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[C]rítica: Gregory Kunde protagoniza «Otello», de Giuseppe Verdi, en el Gran Teatro de Córdoba

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19 de febrero de 2019

Inmenso Kunde (o el Otello de hoy)

Por José Amador Morales
Córdoba. 15-II-2019. Gran Teatro. Otello, de Giuseppe Verdi. Gregory Kunde [Otello], Svetlana Aksenova [Desdemona], Ángel Ódena [Iago], Mireia Pintó [Emilia], Francisco Corujo [Cassio], Manuel de Diego [Roderigo], Domingo Ramos [Ludovico]. Coro de Ópera de Córdoba [José M.ª Luque, director del coro]. Orquesta de Córdoba. Miquel Ortega, dirección musical. Alfonso Romero, dirección escénica. Producción del Teatro Principal de Palma de Mallorca.

   No ha sido la primera vez que el Otello de Verdi sube al escenario del Gran Teatro de Córdoba, pues hay documentadas representaciones ya en los albores del siglo XX, si bien se perdió la oportunidad de que el gran tenor cordobés Pedro Lavirgen, que llegó a encarnar a moro veneciano con gran solvencia en la década de los setenta, lo interpretara también en su tierra. A pesar de ello, la envergadura de este título verdiano suponía toda una prueba de fuego para un Gran Teatro que desde la Carmen de Bizet representada en marzo de 2017 no había llevado a escena ninguna ópera, entre otras cosas porque el coliseo cordobés ha permanecido cerrado por obras durante algo más de un año.

   Así pues, y al margen de las altísimas exigencias musicales, esta obra supone la quintaesencia de lo que Verdi buscó con empeño en sus veintiséis trabajos operísticos anteriores y que, en una de sus cartas (dirigida en 1870 a Ghislanzoni, el libretista de Aida) sintetizaba con la expresión parola scenica. Decía el maestro, «no sé si me explico al decir 'palabra escénica', pero me refiero a la palabra que esculpe y hace clara y evidente la situación». Es decir, el logro de la plenitud dramática a través de la simbiosis teatral entre palabra y música.

   El primer desafío, aquí y en cualquier escenario mundial, se presenta a la hora de contar con un reparto mínimamente digno, particularmente en lo que respecta al cantante protagonista. Muchos, o como el mismo Gregory Kunde afirma, todos los tenores aspiran a cantar el rol de Otello pero muy pocos aciertan a dar con el equilibrio adecuado entre vocalidad, técnica y caracterización. Hay quien dice que, con suerte, apenas ha habido un Otello por generación; siendo así, desde luego que los cordobeses tuvimos la inmensa fortuna de disfrutarlo la función que comentamos. Y es que, quien esto suscribe ha tenido la oportunidad de contemplar a Gregory Kunde en el mismo rol tanto en Sevilla (2015) como en Madrid (2016) así como en gran parte de sus otras recreaciones operísticas ofrecidas en los últimos años en nuestro país (Chénier, Radamés, Pollione, Arrigo, Des Grieux, Peter Grimes, Poliuto, Calaf, etc…) pero pocas veces como aquí, tan cómodo de principio a fin y con la voz tan flexible, al servicio de una actuación memorable. Musicalísimo como corresponde a un cantante con una gran carrera belcantista a sus espaldas, el tenor americano ofreció momentos de gran empuje vocal como el «Esultate!» (con una proyección brutal a lo largo del coqueto patio de butacas, sobre el que Kunde se alzaba imponente en lo alto de la proa del barco que sobrepasaba el propio foso orquestal) o el «Ora per sempre addio» con el subsiguiente dúo con Iago con el que remató un segundo acto –la piedra de toque para el tenor– absolutamente extraordinario. También se mostró introspectivo en el «Niun mi tema final» (por cierto que aguantando el tempo ahí moroso de la batuta) y particularmente en un conmovedor «Dio mi potevi scagliar», donde supo dosificar, sin nunca perder el apoyo ni la musicalidad, del susurrado recitativo inicial, al fraseo más cantabile  previo al tensísimo estallido final, en lo que seguramente fue el clímax musical y expresivo de la velada.

   A partir de aquí, el resto de los protagonistas se movieron en un nivel más terrenal aunque, en general, con un resultado más que digno. A Ángel Ódena le apreciamos un mayor desgaste vocal que en sus Iago sevillano y madrileño, sin embargo supo poner su instrumento de gran presencia y fraseo comunicativo, al servicio de una importante caracterización que conectó sobremanera con el público. Esto último también podríamos decir de la un tanto impersonal Desdemona de Svetlana Aksenova, pese no poseer una técnica que solucione las irregularidades en la emisión ni un registro agudo un tanto estrangulado. El resto del reparto resultó bastante aceptable, destacando la estupenda Emilia de Mireia Pintó así como Francisco Corujo (Cassio) y Domingo Ramos (Lodovico), ambos con una excelente línea de canto a despecho de un volumen algo limitado.

   Miquel Ortega es un habitual en las producciones operísticas del Gran Teatro cordobés y, como gran profesional, sabe perfectamente cómo sacar lo mejor de conjuntos como el coro y orquesta de esta ciudad y los aficionados cordobeses le debemos algunas veladas inolvidables como por ejemplo aquél mítico Il trovatore de 1994 (¡con Elena Obraztsova!) o más recientemente Macbeth en 2014. En esta ocasión, Ortega concertó, acompañó a los cantantes, organizó los conjuntos, ajustó entradas y matices logrando una lectura muy meritoria. A pesar de no ser la suya una batuta de especial creatividad e inspiración, ofreció momentos de gran sutileza como todo el dúo de amor del final del primer acto, el «Credo» de Iago o el ya citado «Dio mi potevi scagliar» del tercer acto. Por el contrario, probablemente en su continuo y lógico intento por mantener el control, hubo algunos momentos en los que la orquesta careció de una mayor y deseable presencia (parte de la escena de la tormenta inicial o el inicio del segundo acto) y otros en los que el desarrollo teatral perdió agilidad como en el lento concertante del tercer acto y todo un cuarto aún más pesante.

   El Coro de Ópera de Córdoba, muy lejos del nivel de antaño y comprometido con la urgencia de este encargo de casi última hora, fue a más, mostrándose más sólido en los tutti que en las diferentes divisiones (musicales y escénicas). Una Orquesta de Córdoba más mermada de lo habitual debido al limitado foso (viento exigido pero sólo cuatro violonchelos y dos contrabajos) también se mostró hasta cierto punto flexible, con bellos momentos por parte de los violines y viento-madera bien que con una cuerda grave de sonido desabrido (la entrada de Otello en el cuarto acto fue bastante lacerante en este sentido).

   La conocida producción del Teatro Principal de Palma de Mallorca se ha enriquecido y mejorado con el tiempo y, aunque se vio algo encorsetada en este escenario cordobés, se reveló de gran eficacia dentro de la sencillez  de la concepción original, con un logrado movimiento escénico que permitió seguir la trama adecuadamente.

Fotografía: Sánchez Moreno/Gran Teatro de Córdoba.

Autor:José Amador Morales
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