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Crítica: Fabio Biondi y Europa Galante ofrecen un extraordinario Vivaldi en el 'Universo Barroco' del CNDM

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16 de febrero de 2018

Enémiso y magnífico ejemplo de la inmejorable unión del ensemble y director italianos con la genialidad del Prete Rosso.

Vivaldi es para Biondi

   Por Mario Guada | @elcriticorn
Madrid. 15-II-2018. Auditorio Nacional de Música, Sala de cámara. Centro Nacional de Difusión Musical. Universo Barroco. Vivaldi sacro y profano. Música de Antonio Vivaldi. Marina de Liso • Europa Galante | Fabio Biondi.

   Europa Galante y Fabio Biondi están abonados al Universo Barroco del Centro Nacional de Difusión Musical, o cabría decir mejor que el CNDM está abonado a Biondi y su magnífico conjunto. Es en cierta forma comprensible, dado que actualmente hay pocas simbiosis intérprete/compositor tan referenciales como la que el violinista de Palermo tiene con la excepcional obra de Antonio Vivaldi (1678-1741). Ya es un clásico en cada temporada del ciclo barroco del CNDM disfrutar de Biondi y sus huestes interpretando la música del Prete Rosso. Creo que el público así lo espera y el CNDM siempre ha sabido dar de comer a su público lo que demanda.

   Acudían a su cita en la temporada 2017/2018 con un programa titulado Vivaldi sacro y profano, divido claramente en dos bloques que mostraron de las principales facetas de Vivaldi como compositor: la música de cámara –con mayor o menor profusión de instrumentos– y la música sacra en latín. Para la primera parte quedaron cuatro obras, tres de las cuales se engloban dentro del género Concerto/Sinfonia per archi [Concierto/Sinfonía para cuerdas] o Concerto ripieni –como lo denominaba el propio Vivaldi–, en el que no existen solistas, sino que la cuerda –en escritura a cuatro partes– obtiene un tratamiento orquestal de igual a igual. Se abrió con dos obras de deliciosa factura vivaldiana: Sinfonia per archi «Il coro delle muse», RV 149 y el Concerto per archi, RV 152, ejemplo magnífico del tratamiento contrapuntístico y la magnificencia melódica del cura veneciano. Entre ambas se situó la Sinfonia per archi extraída de La Senna Festeggiante, RV 694, su hermosa serenata de 1726. Son obras de un refinamiento extremo, en la que la economía de medios no es en absoluto un impedimento para desarrollar toda la creatividad vivaldiana, esa que engancha al oyente, estudioso e intérprete desde el principio. La última de las obras de la primera parte, puramente instrumental, fue su célebre y excepcional Sonata per due violini «La Follia», última de las sonatas de su magnífico Op. I. Obra de juventud, hay en ella un descollante dechado de virtuosismo, una escritura que combina de forma magistral el furor con el lirismo, la luz con atisbos de lo grisáceo, pero siempre con esa descomunal energía que Vivaldi sabe conjugar a la perfección con una escritura abrumadoramente idiomática. A lo largo de sus veinte variaciones, sobre Re menor, se toma el afamado sustento de la Folía –ese que tanto y tan bien se trató a lo largo del Barroco, de formas tan variadas y geniales como pueden encontrarse en los ejemplos de Corelli, Marais o el propio Vivaldi– para desarrollar una obra de una genialidad y exigencia para el intérprete, que sin duda han de situarla entre los más brillantes ejemplos de la música de cámara del autor veneciano.

   Para la segunda parte, un cambio absoluto de carácter y de género, saltando hacia la música sacra. Considero que esa faceta como compositor de música religiosa se ha pasado por alto de manera flagrante en la figura de Vivaldi. Algunos han sido los que hace décadas se han dado cuenta de la importancia fundamental de este repertorio en su catálogo compositivo. Y es que Vivaldi, sin tener en cuenta este ámbito sacro, no alcanza la genialidad completa que justamente merece. El Stabat Mater, RV 621, para alto, cuerda y continuo, es una monumental muestra de su capacidad como compositor en el género vocal sacro con texto latino. Dice Pablo Queipo de Llano –el máximo especialista vivaldiano que hay en este país–, en sus breves pero fantásticas notas al programa, y lo dice tan bien que me parece necesario citar aquí estas palabras, que estamos ante todo un prodigio de austeridad y tensión expresiva, elementos con los que Vivaldi traduce de forma imponente la crudeza del texto. El casi exclusivo recurso al modo menor –finalmente roto en una brillante y simbólica tercera de picardía en el acorde conclusivo del Amen–, el empleo de una severa escritura contrapuntística –coronada en el referido Amen con un tortuoso fugado que supone el único tiempo rápido de la obra–, el sostenido lirismo de la voz cantante y la aparición postrera –en el Eja Mater– de la proverbial teatralidad vivaldiana caracterizan una de las obras religiosas más inspiradas de la historia. Destaca especialmente que los seis primeros números utilizan, de forma cíclica –de tres en tres– la misma música, lo que se explica teniendo en cuenta al tratamiento que Vivaldi ofrece del célebre texto latino, a la manera de himno y no como secuencia litúrgica –lo habitual en la mayoría de casos–. La última pieza del programa fue el magnífico motete Longe mala, umbræ, terrores, RV 629, para soprano, cuerda y continuo. Estos motetes vivaldianos –algunos de los cuales son absolutas obras maestras en miniatura– se erigen en muchos casos como pequeños dramas sacros. Este es un brillante ejemplo de ello, musicalizando además un texto –de autor anónimo del XVIII– de una gran belleza e impacto.

   Como las dos partes claramente diferenciadas, así también podría analizarse la interpretación del concierto. Si reparamos en la primera de ellas, la puramente instrumental, podemos describir la interpretación como impecable, exquisita, refinada, enérgica, apasionada e incluso dramática. Fabio Biondi lleva muchas décadas ofreciendo un Vivaldi muy italiano en el sentido más luminoso y mediterráneo posible, técnicamente intachable y en el que se pone de manifiesto su querencia, admiración y especial conexión con su catálogo compositivo. Pocos Vivaldis como el suyo pueden escucharse en directo en la actualidad. Su solvencia técnica es tal, que puede permitirse entrar en la música de manera muy profunda e incluso dirigir desde el violín con una efectividad que rara vez se observa en el panorama. Impecable y ejemplar, por lo demás, su uso del vibrato. En su caso sí puede decirse que es un sobresaliente instrumentista que dirige de forma muy notable desde su instrumento. No agobia, sino que, confiado en el buen hacer de sus músicos, únicamente aporta algunos elementos para que la interpretación fluya; y a fe que lo consigue. Su visión de la música del cura veneciano es, en muy pocas ocasiones, indómita –un mal que presentan muchas agrupaciones cuando acometen este repertorio–, pero rebosa energía y teatralidad con una exquisitez sublime. Nadie se aburrirá con este Vivaldi, pero tampoco quedará horrorizado por una visión desmedida y caricaturesca de su música. Está en el punto justo. Impresionante el trabajo conjunto, dechado de los beneficios que una plantilla mayormente estable a lo largo de los años puede ofrecer.

   Pergeñado con un instrumentista por parte, Europa Galante es un ejemplar de los que quedan pocos, al menos en el sentido de lograr una sonoridad absolutamente pulida y casi orquestal con tan solo siete miembros. No se echa en falta un ensemble de veinte miembros en su Vivaldi. Andrea Rognoni es sencillamente un espectáculo y, desde luego, mucho más que un extraordinario segundo violín. Pocas veces se puede escuchar un empaste y una sonoridad tan pulcra en el trabajo del unísono. Difícil distinguir a veces si se escuchan uno o dos violines. El resultado de la unión Biondi/Rognoni es sencillamente increíble. Su simbiosis se pudo apreciar, por ejemplo, de forma descomunal en la sonata La Follia, en la que el diálogo entre ambos se convirtió en una conversación entre amigos, trasladada a sus violines. Naturalidad y exigencia solventadas con apabullante facilidad. No menos destacable resultó la labor del violista barroco Stefano Marcocchi, que supo librar con elegancia y sutileza la siempre compleja escritura para el alto, especialmente en el sentido de relleno armónico-rítmico, logrando además un color cuidado y muy expresivo. Realmente espléndido el trabajo de toda la sección del continuo, comenzando por el chelo barroco de Alessandro Andriani, que a pesar de un inicio algo denso, con problemas para la sincronía con el resto del conjunto, realizó una labor brillante, solventando con irreprochable éxito la tremenda exigencia técnica que el instrumento tiene en La Follia. Su continuo, junto al violone de Patxi Montero, es enérgico, pero expresivo, muy bien balanceado y siempre certero en su carácter. Fantástico el hacer de Paola Poncet al clave y órgano positivo, siempre atenta al fluir del discurso melódico, realizando un bajo continuo desarrollado con elegancia y sin aspavientos, convirtiéndose en el pilar fundamental que sostiene la escritura de las líneas altas. La tiorba de Giangiacomo Pinardi es el color, la teatralidad, el brillo, la evocación. Desde la calma de su presencia escénica casi despreocupada, sus aportes son siempre justos e inteligentes. Nada sobra.

   Por su parte, la segunda parte contó con el protagonista de la mezzosoprano Marina de Liso, una de las especialistas italianas en el repertorio barroco más reclamadas de la actualidad. De interesante proyección y timbre desigual, muestra una heterogeneidad excesiva entre su registro medio-grave y el agudo. Es una cantante correcta, pero desde luego no brilló en el repertorio sacro vivaldiano, a tenor de su lectura un tanto plana y carente de toda expresividad del Stabat Mater. Más cómoda en el registro agudo del motete Longe mala, umbræ terrores, pues en el Stabat Mater tuvo problemas para sostener su línea de canto, en el registro grave, sobre el breve esqueleto instrumental. La visión de Biondi, quizá demasiado adusta de estas obras, no ayudó a la visión realmente dramática de las mismas. Aun con todo, interesante su visión ornamentada [Biondi] de los tres números en el Stabat que repiten la misma música de los tres iniciales –no es habitual, quizá porque en cierta forma le quita dramatismo a la obra–. Creo, sin duda, que de Liso se mueve mejor en el terreno operístico, como así se demostró con el extra ofrecido por los intérpretes para finalizar el concierto, el aria Sposa son disprezzata, del Bajazet de Vivaldi, aunque se sabe que la autoría del aria corresponde a Geminiano Giacomelli, en la que estuvo mucho más teatral, con una coloratura contenida pero efectiva, además de más expresiva y vocalmente más ajustada.

   En definitiva, otro Vivaldi referencial que sumar a Biondi y los suyos, sin duda mejor, que mostraron un nivel difícilmente alcanzable por el resto de especialistas vivaldianos del momento. Una velada que la mediana actuación de de Liso no empeño merced a la brillantez descomunal del conjunto instrumental y de un Biondi en verdadero estado de gracia.

Fotografía: Ana de Labra.

Autor:Mario Guada
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