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Crítica: Iestyn Davies y Thomas Dunford clausuran la temporada de la Fundación Juan March con un homenaje a Inglaterra

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Autor: Mario Guada
7 de junio de 2020

Contratenor inglés y laudista francés reúnen, sobre el escenario de la Fundación Juan March, un hermoso compendio de obras inglesas para voz y acompañamiento con interpolaciones de piezas para cuerda pulsada de diversos autores del Barroco europeo, clausurando a un enorme nivel su temporada musical.

Iestyn Davies y Thomas Dunford en la Fundación Juan March

Orpheus Britannicus

Por Mario Guada | @elcriticorn
Madrid. 26-V-2021. Fundación Juan March [Concierto extraordinario. Clausura de temporada 2020/2021]. El Orfeo inglés: canciones con laúd. Obras de Henry Purcell, Robert de Visée, George Frideric Handel, John Dowland, Johann Hieronymus Kapsperger, Joan Ambrosio Dalza y Marin Marais. Iestyn Davies [contratenor] • Thomas Dunford [archilaúd].

El extraordinario talento del autor en todas las fuerzas de la música es suficientemente conocido, pero él fue especialmente admirado por su música vocal, demostrando un genio peculiar para expresar la energía de las palabras inglesas, por lo que movía las pasiones de todos sus oyentes.

Henry Playford: prefacio de Orpheus Britannicus [1698].

   En 1698, tres años después de que Henry Purcell (1659-1695) abandonara este mundo, el editor Henry Playford –hijo del célebre compositor inglés John Playford– sacaba a la luz, en la capital londinense, el primer volumen de Orpheus Brittannicus. A Collection of all the choicest songs for One, Two, and Three Voices, compos'd by Mr. Henry Purcell. together with such Symphonies for Violins or Flutes [recorders], as were by him design's for any of them: and a thorough-bass to each song; figur'd for the Organ, Harpsichord, or Theorbo-Lute. All which are placed in their several Keys according to the Order of the Gamut. Se trataba de una recopilación de canciones del compositor inglés, cuyo segundo volumen llegaría en 1702. Obviamente, no era una colección pensada, organizada ni revisada por él, pero sin duda se trataba de un hermoso homenaje a la que había sido, sin lugar a dudas, la figura más importante de la música inglesa desde tiempos de John Dowland, Thomas Tallis y William Byrd.

   La Fundación Juan March, que ha tenido que adaptarse esta temporada a numerosos ajustes por casusa de la pandemia mundial, dedicó hace unos pocos meses un ciclo a la música para la cámara inglesa, así que este concierto de clausura de la temporada 2020/2021 bien puede verse como una extensión natural de aquella fantástica monografía concertística. Para despedir esta extraña temporada, nada mejor que hacerlo en el formato en que la programación musical de la institución se mueve con mayor comodidad, el camerístico, pues en él, la posibilidad de potenciar diálogos de la forma más intimista posible se resuelve como fin último. Y pocos dialogan actualmente mejor en este formato voz/acompañamiento de cuerda pulsada que los protagonistas de la velada: el contratenor inglés Iestyn Davies y el especialista francés en cuerda pulsada del Renacimiento y Barroco Thomas Dunford. Juntos fueron elaborando un programa bajo el apropiado título El Orfeo inglés: canciones con laúd, un sobrenombre que en su día sirvió para hacer alusión a figuras como la de Dowland o el propio Purcell. Un nutrido y hermoso recorrido por las tres figuras fundamentales en la música inglesa de los siglos XVI, XVII y XVIII, esto es, los dos compositores mencionados anteriormente, a los que se suma George Frideric Handel, compositor inglés por pleno derecho –naturalizado como tal en 1727–, además de un notable representante de géneros propiamente ingleses como anthems y odes o el denominado oratorio inglés, del que fue creador.

   Construido por bloques, alternando obras vocales acompañadas instrumentalmente con otras puramente instrumentales, este panorama sonoro del Renacimiento y Barroco supuso un verdadero elogio a la música de las islas británicas, el propio Orpheus Britannicus de la March para clausurar temporada. De Henry Purcell se interpretaron algunas de sus obras más conocidas, como «Strike the viol», de Come, ye sons of art away, Z 323; «By beauteous softness», de Now does the glorious day appear, Z 332; el himno «Lord, what is man?», Z 192; «Sweeter than roses», de Pausanius, Z 585; concluyendo el programa con el maravilloso An evening hymn, Z 193. La voz de Davies se adapta en general poderosamente bien a la música de Purcell, porque, como buen operista, paladea de forma exquisita el texto y su dicción del inglés es tan natural como solo la lengua materna puede proporcionar. Es cierto que a veces el registro agudo no presenta toda la calidez deseable, especialmente en las ornamentaciones o los giros melódicos más exigentes [«Strike the viol»], que quizá no posee un timbre especialmente hermoso en dicho registro o que a veces el estilo vocal más solemne de Purcell no funciona con la misma eficacia [«Lord, what is man?»] que en sus obras más extrovertidas. Sin embargo, es un cantante con una vena dramática maravillosamente trabajada [«By beauteous softness»], que se desenvuelve de forma muy natural en el estilo declamatorio, presentando un registro medio-grave de un interesante y terrenal color, a veces incluso con una cierta evanescencia tímbrica que resulta enigmática y sorprendente. Asume con notable concordancia interpretativa el carácter de las obras, aunque en ciertos momentos se vuelve algo liviano, como en la obra que cerró el programa [An evening hymn], de carácter luctuoso, pero de una escritura tan plácida y cálida, que a veces puede equivocarse el contenido, si no se equilibra muy bien esa cierta disociación entre la escritura musical y el contenido textual.

   Menos interesante, de manera general, resulta su vocalidad en la música de George Frideric Handel (1685-1759), al menos en lo que exige, por carácter y lenguaje, la música de cámara italiana, representada aquí por la Cantata da camera «Hendel, non può mia musa», HWV 117, en cuyas arias, «Puotè Orfeo o co’l dolce suono» y «Musa all’ora che il pletro appeso», aunque exhibió una vez más una mimada dicción, así como una notable asunción del carácter más liviano del género, se apreció una falta de carnosidad vocal importante, con un timbre que perdió cierto cuerpo y personalidad, además de una falta de fluidez en los ornamentos del segundo aria, a pesar de que se manejó con solvencia en la coloratura. Sin embargo, regresó por sus fueros en el aria «Oh Lord Whose Mercies Numberless», tomada de Saul, HWV 53, uno de sus obras maestras en el oratorio. Impecable arreglo para cuerda pulsada del preludio escrito originalmente para arpa y la posterior sección orquestal, que sirvieron para mecer a un Davies envolvente expresivamente y con una lograda solvencia vocal en la zona media, a pesar de que los giros de la línea se presentaron con ciertos desajustes puntuales e incluso la voz presentó un punto de aire en el registro agudo. Concluyó el repaso por la figura de «Il caro Sassone» con el aria «Hide me from day’s garish eye», extraida de su oratorio L’Allegro, il Penseroso ed il Moderato, HWV 55.

Iestyn Davies y Thomas Dunford en la Fundación Juan March

   El tercer gran autor protagonista de esta velada, el siempre refinado y exigente John Dowland (1563-1626), estuvo representado por una selección de obras vocales y otras puramente instrumentales muy representativas de su arte. Entre las primeras, piezas como «Behold a wonder here», de Third and Last Booke of Songs or Aires [London, 1603]¸ «Flow my tears», de Second Booke of Songs or Ayres [London, 1600]; «Can she excuse my wrongs» y «Come again, come sweet love», de Firste Booke of Songes or Ayres of Fowre Partes [London, 1597]; e «In Darkness let me dwell» [1610], que permitieron nuevamente demostrar a Davies sus posibilidades canoras en este ámbito. El cierto estatismo rítmico que presentan estas obras, con un rango vocal más reducido, parecen sentarle mejor a la vocalidad del contratenor que las obras italianas de Handel –a pesar de que es un cantante que puede desenvolverse bien en su música escénica italiana–. Interesante la coloración ofrecida sobre su registro medio-grave en «Flow my tears», en la que supo plasmar, además, todo el dramatismo de una pieza tan poderosa como esta, con gran delicadeza y fineza en su canto, deleitándose en las dinámicas bajas, aunque a veces la voz pierde ahí cierta consistencia. Magnífico trabajo prosódico en «Can she excuse my wrongs», remarcando el contraste en el carácter de la escritura, con una energía muy bien canalizada. «Come again, come sweet love», otra de las canciones más conocidas de Dowland, fue interpretada con gran libertad en su tratamiento textual y rítmico, casi con sprezzatura italiana, incluyendo numerosos ornamentos que no son habituales en la mayoría de las versiones que suelen escucharse, quizá por la influencia de un intérprete con tan enormes dosis de creador como es Dunford, que construyó aquí la visión del acompañamiento más personal, libre y ornamentada que he escuchado hasta la fecha. Impresionante los pasajes ornamentales de la melodía aquí o la imponente construcción de acordes –que resonaron con tan firmeza como efectismo–, el uso del rasgueo y la plenitud de sonido en «Behold a wonder here». Imposible no impactarse ni abrumarse ante la calidad técnica y la libertad imaginativa de este inconmensurable talento. Para terminar con Dowland, subyugantes las inflexiones vocales sobre «darkness», en una versión de «In Darkness let me dwell» en la que supo deleitarse con efectividad en las disonancias y los pasajes cromáticos –especialmente destacados sobre la palabra «music»–. Uno de los recursos más utilizados por Davies a lo largo del concierto fue el alargamiento de las notas finales sobre dinámicas bajas y sin desarrollar las notas hasta que estas se pierden en el horizonte sonoro; sin duda una herramienta expresiva con la que logró enorme un impacto.

   Como hemos visto, Davies es un cantante de recursos, con algunas carencias o elementos que quizá no se ajusten siempre bien a los repertorios diversos planteados aquí, pero, sin duda, un solista de enorme valía. Ahora bien, lo que hizo de ese un concierto absolutamente memorable fue la conjunción junto a Thomas Dunford, quien, sin lugar a la más mínima duda, uno de los intérpretes más dotados en la cuerda pulsada de las últimas décadas. Pocas veces se aúnan en un mismo artista unas capacidades técnicas y de simbiosis con el instrumento, a la par que una vertiente interpretativa tan artística y libre, imaginativa, evocadora y, a la vez, aunque no siempre, rigurosa… Hizo absolutas maravillas con el acompañamiento a lo largo de la velada, no solo cumpliendo su rol con la más delicada y exquisita solvencia, sino aportando rasgos muy particulares y tan imaginativos como en él es habitual. Realizó, además, un excepcional trabajo en algunos arreglos de los originales orquestales, especialmente en Purcell, que resultaron tan idiomáticos como sobradamente defendidos, aunque sin olvidar el magnífico trabajo en Handel. No obstante, lo mejor estaría por llegar en sus obras a solo, en las que realizó un variopinto y muy efectivo recorrido por la Europa de los siglos XVI, XVII y XVIII, desde la propia Inglaterra hasta Francia, pasando por Italia, alterando estas piezas con las obras vocales y aportando con ellas un toque de carácter, virtuosismo y expresividad fascinantes. No es, queda claro desde el principio, el intérprete más fiel a la partitura e históricamente más riguroso, pero llega un punto con Dunford en el que todo eso pasa a un segundo plano: es la magia de la interpretación musical. Tampoco resulta excesivamente apropiado, en términos históricos, el uso de un archilaúd para acometer un programa como este, que en realidad requeriría de diversas tipologías instrumentales para llevarse a cabo con un criterio lo más fidedigno posible. Sin embargo, el archilaúd le permite acercarse a todas las obras desde un punto de vista sonoro intermedio y, por otro lado, es un instrumento con el que se siente muy cómodo.

   La Chaconne [re menor] de Robert de Visée (c. 1659-c. 1733) fue solventada con un brillante equilibrio entre las voces, destacando el ostinato del registro grave en los momentos más importantes, pero manteniéndolo en un segundo plano, aunque nunca ausente, permitiendo así respirar a la línea melódica superior y a sus sutiles ornamentaciones, en un ejercicio fastuoso de conducción de voces, que bien podría servir de ejemplo para jóvenes estudiantes. De Dowland interpretó dos obras puramente instrumentales, A dream y King of Denmark’s Galliard, de Lachrimae, or Seven Tears [London, 1604], en su versión para laúd solo. En la primera, una hermosa pavana para laúd solo, hizo gala de una imponente libertad interpretativa, a medio camino entre la pavana y el preludio, con un equilibrio muy logrado entre cierta independencia rítmica y una firmeza notable, solventada además con una técnica implacable. Impactante la limpieza de sonido en la segunda de las obras –algo no siempre habitual en los intérpretes de cuerda pulsada–, delineando con exquisita pulcritud los pasajes rítmicos más intrincados. Un apunte interesante de la labor general de Dunford fue también la exquisita manera de unir unas piezas con otras en cada uno de los bloques, es una especie de continuum de extraordinaria fineza. Del italiano, aunque de origen alemán –conocido como «Il Tedesco della tiorba» [el alemán de la tiorba]–, Johann Hieronymus Kapsperger (c. 1580-1651), interpretó su Toccata 6ta, perteneciente a su Libro Primo d'intavolatura di lauto [1611], en una versión técnicamente impoluta, resolviendo con insultante acierto el complejo pasaje de progresiones de arpegios, muy bien definidos, pero aportando a su vez un carácter casi nebuloso. Por su parte, del italiano Joan Ambrosio Dalza (fl. 1508) ofreció la siempre hipnótica Calata alla Spagnola, cuyo ostinato, enérgico y perenne, dejó paso a unas líneas superiores en las que las coloraciones logradas por el uso vibrante de los registros resultaron apabullantes. La última de las piezas a solo, la más subyugante de la velada, fue su arreglo de Les voix humaines, una de las obras recogidas en la Suite n.º 3 in re mayor de las Pièces de viole, Livre II [Paris, 1701], de Marin Marais (1656-1726). Dicho arreglo, que he recogido discográficamente en 2020, es un dechado de sutilezas, filigrana, refinamiento, delicadeza y expresividad. Resulta imposible no imbuirse en el mundo tan emocional que logra evocar Dunford cuando interpreta esta obra tan absolutamente evocadora, en un arreglo que, si bien pierde la cercanía a la voz humana del original –recordemos que la viola da gamba siempre ha sido descrita como el instrumento que mejor imitaba la voz–, gana en muchos aspectos merced a la mente de uno de los portentos musicales más impresionantes que el mundo de la música temprana ha dado en el siglo XXI.

Iestyn Davies y Thomas Dunford en la Fundación Juan March

   Para cerrar la velada, ambos ofrecieron como regalo ante los numerosos y cálidos aplausos ofrecidos por los asistentes, dos obras del siglo XX: una hermosa versión del muy conocido tema «Tears in Heaven», del guitarrista Eric Clapton (1945), precedida de la delicada «Orpheus with his lute», de Ralph Vaughan Williams (1872-1958), sobre texto de William Shakespeare, clausurando así una temporada distinta y recordaba, probablemente, por sus dificultades y sinsabores. Sin embargo, la paz servida por ambos intérpretes en esta velada bien podría servir como u bálsamo para intentar olvidar lo vivido y encarar con esperanza lo que está por llegar. Sea...

Fotografías: Dolores Iglesias/Fundación Juan March.

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