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Crítica: El Quinteto de la Filarmónica de Berlín y el clarinetista Miguel Ángel Tamarit se presentan en el ciclo del CSIPM

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Autor: Mario Guada
9 de marzo de 2021

La elegancia centroeuropea

Por David Santana | @DSantanaHL
Madrid. 6-III-2021. Auditorio Nacional de Madrid. Centro Superior de Investigación y Promoción de la Música de la Universidad Autónoma de Madrid [XLVIII Ciclo de Grandes Autores e Intérpretes de la Música]. De Viena a Praga. Valses y galops de J. Lanner; Quinteto para clarinete y cuerdas, KV 581, de Wolfgang Amadeus Mozart y Quinteto de cuerda n.º 2, de Antonín Dvořák. Quinteto de la Filarmónica de Berlín y Miguel Ángel Tamarit [clarinete].

   Con un programa titulado De Viena a Praga se presentó el Quinteto de la Filarmónica de Berlín en el Auditorio Nacional de Madrid. Viena y Praga, dos ciudades tan cercanas y a la vez tan distantes. Ya en época de Mozart la primera era aristócrata y la segunda burguesa. Siglos después quedarían separadas por el telón de acero, una en occidente y otra en oriente. ¿Y ahora? Quizás se podría decir que luchan por mantener una identidad de la que la música es una parte muy importante.

   Comenzamos por un género que, indudablemente, nos traslada a la capital austríaca: el vals. Pudimos escuchar el alegre Taglioni Walzer de Joseph Lanner acompañado de un par de galops: Spanischer Galopp y Tarantel Galopp. Fue un buen arranque de concierto, animados, divertidos... Además, en ellos tuvo el Quinteto dela Filarmónica de Berlín la oportunidad de mostrar un gran sentido de conjunto, emitiendo un sonido compacto y con una misma dirección. Destacó el lirismo de Luiz Felipe Coelho (primer violín) cuyo instrumento cantó en el Spanischer Galopp sobre un colchón de pizzcati en el que los otros cuatro miembros del cuarteto lograron sonar como uno solo.

   Para la interpretación del Quinteto para clarinete y cuerdas en la mayor, KV 581 de Wolfgang Amadeus Mozart se retiró el contrabajo y se sumó Miguel Ángel Tamarit al clarinete. De esta obra, que es una especie de concierto en miniatura, lo más destacable es el Larghetto en el que el clarinete, al igual que en el concierto del mismo autor, comienza con una dulce melodía junto con un suave acompañamiento de las cuerdas. En este aspecto fue muy apropiado el sonido que consiguió sacar Miguel Ángel Tamarit a su instrumento: puro, cristalino... el timbre perfecto para evocar esa atmósfera soñadora y nostálgica que Mozart intenta crear. A continuación, comienza un juego de preguntas y respuestas en el que destacó la complicidad mostrada entre los miembros del Quinteto de la Filarmónica de Berlín y especialmente entre Coelho y Tamarit.

   No creo que fuese tan acertado mantener la misma sonoridad en los dos siguientes movimientos. Si bien Tamarit mostró una naturalidad pasmosa en los pasajes más rápidos, me parece que pudo haber ofrecido un mayor contraste tanto en matices como, sobre todo, en articulaciones, un aspecto que quedó un tanto plano tanto en el Menuetto como en el Allegretto con variazioni final.

   El Quinteto de cuerdas n.º 2, Op. 77 de Antonín Dvořák nos traslada completamente a la esfera de la capital bohemia. Compuesto originalmente en 1875 para un concurso de una asociación burguesa como era el Cículo Artístico de Praga. Constaba entonces de cinco movimientos, de los cuales el Andante religioso se separó para publicarse como Nocturno para cuerdas, Op. 40 y la versión definitiva sería publicada finalmente en 1888 bajo el número de opus 77. El jurado de aquel concurso del Círculo Artístico de Praga quedó maravillado por la profundidad de los graves lograda gracias a la adición del contrabajo. Gunars Upatnieks supo hacer un buen tándem con la violonchelista Tatiana Vassilieva que se dejó notar especialmente en las conversaciones que se producen entre bajos y violines en el Finale. Vassilieva mostró un timbre peculiar, destacando su color brillante en el agudo, sonó mejor cubierta por el contrabajo que cuando en el quinteto de Mozart tenía la responsabilidad absoluta de los graves.

   Aquel jurado destacó también el conocimiento de los instrumentos por parte del compositor bohemio, lo que se pudo escuchar, por ejemplo, en la línea de la viola en el primer movimiento, en el que Wolfgang Talirz subo mantener las bases rítmicas y destacar también en las partes más melódicas.

   No se despidió el Quinteto de la Filarmónica de Berlín sin antes volver a hacer un guiño a Viena con una animada polka de Johann Strauss que puso el broche final a un concierto que creo que podemos denominar como tradicional y elegante.

Fotografía: CSPIM.

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