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[C]rítica: Gautier Capuçon se une a la OCNE y David Afkham para interpretar a Henri Dutilleux

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30 de enero de 2019

Del orgullo a la alegría

Por Pedro J. Lapeña Rey
Madrid. Auditorio Nacional. 25-I-2019. Temporada de abono de la Orquesta y Coro Nacionales de España (OCNE). Gautier Capuçon,  violonchelo. Christina Gansch, soprano; Sophie Harmsen, mezzosoprano; Robin Tritschler, tenor; Ludwig Mittelhammer, baritone.  Director musical, David Afhkam. Concierto para violonchelo «Tout un monde lointain…»,  de Henri Dutilleux; Misa en Re menor, Hob. XXII:11, Missa in angustiis [Missa Nelson], de Franz Joseph Haydn.

   Concierto ecléctico el de este fin de semana en el ciclo de la Nacional. Dos obras de excelente nivel separadas por casi 200 años –el Concierto para violonchelo, «Tout un Monde Lointain« de Henri Dutilleux es de 1967 mientras que la Missa in Angustiis es de 1798– prácticamente desconocidas para el público de la OCNE, unidas por un concepto tan amplio como el de la «angustia». Si nos atenemos a las definiciones de la RAE, Dutilleux se mueve más entre la aflicción, la congoja, o la ansiedad, e incluso el dolor o el sufrimiento, mientras que quizás para Haydn significaba más un temor opresivo a un ciclón que asolaba Europa, la figura de Napoleón Bonaparte. Fuera lo que fuera, lo cierto es que en sus respectivos lenguajes y estéticas, nos encontramos ante obras que por sí solas impactan  en el oyente.

   Henri Dutilleux ha sido una figura clave de la segunda mitad del siglo XX en la música francesa. En una época en que la Escuela de Darmstad y Pierre Boulez dominaban con mano férrea la música europea, Dutilleux mantiene un lenguaje propio basado en el color, las texturas o el ritmo. Es decir, huye de la música que le rodea y entronca con la gran tradición francesa heredera de Debussy. Repasando los programas que él mismo diseñó para la inolvidable Carta blanca que la ONE le ofreció en el año 2007, vemos nombres como los de Ravel, Debussy y Maurice Ohana, con los que se sentía mucho más a gusto.

   El concierto, basado en cinco poemas de Baudelaire, fue escrito entre 1967 y 1970 para Mstislav Rostropovich, quien lo grabó pocos años después con la Orquesta de París y Serge Baudo. Pocos han sido los chelistas actuales que se han resistido a sus notas y es sin duda uno de los más interpretados de este periodo. La siempre atenta batuta de Eliahu Inbal ya trajo la obra a Madrid, al ciclo de la ONE, en noviembre de 1982 junto al chelista francés Frederic Lodeon. Sin embargo, en aquella «carta blanca», no lo pudimos oír –afortunadamente sí se programó su concierto para violín, L’arbre des songes– por lo que ésta ha sido una ocasión única.

   También lo ha sido la presencia de Gautier Capuçon, uno de los dos grandes herederos –el otro es Jean-Guihen Queyras– de la gran escuela francesa del violonchelo de Pierre Fournier, Paul Tortellier –fue él precisamente quien en 1978 estrenó la obra en Madrid junto a la Orquesta de la RTVE– o André Navarra. En sus primeras visitas a nuestro país en los albores del cambio de siglo ya atisbábamos que iba a ser uno de los grandes. Lo confirma en cada una de sus visitas. En una obra de tanta complejidad, mostró una maestría y un dominio fuera de lo común.

   Con él, transitamos desde las primeras notas de «Enigma», casi inaudibles entre breves efectos de la percusión. De ahí nos fuimos elevando tanto en sonido como hacia la parte alta del diapasón donde se mostró rotundo y seguro. Le dio a «Mirada» el patetismo que reclama, y nos puso los pelos de punto en la introducción de «Oleaje», que tuvo en David Afhkam y la orquesta el contrapeso ideal. El fraseo cálido e intenso en «Miradas», y su solvencia y poderío en el “Himno” final, donde en la danza, de nuevo se enfrenta de tú a tú con una orquesta que pareció algo rígida y muy vehemente, fueron reveladores. Aún más magistral fue la última transición hasta el “Enigma” inicial, todo un bucle circular que terminó en absoluto silencio y con la tensión a flor de piel.

   Tras dos salidas a saludar, Gauthier Capuçon nos dio una grata versión de «El cisne», la penúltima pieza de El carnaval de los animales de Camille Saint-Saëns, donde a falta de piano, estuvo acompañado de manera ejemplar por el arpa de Selma García Ramos.

   La Misa in angustiis de Franz Joseph Haydn, compuesta en 1798, es también conocida con el sobrenombre de Misa Nelson en homenaje al almirante inglés que un mes antes de su estreno había parado los pies a Napoleón en la Batalla del Nilo. A pesar de que su título refleja la angustia que las expediciones del francés provocaban en la parte noble del Imperio Austro-húngaro, el resultado final no lo refleja. Haydn se echa la manta a la cabeza y crea una partitura intensa, directa, alegre, llena de melodías atractivas y pegadizas que transmiten vida y esperanza por los cuatro costados.

   Afhkam utilizó una orquesta y un coro de pequeño tamaño, lo que tiene sus ventajas y sus inconvenientes. Por un lado aumenta la exposición de los músicos, pero por otro facilita la limpieza del sonido, y aligera las texturas. Al ser no más de 80 personas, todas se situaron en el escenario, quedando los bancos del coro vacíos, lo que dio de entrada cierta sensación de frialdad. De la apuesta, la orquesta salió mejor parada que el Coro. El Sr. Afhkam eligió tiempos vivos y ligeros, irreprochables desde el punto de vista rítmico y constructivo. La orquesta mantuvo el tipo de principio a fin, cimentando la base sobre la que armar la partitura, aunque bien es verdad que las cuerdas sonaron algo más secas de lo habitual. En el Coro hubo más desigualdades que se fueron disipando según avanzaba la obra, aunque en líneas generales, su prestación quedó por debajo del War Requiem de antes de Navidades.

   La soprano austriaca Christina Gansch fue la única voz interesante entre los solistas. Bien en verdad que su parte es con diferencia la mas exigente de todos. La voz de tamaño medio tiene un timbre grato, y la maneja con soltura. No impacta pero sabe llamar la atención. Por el contrario, ni la mezzo Sophie Harmsen, ni el tenor Robin Tritschler, ni el barítono Ludwig Mittelhammer nos dijeron nada. Voces todas muy pequeñas –por momentos inaudibles– , impersonales y sin la mas mínima transmisión, pero que al menos conocían el estilo. Desde mi punto de vista, para traer voces así, mejor darle la oportunidad a voces jóvenes españolas que probablemente lo hubieran hecho mejor.

   El público aplaudió con ganas y salió en general con una sonrisa en la boca. La angustia se había convertido en un «chute» de alegría.

Fotografía: OCNE.

Autor:Pedro J. Lapeña Rey
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