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Crítica: «Enoch Arden» de Ottmar Gerster, en versión escénica de Roland Geyer, en el Theater an der Wien

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Autor: Pedro J. Lapeña Rey
25 de mayo de 2022

Nueva producción del Theatre an der Wien en la Wiener Kammeroper, sobre la versión escénica de Roland Geyer, que contó con la dirección musical de Walter Kobéra y la escénica de David Haneke, sosteniendo a unos convicentes solistas vocales

¿Es Enoch Arden la Gesamtkunstwerk –obra de arte total– del s. XXI?

Por Pedro J. Lapeña Rey
Viena, 20-V-2022, Theater an der Wien. Nueva producción del Theatre an der Wien en la Wiener Kammeroper. Enoch Arden (Ottmar Gerster/Karl Michael von Levetzow). Versión escénica de Roland Geyer, arreglada para orquesta de cámara por Matthias Wegele. Markus Butter [Enoch Arden], Valentina Petraeva [su esposa Annemarie], Andrew Morstein [el molinero Klaus], Samuel Wegleitner [el joven Enoch Arden]. Orquesta de la Ópera de Cámara de Viena. Dirección Musical: Walter Kobéra. Dirección de escena: David Haneke.

   Cuando a mediados del s. XIX, Richard Wagner acuñó el término «obra de arte total», su intención era englobar las artes imperantes hasta ese momento: música, danza, pintura, escultura, poesía y arquitectura. Sin embargo, tanto el s. XX como el XXI nos han traído nuevas formas de expresión y de entender el arte. Unas perfectamente asumidas ya, como por ejemplo el cine, la fotografía o el sonido grabado, y otras que a los que ya tenemos cierta edad nos cuesta más asumir/entender, como los tratamientos de imágenes con ordenador, la expresión directa y a veces impactante de YouTube o Tiktok, y todas estas nuevas tecnologías que forman parte cotidiana de la vida de nuestros hijos y sobrinos. Viene esto a cuento, porque el título de esta crítica no pretende ser provocativo sin más, sino que trata de hacernos/hacerme comprender que en general, no tiene sentido ir contra los tiempos, y empeñarnos en mantener unas «tradiciones sagradas» que en bastantes ocasiones se vuelven obsoletas. Cuando las cosas se hacen bien, hasta lo que a priori puede parecer una salvajada, puede convertirse en uno de los espectáculos mas atractivos de una ciudad como Viena, donde los hay a cientos.  

   La verdad es que si antes de asistir a la representación me comentan que se iba a modificar sustancialmente la partitura original –la única línea roja que faltaba por sobrepasar en estos tiempos en que los directores de escena reinterpretan absolutamente todo–, que iba a haber sonido pregrabado que en ocasiones suena a la vez que la orquesta, que íbamos a tener en escena llamadas de teléfono móvil tipo Whatsapp, o que íbamos a tener a algún personaje –el alcalde de la villa– o a todo el coro cantando cada uno de ellos a través de la pantalla, tal y como se puso de moda durante la pandemia, lo mas sabio e inteligente por mi parte hubiera sido salir corriendo y olvidarme completamente del tema.

   Sin embargo, la imagen de marca siempre es importante. Detrás de la propuesta está Roland Geyer, el director del Theater an der Wien desde 2006. Esta es su última producción –el noruega Stefan Herheim toma el mando la próxima temporada– y en las producciones de este teatro no suelen dar puntada sin hilo.

   Muy poco sabíamos a priori ni de la obra ni del compositor. Ottmar Gerster fue un oscuro músico alemán nacido en 1897, intérprete de violín y viola en la Sinfónica de Frankfurt entre 1921 y 1945. Enemigo de la vanguardia, su música era heredera de Wagner, Lortzing o Schreker, con armonías tradicionales y elementos folclóricos. Como además no hizo ningún tipo de ascos al régimen nazi –compuso varios himnos en su honor–, su música tuvo bastante recorrido en esos años, estrenando varias óperas. Al terminar la Segunda Guerra mundial, no tuvo ningún escrúpulo en saltar al otro lado del telón de acero, afiliarse al partido comunista de la RDA, y continuar su carrera como si tal cosa en Leipzig y Weimar.

   Enoch Arden está basada en una balada de Alfred Tennyson, el poeta inglés «de referencia» durante el reinado de la Reina Victoria. La obra escrita en 1864 fue un éxito en toda Europa, y fue fuente de inspiración para autores de todo tipo. Hubo varias películas mudas –una de D. Griffith– en la segunda década del s. XX e incluso Richard Strauss compuso un melodrama para narrador y piano. Su ambiente marinero, que recuerda vagamente a Robinson Crusoe, cuenta la historia del naufragio del capitán Enoch Arden en su último viaje a los Mares del Sur. Había dejado a su joven esposa Annemarie a cargo de su amigo Klas, el molinero del pueblo, un antiguo novio. Cuando tras doce años allí perdido puede por fin regresar, Annemarie, que le había sido fiel hasta que fue dado oficialmente por muerto, se ha casado con Klas. Viendo que nadie le espera, y que era un muerto para todos, incluso para ella, se hace de nuevo a la mar para hundirse definitivamente. La ópera de Gerster se estrenó en 1936 en Dusseldorf, sede un par de años después de la famosa exposición Entartete Musik -«música degenerada». Tuvo bastante éxito en el área germánica representándose en ciudades como Roma, Linz o Graz,

   Gerster compuso su ópera con una orquestación amplia y densa. De sus cuatro actos, tres se sitúan en el puerto inglés donde viven los protagonistas, y el tercero en los Mares del Sur. La duración de la única grabación que pude escuchar antes de la función –una versión de los años 60 dirigida por Kurt Masur– se iba a la hora y tres cuartos. Pero como comenté al principio, Roland Geyer cruza la línea roja de «intervenir» en la partitura. No es que haya metido tijera, sino que la ha modificado sustancialmente, manteniendo los tres actos «ingleses», y utilizando el otro como hilo conductor de toda la obra. Esta comienza y acaba en la isla, y Enoch Arden visualiza y experimenta toda la trama desde el brutal aislamiento que sufre un náufrago, pleno de recuerdos y de alucinaciones. Un ejemplo de cómo la música de Gerster mira al pasado es el bello concertante de Arden, Klas y Annemarie al final de lo que supuestamente es el primer acto, algo que ya que ni siquiera los compositores italianos hacían desde bastante tiempo atrás.

   Otro punto de intervención, aunque este si se ha hecho en numerosas ocasiones es la reducción de la partitura de una orquesta sinfónica y un gran coro a una de cámara, acorde con los 22 músicos que caben como máximo en el pequeño foso del coqueto teatro de la calle Fleischmarkt. En este sentido, el trabajo del compositor y arreglista Matthias Wegele es de primera. Lo que yo no es habitual es utilizar sonido pregrabado en escenas de gran calado a las que el autor no ha querido renunciar. El tema es controvertido, pero el resultado final fue bastante satisfactorio gracias no solo a las grabaciones previas sino al trabajo tanto del director Walter Kobéra como de los responsables del emitirlas.

   Así las cosas, nos vienen a la palestra dos preguntas importantes. La primera es si Ottmar Gerster estaría de acuerdo o no. Y la segunda es si visto lo visto, estamos hablando de su obra Enoch Arden, o de otra cosa. Si a Gerster le hubiera parecido bien o no es algo irrelevante ahora mismo, pero lo que sí podemos reconocer es que el trabajo de todo el equipo es excelente. Ayuda el hecho de ser una obra prácticamente desconocida en la actualidad y que ninguno tenemos en nuestra cabeza. A la segunda pregunta, mi respuesta es que no se debería anunciar como el Enoch Arden de Gerster sino como el de Geyer y Wegele. Y quizás no solo de ellos dos, sino que tendríamos también que subir a los créditos a David Haneke, responsable no solo de la dirección escénica y de la escenografía, sino también de las filmaciones.

   Su concepción es excepcional. Llevamos muchos años sufriendo producciones oscuras, feas, donde solo se busca la parte más tenebrosa y lóbrega de la sociedad. Haneke por el contrario, nos congracia con la vida. Utiliza todo el fondo del escenario como una pantalla de cine, ahora gigante, ahora pequeña en función de donde fije la trama, donde desgrana imágenes bellísimas. En el centro del escenario están inamovibles los restos de la proa del barco hundidos en la arena de la playa. En los laterales varios muebles caseros que sirven igual para la casa de Arden como para el molino de Klas. Las imágenes hacen de amalgama. Su denominador común es una luz y una belleza incomparables. La navegación por el mar, amaneceres y puestas de sol de quitar el hipo, un puerto lleno de veleros donde vemos como Arden va en el bote camino de su barco. Si sorprenden los exteriores, no se quedan atrás los interiores, con grandes imágenes que se reducen al tamaño de cuadros. En uno parece que estamos viendo un Vermeer en la pared del molino.

   Pero la historia es dura, y las imágenes también lo destacan, solo que sin recrearse en ellas. Impactante la imagen de una gaviota muerta, como se va descomponiendo días después. A pesar de ello, la imagen irradia ternura. Y como ya he mencionado, estamos en el s. XXI, por lo que el alcalde comunica la noticia de la muerte de Enoch Arden a Klas y a Annemarie a través de una videoconferencia de whatsapp. La despedida de soltera posterior se realiza también online, con los miembros del Coro Arnold Schönberg felicitando en pantalla a los novios. Actual a mas no poder.

   Una ventaja de contar con un escenario pequeño es que escuchas a los cantantes como si estuvieran en el salón de tu casa. En la propuesta, los intérpretes se reducen al trío principal de la trama y al niño que interpreta a Enoch Arden de joven. Entre los tres, sobresale el barítono Markus Butter en el rol principal. Ya hablé positivamente de él, hace unos meses a raíz de su participación en Morgen und Abend de G.F. Haas en la Opera de Graz. Escénicamente borda el personaje. Te lleva por las diferentes fases de soledad, esperanza y finalmente frustración, al ver que tras 12 años desaparecido, nadie le espera, y el mundo funciona perfectamente sin él, por lo que lo mejor que puede hacer es morirse definitivamente. En un escenario pequeño, las virtudes de su voz –rotundidad, fraseo, acentos– se realzan, y sus carencias –timbre poco grato y registro alto algo pobre– se minimizan. Fue el auténtico triunfador de la noche.

   La rusa Valentina Petraeva, que salió en los saludos finales envuelta en la bandera ucraniana, tiene un voz algo ligera para el personaje, y mostró alguna tirantez en el agudo, pero igualmente hizo una interpretación cuasi perfecta de la mujer inicialmente enamorada, que posteriormente pide que termine la vida viajera de su esposo, que a pesar de su desaparición se resiste a caer en los brazos de su antiguo novio, y que finalmente, tras la noticia de la «muerte oficial» de Arden, reverdece la felicidad casándose con él. También mostró el terror de volver a enfrentarse a su primer esposo, a quien consideraba muerto, y de quién espera que siga muerto. Algo parecido podemos decir del molinero Klas de Andrew Morstein. Voz ligera y tirante en el agudo, pero de timbre atractivo que borda el personaje. Cumplió con creces Samuel Wegleitner en el breve papel del hijo de Arden.

   Brillante e intensa la versión del director Walter Kobéra, auténtico galvanizador de la tarde y que consiguió que todos estos elementos que podrían perfectamente haber sido un caos, fueran un auténtico conjunto. Todo funcionó como una rueda y ni siquiera hubo problemas acústicos con la incorporación de imágenes ni de la música pregrabada. Excelente la prestación orquestal, y de la Orquesta de la Wiener Kammeroper.

   La solidez de la propuesta convenció al público y los aplausos fueron muchos y ruidosos. Me comentaron que el día del estreno, la respuesta fue igualmente excepcional.

   ¿Es ópera el Enoch Garden de Geyer/Wegeler/Haneke? ¿Es cine? ¿Es una obra de arte total? No sabría decírselo con rotundidad, pero lo que sí les puedo asegurar, es que si asisten a alguna de las 5 o 6 funciones que restan, van a disfrutar de lo lindo.

Fotografía: Herwig Prammer/Theater an der Wien.

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