OBNI es un conjunto del que se hablará dentro de unos años y hasta décadas en el panorama historicista, solo el tiempo lo dirá, al igual que si Hontana pasa a convertirse en una referencia del violín barroco en nuestro país. Si todo ello sucede, estaré encantado de retractarme de lo dicho en estas líneas. En un país como en el nuestro, con superpoblación de conjuntos de músicas históricas –en una realidad, no una opinión–, el nacimiento de una nueva agrupación debería ser un evento de excepcionales cualidades, con una visión o al menos una calidad artística que supere la media. De lo contrario, realmente lo único que hace es saturar más un ya complejo panorama musical. Por otro lado, cabe entender y aplaudir el afán desde la dirección del FIAS por apoyar a todos estos ensembles de nuevo cuño, pero se plantea una problemática importante, pues los resultados pueden no ser los esperados. Es, sin duda, una apuesta firme y arriesgada, que en muchas ocasiones –varias ya en los últimos años, me temo– puede no salir bien.

   Vayamos, no obstante, con el análisis de lo que aquí acontecido, que explique la precedente reflexión –si un texto crítico no conlleva e incita a ella, poco o nulo sentido tiene–. El programa, que llevaba por título Conciertos de Bach y Vivaldi, planteaba «encontrar este vínculo de unión que existe entre ambos compositores además de poner en valor el lenguaje absolutamente único de cada uno de ellos. Cabe destacar que tanto los dos conciertos de Bach como las piezas de Vivaldi que conforman este programa, destacan por ser obras que contienen el aroma y la esencia más pura del estilo de estos dos grandes compositores», en palabras de los intérpretes. Es decir, trazaba la consabida conexión existente entre dos trascendentales figuras en la Europa del siglo XVIII, especialmente del lado del segundo hacia el primero –quien conocía muy bien su música, la cual transcribió en diferentes ocasiones y formas–. Que no es un programa ni innovador ni muy sorprendente no quita que musicalmente no tuviera un enorme interés, porque la calidad de la música es superlativa. Por otro lado, que los grupos españoles hayan quitado al miedo –impuesto desde fuera, bien es cierto– a plantearse programas firmados por las grandes luminarias del Barroco europeo resulta positivo, aunque quizá un programa con obras de las más conocidas de estos compositores no sea la elección de mayor enjundia posible. Cabe en este punto mencionar un aspecto que a veces los programadores no parecen tener en cuenta, y es que existen conjuntos españoles –más de lo que parece– que no tienen vocación puramente nacional, en el sentido de que su patrimonio musical no les interesa. Y, efectivamente, no tiene por qué hacerlo, sin que ello suponga un menoscabo de su actividad y de la presencia que puedan tener en la escena musical española.

   Tres conciertos completos y un movimiento suelto de otro más de Antonio Vivaldi (1678-1741) llegaron interpretados aquí, completado el programa por dos muy conocidos conciertos en la producción «bachiana», completando así un programa de enorme altura, que sin embargo no llegó interpretado al mismo nivel. El primero de ellos, Concierto para cuerda en sol menor, RV 156, es uno de esos conciertos en la tipología de concerti per archi, en los que no existe un solista, sino su concepción es puramente orquestal. La formación, que acudió con cuatro violines, una viola, un violonchelo, contrabajo y clave, pudo dividir ambas líneas de violines por parejas, aportando una sonoridad algo menos camerística, aunque siempre puede presentar problemas en empaste y afinación, como sucedió en algunos pasajes. En general falta refinar notablemente el sonido, como quedó patente desde el Allegro inicial, con un diálogo entre violines I/II bastante fluido, con la viola aquí poco presente –la escritura tampoco ayuda especialmente en otro sentido–, mientras que el bajo continuo –la sección más sólida con diferencia a lo largo de la velada– demostró muy buenos mimbres y una profundidad de sonido importante, especialmente por la presencia de alguien tan experimentado como Daniel Oyarzábal al clave, además del joven, pero siempre solvente, Ismael Campanero al contrabajo barroco, contando con el violonchelo barroco de Alejandro Saúl Martínez. Interesante trabajo sobre las disonancias en el Adagio central, con la viola barroca de Samuel Sedano bastante firme aquí, además de una afinación general bastante ajustada. El Allegro conclusivo llegó con falta de claridad en la articulación, además de cierta inestabilidad de afinación en el registro agudo de los primeros violines. No obstante, la sonoridad general logró un empaque notable, aunque no lograron mantenerlo toda la velada.

   De Johann Sebastian Bach (1685-1750) interpretaron a continuación su Concierto para clave en re menor, BWV 1052, con la ventaja de tener como solista a uno de los grandes exponentes del instrumento en nuestro país, que en menos de una semana tuvo la oportunidad de tocar algunos de los conciertos a dos, tres y cuatro claves de Bach, añadiendo en esta ocasión uno de los dedicado a un clave. Sonido bastante compacto de la cuerda en el primer movimiento [Allegro], articulando con bastante claridad, en una lectura en la que la frescura y el ímpetu de la juventud se dejaron ver con luminosidad, mientras que el poso quedó para Oyarzabal, que realizó una interpretación de garantías, solventando con firmeza la siempre exigente y compleja escritura «bachiana» para la tecla, clarificando la textura tan cargada de notas con notable inteligencia. Los diálogos entre los violines no resultaron muy pulcros en su afinación, y se agradeció la solvencia de la viola en algunos pasajes en los que su escritura se vuelve imprescindible en el contrapunto. Se pudo observar un trabajo sobre las dinámicas bastante efectivo. El acompañamiento orquestal resultó, en líneas generales, de altibajos, con momentos sólidos alternados con otros de gran inestabilidad. Hay mimbres, pero falta trabajo de conjunto y experiencia. Asimismo, faltó un arreón de liderazgo por falta de Hontana, asumido aquí por Oyarzabal y a lo largo del concierto por el violinista Vadym Makarenko, un talentoso intérprete ucraniano establecido en España desde hace algún tiempo, con mucha calidad y una importante experiencia pese a su juventud –gracias en parte a sus colaboraciones con Amandine Beyer–. Mucha solvencia en el trino de la mano derecha en el clave solo, que definió con magnífica clarividencia la cadenza solística. Bien definido el inicio homorrítmico del Adagio, con una flexibilidad brillante en el clave, en un movimiento que es casi un aria vocal con un sutil acompañamiento de cuerda, que requiere casi un mero aporte armónico, pero repleto de sutileza, cumplido aquí con suficiencia por la cuerda, con momentos al unísono en los violines de un empaste bien elaborado y un color bastante homogéneo. Muy interesante el bajo continuo concebido por violonchelo y contrabajo en el Allegro final, ganando el sonido general en empaque y calidad por momentos. Ciertos desajustes en el clave solista –su movimiento más irregular–, cuya elaboración de contrastes entre los dos teclados no quedó definida con la claridad necesaria. Fueron, sin embargo, aquí enmascarados por ese disfrute juvenil, miradas cómplices y de disfrute que no siempre se ven en el escenario.

   Regreso a la figura de Antonio Vivaldi con su imponente Concierto para cuatro violines en si menor, RV 580 –lo que son las cosas, una obra que no suele escucharse en los escenarios, y cuya transcripción para cuatro claves en manos de Bach sonó tan solo unos días antes en otro concierto en escenarios madrileños–. Es una obra bastante comprometida a nivel solista, que por su escritura permite a los cuatro violines integrar a su vez las partes orquestales requeridas para los violines, aunque aquí se contó solo con una de las partes orquestales para viola –la obra requiere de dos líneas independientes–. El contraste entre soli y tutti no provoca tanto impacto cuando se interpreta por conjuntos de dimensiones limitadas como fue el caso, siendo además una de las obras que a nivel solista mostró menos garantías. El Allegro comenzó ya con muchas dudas, irregular en la emisión de varios de los violines, y lo que podría ser una espléndida ocasión para el lucimiento personal se convirtió en un momento complicado en el que se vieron muchas de las costuras de algunos de los solistas, comenzando por Hontana, que desafinó notablemente en varios pasajes y cuyo sonido resultó faltó de calidez y refinamiento. Las comparaciones, por otro lado, no le favorecieron, pues Makarenko se mostró más sólido, al igual que sucedió con la violinista Sònia Benavent, en detrimento de su colega Simone Pirri.  Más interesante resultó el diálogo entre secciones, de mayor empaque. El violonchelo tiene también a aquí alguna parte concertante, que fue definida con seguridad por Martínez. El movimiento central [Largo - Larghetto - Adagio – Largo] brilló en una versión muy luminosa, muy ornamentada en los violines, con el recurso del bariolage bien perfilado, destacando un acompañamiento bastante incisivo en la viola y los violines III/IV. El Allegro que cierra la obra sirvió para comprobar el dominio técnico de Hontana, que sin embargo debería dedicar más esfuerzos a refinar el sonido y articular con mayor limpieza, intentando no caer en un virtuosismo mal entendido. El peligro en querer exhibirse requiere correr unos riesgos que se fían muy caros: ni su registro agudo estuvo afinado con pulcritud, ni el sonido resultó brillante, ni la energía fue gestionada adecuadamente. La falta de experiencia, es lógico entenderlo, pero con una elección como esta del programa y con un conjunto propio esas entretelas resultan mucho más evidentes.

   Regresaron entonces a Bach para ofrecer una de sus obras concertantes más célebres, su Concierto para dos violines en re menor, BWV 1043. Interesante cruce aquí de líneas para la parte orquestal, estableciendo los dúos en los violines I/III y II/IV de la formación, lo que ayudó a reforzar un empaste de cierta solidez. De nuevo las comparaciones, que ya se sabe son odiosas, no favorecieron la comparativa Hontana/Makarenko. ¿Es inteligente para una instrumentista que quiere plantear su carrera solista con fuerza contar con alguien a su lado que la ensombrece de manera tan evidente? De ser otro tipo de programa, sin duda cuanto mejores músicos tengas a tu lado, tanto mejor, pero en un programa como este no parece lo más acertado. Lo deseable sería encontrar una calidad muy pareja entre ambos solistas, pero nada más lejos. El Largo ma non tanto fue muy ejemplificador de ello: Hontana tiene mimbres, pero todavía falta mucho poso y control para lograr brillar en un repertorio de este calibre. Sus ornamentaciones, por lo demás, resultaron algo excesivas y poco convincentes. Afortunadamente, la sección de continuo aportó esa pausa, reflexión y solidez que requiere la música de Herr Bach. Acompañamiento muy vigoroso en el Allegro conclusivo, remarcando mucho los acentos, logrando gran profundidad en violonchelo y contrabajo. Lamentablemente, ninguno de los solistas, ni la sección de cuerda estuvieron muy acertados en una interpretación que asumió mucho riesgo y que no estuvo a la altura –los pasajes de dobles cuerdas, por ejemplo, estuvieron muy lejos de ser razonablemente audibles–. De nuevo, un riesgo totalmente innecesario e inasumible.

   Último viraje hacia Italia, con el compositor veneciano y su Concierto para dos violines y violonchelo en re menor, RV 565, plasmando nuevamente notables irregularidades. Cuando un intérprete está solo ha de aprender a gestionar muy bien esfuerzos y evidencias. Esa experiencia le falta todavía a Hontana, que de nuevo estuvo muy inestable aquí en su parte solista. Por otro lado, un problema recurrente a lo largo de la velada fue el de las entradas, muy poco cuidadas de forma general. Cabe destacar aquí la parte del violonchelo solo, bastante enérgica, con un sonido contundente, pero bien cuidado. El diálogo imitativo entre ambos violines en el Allegro inicial no resultó convincente, mientras que la escritura fugada del tercer movimiento [Allegro], construida desde el grave al agudo orquestal, funcionó con mayores garantías. Afinación del tutti problemática, e incluso Makarenko no logró brillar al nivel habitual, con una viola bastante irregular. El trío solista [violines I/II y violonchelo] mostró algunos destellos, aunque se apreció una falta de poso y madurez que no tiene más arreglo que los años. Interesante calidez y lirismo en el violín I del Largo e spiccato, aunque con un intento de lucimiento que no persuade. Muy interesante la elaboración del continuo a cargo del clave en este movimiento. El Allegro destacó por un solo de violonchelo muy sólido técnicamente, con ímpetu, pero sin descontrolar.

   Para concluir, la Ciaccona del Concierto para cuerdas en do mayor, RV 114, un movimiento de enorme presencia construido sobre ese ostinato, que fue plasmado con la frescura habitual, pero de nuevo descuidando mucho la entrada –un lujo no permisible para un conjunto que acaba de comenzar su carrera–. Destacó sobremanera la elaboración del continuo a cargo de Oyarzabal y Campanero, en una mixtura de profundidad e imaginación que fueron lo más destacado de la velada. Como obsequio a los asistentes, un arreglo para su formación del trío «Suscepit Israel», extraído del Magnificat, BWV 243 de J.S. Bach, que resultó un sutil final para una velada de muchas irregularidades y altibajos. Si este es el inicio de una sólida carrera para OBNI lo sabremos dentro de unos años, pero por el momento, y juzgando lo escuchado en este debut, cabe esperar más trabajo, sospesar más los planteamientos y repertorios y, sobre todo, menos prisas.

Fotografías: Tempo Musicae.

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