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Crítica: Jordi Francés en el ciclo «Descubre» de la Orquesta y Coro Nacionales de España

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13 de octubre de 2020

Tutorías e interpretaciones

Por Francisco Zea Vaquero
Madrid. 11-X-2020. Auditorio Nacional de Música [sala Sinfónica]. Franz Schrecker: Sinfonía de cámara: Shostakóvich: Sinfonía de cámara op. 110 a [orquestación del cuarteto de cuerda nº 8 en do menor] Orquesta Nacional de España. Jordi Francés [Director].

   Una nueva iniciativa de la Nacional comienza hoy para esta temporada, que sirve de contrapeso a la nueva programación oficial de la orquesta, recién iniciada de forma brillante con variedad de figuras reconocidas del panorama musical, y con la lógica contribución de la entidad al 250º aniversario de Beethoven, tan necesaria ahora mismo, en el dramático año que vivimos.

   Sin embargo, la cita de hoy estaba motivada por un nuevo proyecto de los responsables de programación de la OCNE. Se trata del así llamado «Descubre…/ conozcamos los nombres», una iniciativa que, en principio, nos va a dar a conocer a jóvenes directores españoles prometedores o, en algún caso, ya consagrados, como el invitado de hoy: Jordi Francés. Por otro lado, parece que el proyecto viene con la intención de difundir obras poco interpretadas en España, al tiempo que compositores casi desconocidos, o muy poco explorados. Una sugestión, en general para la filarmonía madrileña, y una alegría en particular, dedicada a los aficionados que prefieren experimentar conociendo nuevo repertorio, a los inquietos, los que no se conforman con los programas trillados de siempre.


   El joven maestro que hoy nos visita, ya es un conocido de la orquesta que ha cosechado buenas prestaciones con nuestros profesores, y que aporta enorme conocimiento de la música contemporánea y de la programación musical actual; como nos explica el virtual programa de mano sobre sus investigaciones musicológicas. En esta selección tan original y novedosa, que hemos disfrutado, tiene una gran parte del éxito el director de esta mañana. Una de las pocas obras que se programan del visionario compositor escénico austríaco Franz Schrecker, y la infrecuente, Sinfonía de cámara, op. 110 a del ya mítico y popular compositor ruso Dimitry Shostakovich. Brava propuesta, sin lugar a dudas que, por desgracia, y por el maldito virus con que convivimos, no cosechó más de un tercio de entrada en el auditorio nacional de Madrid en la única convocatoria de domingo matinal.

   La interpretación estaría preludiada, se avisaba en el programa, por charlas introductorias de diez minutos cada una, que luego se extendieron hasta quince por cada obra. Siempre es atractiva la labor de divulgación o «facilitación» musical, y tentadora la del protagonismo pedagógico al ilustrar con ejemplos sonoros a un nuevo auditorio poco experimentado, teniendo además toda una orquesta sinfónica a disposición. No obstante, el hecho musical del concierto, el espacio de la interpretación de las obras, el sacro momento de darlas a conocer al público no creo que deba servir para adornarse demasiado mientras la mayoría espera que comience el concierto.

   La escucha y disfrute de una obra musical es un momento privado, y en algunos casos, como el de los elegidos 400 espectadores de hoy, de concentración y placer personal, sin directrices excesivas, distracciones pictóricas de obras maestras, o interpretaciones profusas que serían irritantes para muchos compositores. No hacen falta tantos tutores, ni guías: tanto la creación musical como su conexión hacia el público son un acto privado, íntimo y de libertad personal tanto de unos como de otros. En la mayoría de los grandes auditorios y teatros europeos, estas labores de difusión se llevan cabo con breves conferencias previas, documentos que complementen y amplíen las notas al programa, o fugaces presentaciones si ello es imprescindible, ante ciertas obras muy complejas. Pero, sobre todo, respetando y manteniendo intacto el fenómeno musical de otras cuestiones que puedan distraer al oyente, por bellas o sugerentes que estas sean. No es lo mismo una partitura plagada de indicaciones subjetivas y sugerentes que música programática con lecturas y significados insertos en el propio discurso musical. Dicho esto, vaya por delante que la musicóloga, doctorando y divulgadora Eva Sandoval, voz emergente en Radio Clásica, desempeñó su papel con cercanía, implicación, y profesionalidad, aunque quizás en algún momento pisara terrenos pantanosos. Como, por ejemplo, la densa interpretación programática de esta obra de Schrecker, [de la Juventud, fiesta campesina, de la magia, etc…] que más pareciera de Paul Hindemith o Héctor Berlioz, que la del misterioso y metafórico operista contemporáneo de los doctores Mahler y Strauss.


   Esta sinfonía en un solo movimiento, como reza la 1ª Edición de 1916, nos muestra toda esa paleta cromática y expresiva propia de la época, con una partitura plagada de matices interpretativos, pero sin un programa concreto, es un secreto que Schrecker no nos revela, sino que deja abierto a la de facultad interpretativa de los músicos o la fantasía privada del escuchante. La interpretación de la Kammersinfonie fue de tempo amplio sin urgencias, como debe ser, en materia sonora de tal calidad. Por ejemplo, en el Lentamente flotando del comienzo fue clara y manifiesta la intención de extraer toda la belleza del material para crear el clima armónico, firma del universo sonoro personal del compositor austríaco. La respuesta orquestal fue excelente desde el punto de vista técnico y del estilo, la exposición de motivos clara y bella siempre en cuanto a sustento sonoro [no faltaron los brillantes intervenciones de los solistas de viento y percusión].

   Por otro lado, parece posible en un compositor tan difícil y exigente en el campo expresivo, tan poco interpretado en España, quedarse técnica y emocionalmente cortos. Se pudo mejorar el obligado preciosismo sonoro requerido en esta época, y a veces el vibrato resultaba un poco escaso ante las complejas gradaciones y tensiones sostenidas, especialmente en la coda. Por último, en el plano expresivo conviene reforzar algunos silencios poco respirados, intentando hacer mejores transiciones, cómo en la suerte de trio del Scherzo, que finalmente no es tal. Nada es lo que parece en la milagrosa música de aquel primer tercio del siglo; todos los estilos artísticos se estaban reelaborando y fundiendo año tras año, las convulsiones musicales fueron grandes y los estrenos se contaban por escándalos. Todo esfuerzo musical para alcanzar el nivel cultural y estético de aquella época dorada es siempre poco, pero la Orquesta Nacional lo hizo bastante bien, estando a la altura de la obra en su conjunto.

   Tres obsesiones abrumaron a Shostakovich al regreso de su viaje a Dresde en 1960 para la colaboración musical en una película alemana, que al final le resbaló por completo. De una forma evidente la sensación de espanto y dolor ante las consecuencias de la guerra, más allá de los sufrimientos vividos en carne propia en su Leningrado natal. Por otro lado, la necesidad de protesta del ser humano por todos los años vividos en ominoso silencio tras su caída en desgracia, depuración posterior y aislamiento sufrido desde mediados de los años treinta hasta la muerte del tirano. Por último, sentía un deseo irrefrenable de alzar la voz, de reivindicarse por él mismo, y por todos los Dmitry Dmitrievich laminados por el régimen, y en especial por la cruel y estúpida Unión de compositores. En cierta manera, ya había practicado esta disidencia interior contra el sistema totalitario en el que sobrevivía artísticamente hablando, con sus sinfonías 10ª y 11ª. Había tenido que escribir tanto «para el cajón», como él solía decir, que era el momento de sacar toda su artillería camerística. En particular, con la forma más perseguida y odiada por los burócratas y komisariats: el cuarteto de cuerdas. Y lo hizo en la señera tonalidad de Do menor, para citar o autocitar todo aquello que debía ser dicho, e incluso gritado (el retrato musical del compositor, el recuerdo de la persecución a los judíos, la memoria de las obras prohibidas, el horror, … ¡el horror!) Shostakovich concluyó en tres infatigables días el que para la inmensa mayoría es su mejor cuarteto, una consumada obra maestra hecha de sangre, sudor y lágrimas.


   Pero al fin esta forma musical pura, o la subsiguiente orquestación del alumno y amigo Rudolf Barshai, permite aislarse de todo y hacer la música tal y cómo está escrita sin más obligaciones ni directrices, salvo las de la partitura (muchas veces los más famosos compositores han renegado de cualquier clasificación o encasillamiento, por pura libertad personal y derecho de autor). Jordi Francés y las cuerdas de la orquesta trabajaron duro para alcanzar ese sonido impresionante que Shostakovich le puso a su obra maestra: sí, sonó; potente, intenso, timbrado y con dinámicas suficientes para la enorme expresividad requerida, con muy pocas objeciones técnicas a la difícil tarea de estilo. Hay que reconocer el gran trabajo de progresión realizado por el nuevo concertino Miguel Colom, liderando ya con autoridad en un día de compromiso artístico para su cuerda. Quizás habría que desgarrar más en el tema judío, se resintieron un poco las líneas del refinado vals con peor pasta sonora cuando los arcos estaban arriba ¿Habría sido necesario definir aún más en los bestiales acordes, llamadas de muerte que inauguran el largo en Do menor, corazón y drama interior de la obra? así como fue injusto que las hermosas violas por su posición en estas formaciones de la nueva era COVID quedaran desnudas, y casi sin empaste en la bellísima y lacerante cita de Lady Macbeth de Mtsensk. Si bien en los staccatti se puede mejorar, en el legato estuvieron soberbios nuestros músicos, especialmente en el largo final y en la coda concretamente con un estremecedor cono de diminuendo a pp morendo.

   En resumen, un buen concierto de Jordi Francés y sus valientes de la Orquesta Nacional de España, audaz y selecto de programación que alegró a los hambrientos de repertorio y hastiados de rutina, pero que habrá que aligerar el modelo para dejar al espectador su espacio en el concierto, en su mayoría de edad intelectual, sin amontonar referencias culturales, que, además de lo dicho, pueden perder así su enorme significado.

Autor:Francisco Zea Vaquero
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