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Crítica: El 'Requiem' de Verdi en la Catedral de Jaén, con la Orquesta y Coro de la Universidad de Jaén

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24 de marzo de 2018

La catedral de los prodigios

   Por José A. Gil
Jaen. 15-III-2018. Catedral. Messa da Requiem, de Giuseppe Verdi. Carmen Solís, Mirouslava Yordanova, Pancho Corujo y Francisco Crespo. Orquesta y Coro de la Universidad de Jaén, Coro de la Ópera de Granada. Ignacio Ábalos, director.

   Precisamente porque la clásica en España vive uno de los momentos más aciagos de su historia, reconforta por partida doble que aún se celebren conciertos memorables extramuros de las grandes urbes donde se concentra el eximio grupo de escenarios que —al menos de momento— disfrutan de solvencia. Ante este impasse, que el pasado 15 de marzo la Universidad de Jaén (UJA) junto al Cabildo Catedralicio acometiese la ejecución de una partitura tan exigente como la Messa da Requiem, de Giuseppe Verdi, fue sin duda un acto heroico y todo un ejemplo de abnegación. El director Ignacio Ábalos al frente de la Orquesta y Coro de la Universidad de Jaén, el Coro de Ópera de Granada y los solistas Carmen Solís, Mirouslava Yordanova, Pancho Corujo y Francisco Crespo formaron un equipo antológico. Sublimar los actos programados para celebrar los 25 años de la fundación de la UJA reuniendo a un elenco de primer orden se tradujo en la histórica afluencia de más de dos mil personas congregadas en la imponente Catedral de Jaén con el ánimo de no perderse un evento musical que superó con creces las expectativas del público y, por ende, de los propios organizadores.

   Como suele ocurrir con la obras que por antonomasia se consideran monumentos de la música, sobre cualquier representación que se precie del Requiem de Verdi planea siempre cierta incertidumbre sobre el modo en que sus hacedores —aún consagrados— serán capaces de afrontar la extrema dificultad técnica que conlleva su puesta en escena. No negaré que yo mismo viajé a Jaén albergando alguna que otra duda sobre el resultado. Pequé de ingenuo, me bastó con escuchar los primeros compases del ensayo general para presagiar lo que poco después, atónito, tuve oportunidad de disfrutar en toda su magnitud. Para enmendar mi error, bucearé en lo intrincado de esta obra grandiosa con la esperanza de hacer partícipe a los lectores de Codalario del fabuloso trabajo que llevó a cabo el joven director Ignacio Ábalos. A quien —e igual que a lo solistas— me niego rotundamente a tildar (como aún hacen algunos medios) de 'jóvenes promesas', cuando son de facto realidades tangibles de nuestro presente musical con más proyección internacional.

   Cuántas veces los aficionados habremos leído que Verdi, después del arrollador éxito de Aida, descansó de componer ópera durante un tiempo. En ese lapso participó junto a otros músicos de renombre en la composición de una misa en honor de Rossini, gloria nacional in saecula saeculorum. Pero el proyecto se malogró y Verdi recuperó el fragmento compuesto por él para la ocasión, un bellísimo Libera me Domine. La pieza se convertiría a la postre en el germen de la última y más célebre obra sacra de su repertorio, el Réquiem. Mientras desarrollaba el proyecto, la salud de su gran amigo el escritor Alessandro Manzoni se resintió. Su final estaba cerca. Fue entonces cuando el compositor tomó la decisión 'reorganizar' el trabajo que llevaba realizado hasta ese momento para conferirle la forma definitiva que todos conocemos. Al cumplirse el primer año de la muerte del escritor, Verdi ya tenía lista la partitura: Messa da Requiem per l´anniversario della morte di Alessandro Manzoni. La polémica estaba servida, porque al ser considerado Verdi el compositor operístico por excelencia, desde que se estrenara la obra en 1874 los críticos no han cesado de intentar cuantificar —sin demasiado consenso— cuánto de 'teatral' hay en esta obra sacra. De partida, nada podría hacernos pensar que Verdi, a pesar de su confeso ateísmo, no había respetado escrupulosamente el rito romano de la Missa defunctorum. Su Réquiem se adecúa perfectamente al esquema marcado por la tradición, incluyendo u omitiendo —como habían hecho los compositores que le precedieron— las partes de la misa de difuntos que consideró oportunas. Verdi prescindió del Graduale y el Tractus e incluyó al final de la obra el responsorio Libera me Domine que en realidad forma parte del ritual posterior a la misa conocido como Absolutio super tumulum. Además, la propia partitura destila un aire Palestrino, indefectiblemente sacro. ¿Dónde, pues, reside el carácter mundano que achacaban a la obra y que provocó incluso que fuese apuntado directamente por el dedo del Cecilianismo (músicos en el seno de la iglesia —un tanto reaccionarios— que velaban en aquella época para que los cantos litúrgicos 'no perdiesen los papeles'). Aunque el asunto es bastante más complejo que todo esto, baste con señalar que la práctica totalidad de los especialistas (incluyendo a David Rosen, máxima autoridad sobre el Réquiem) dan por sentado que esta obra no fue concebida para ser incluida en ninguna celebración litúrgica sino para su representación concertante. Algo que levantaba sospechas. El historiador de la música Luca Zoppelli va más allá al afirmar que, efectivamente, tras un análisis minucioso de la estructura narrativa del Réquiem se evidencia una 'secularización de la imagen de la muerte y del sufrimiento (...), una simple manifestación del miedo humano'. No es el cometido de este artículo alentar ese debate. Me conformaría con saber si esas dudas razonables sobre la esencia de la obra dejaron su impronta en la lectura que del Réquiem de Verdi se hizo en Jaén hace solo unos días. Obtuso propósito, con la hermenéutica hemos topado...

   Me consta que la consigna de la representación era priorizar el texto, de lo cual podríamos deducir que el director abogaba por una puesta en escena parca, apocada, y sin opción a que los solistas —hasta donde el contexto permite, obviamente— diesen rienda suelta a la flama verdiana. La solemnidad del acto dejaba, desde luego, poco margen de ‘actuación’, en sentido literal. Pero afortunadamente la partitura por sí sola se impuso al comedimiento e inundó la catedral del más telúrico de los dramatismos verdianos. La angustia, el horror y la desesperanza se apoderaron del coro y los solitas. El público, trémulo, quedó estupefacto. ¿Milagro?

   Ignacio Ábalos ya ha dirigido con éxito a Verdi en otras ocasiones y sabe bien que sus orquestaciones no se prestan a la escasez de recursos. Por ese motivo los organizadores no escatimaron contratando a profesionales procedentes de otras formaciones como la OCG para reforzar la orquesta, que blandió durante toda la representación un sonido límpido, compacto, bien modulado, a excepción de los instrumentos de viento que llevados por una especie de frenesí se obstinaron en no atender a tempo los diminuendos. Peccata minuta si lo comparamos con el verdadero problema al que tuvo que enfrentarse el director, la reverberación. La Catedral de Jaén es uno de los más bellos exponentes arquitectónicos del Renacimiento español pero, por contra, con una de las acústicas más infames de nuestro patrimonio. A bajas frecuencias el sonido 'hablado' es prácticamente ininteligible y a altas frecuencias los retornos puede llegar a ser insufribles. La dilatada experiencia —y el ingenio— del director permitieron solventar esta deficiencia ubicando el escenario no en el altar sino en un lateral del transepto, por un lado, y llevando a cabo una redistribución más efectista de la orquesta por otro. Aunque lejos de lo deseable, el sonido fue el mejor que se pudo obtener de un espacio con estas dimensiones.

   El maridaje entre las dos agrupaciones corales fue impecable. A pesar de que una cada traía en la mochila su propio repertorio, me sorprendió la capacidad de autocontrol que demostraron para no dejarse llevar por sus propios referentes. Lograron un sonido ponderado, haciendo gala de una destreza técnica para el sottovoce poco usual en coros jóvenes además de un vigor soberbio en los fortes, de cuyas reverberaciones supieron protegerse siempre a tiempo gracias a las precisas indicaciones del director que se anticipaban al más que probable estruendo que se podría haber producido, por ejemplo, en pasajes tan representativos de la obra como el Dies irae. Los tropiezos disonantes en los divisi se quedan en pura anécdota teniendo en cuenta que el coro nos dio una lección ejemplar de cómo luchar contra los elementos. Al fin y al cabo no todo el mundo puede permitirse, como Verdi, estrenar la obra en la Iglesia de San Marco en Milán con toda la acústica de su parte. Aprovecho la ocasión para decir que es una verdadera lástima que hoy día sea algo excepcional que el Réquiem de Verdi se represente fuera de un teatro o un auditorio porque les aseguro que es toda una experiencia disfrutarlo (ejecutado por 150 músicos excepcionales, como en el caso de Jaén) mientras se pasea por los espacios diáfanos de la catedral como yo mismo tuve oportunidad de hacer durante los ensayos. Estremecedor, créanme.

   Me temo que el famoso director que acusó a Verdi de 'Atila de la laringe' después ojear su Réquiem no iba del todo desencaminado. No todos los intérpretes llegan a su madurez vocal con capacidad suficiente para enfrentarse a esta partitura. Diría más, no todos los cantantes que la crítica considera verdianos por excelencia han sido capaces de salir airosos de este lance. Por este motivo he reservado para el final el verdadero prodigio de la representación del Réquiem de Verdi en la Catedral de Jaén: la interpretación de los solistas.

   La soprano Carmen Solís tiene una voz y una presencia escénica imponentes. Su técnica, depuradísima, la convirtió en una caja de música con una resonancia exquisita. Su canto spianato tenía una proyección colosal. Su fiato era apabullante, las notas quedaban suspendidas en el aire sin intención de disolverse jamás. El color de su voz, mudable en la justa medida, generoso en las inflexiones, jamás perdió un ápice de autenticidad, sabíamos siempre que era ella y solo ella quien cantaba. Extraordinario. El volumen que Verdi exigía a sus sopranos parecía venir dado en Carmen Solís, que ni en el cénit de la obra dejó entrever el menor atisbo de fatiga. La sonoridad de sus graves y el brillo sutil de los agudos arrastraban al espectador hasta hacerle partícipe de sus trances, arrobados, misericordes, para llevarlo luego al desconsuelo, a la consternación ante la muerte, al paroxismo. ¿Puede alguien tener aún dudas de cuánto de 'humano' hubo en su interpretación? El que tenga oídos, que oiga... Como contrapunto, hubo momentos en que tenía la sensación de que toda la 'espiritualidad' que alberga la partitura del Réquiem se negaba a desligarse de la voz de la mezzo-soprano. Hasta ese día no había tenido oportunidad de escuchar a Mirouslava Yordanova en concierto. Fue toda una revelación. Su voz oscura, africada, se desenvolvía con tal facilidad en los registros medio y bajo que hubo momentos en que parecía que ella sola era capaz de soportar dos tesituras en una sola emisión. A diferencia de Carmen Solís, Yordanova, como una estrella de mar, se replegaba una y otra vez sobre sí misma sobrecogiéndonos con su estatismo lacónico, ajeno a toda realidad, morente. Ni siquiera fue necesario que mirara a los espectadores que tenía a ambos lados para darme cuenta de que la amalgama de las dos voces femeninas azoraban el ánimo hasta del más indolente. Por problemas de salud, el tenor Sergio Escobar fue sustituido en vísperas del estreno por Pancho Corujo. El cantante canario superó en tiempo récord este tour de force demostrando que su registro verdiano seguía estando en plena forma. Contra todo pronóstico, el tenor brilló en los pasajes más difíciles que el compositor le tenía reservados, especialmente el temido Ingemisco, donde se impone no sólo un registro estratosférico sino un continuum expresivo sospechosamente próximo al de las arias operísticas. Corujo, afortunadamente, cuenta con una voz bastante dúctil y sin demasiadas desmesuras tímbricas que le permitieron salvar cualquier obstáculo y acoplarse rápidamente al resto de voces y a la orquesta durante toda la representación. Pero como todo no podía salir bien, lo digo sin acritud, quizás habría sido deseable una menor dosis letal de vibrato. El bajo Francisco Crespo tiene la sana costumbre de superarse a sí mismo en cada una de sus actuaciones. Su prestancia volvió una vez más a ser fiel reflejo de su voz templada, sobria, sin fisuras. Demostró su especial dominio de la paleta lírica emitiendo unos potentísimos agudos con el nivel justo de opacidad y unos graves oscuros y mórbidos —sobre todo en los pasajes solistas—sin que el fraseo se resintiera lo más mínimo. A Crespo basta escucharle entonar un solo compás de Verdi para darse cuenta de que se crece ante sus partituras, a pesar de que no sea un cantante dado a permitirse a sí mismo demasiada libertad dramática. De hecho, opino que suele desenvolverse mejor en las representaciones concertantes, algo que no tiene por qué estar reñido con su capacidad innata para interiorizar papeles. Su pulcra interpretación del Réquiem en Jaén dejó claro que nunca ha necesitado de una voz fastuosa para conmover al público. Algo que, dicho sea de paso, sólo pueden permitirse los cantantes en estado de gracia.

Fotografía: Fernando Mármol.

Autor:José A. Gil
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