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Crítica: Julia Lezhneva, Dmitry Sinkovsky y La Voce Strumentale en el ciclo de conciertos de la Politécnica de Madrid

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19 de febrero de 2017

Los solistas e intérpretes rusos logran un rotundo éxito en una espectacular y regocijante batalla de talentos que rozó la perfección.

ZARINAS Y ZARES DE LO BARROCO

   Por Mario Guada |@elcriticorn
Madrid. 18-II-2017 | 19:30. Auditorio Nacional de Música | Sala sinfónica. XVII Ciclo de conciertos de la Universidad Politécnica de Madrid. Entrada: 15, 20, 30 y 40 €uros. Obras de Arcangelo Corelli, Nicola Porpora, Georg Friedrich Händel y Antonio Vivaldi. Julia Lezhneva • La Voce Strumentale | Dmitry Sinkovsky.

   Sin mucho ruido. Así se presentaron estos magníficos intérpretes en el presente recital, programado inteligentemente por la Universidad Politécnica de Madrid para su XVII Ciclo de Conciertos. Y es que, en ocasiones, son precisamente aquellos que se presentan sin hacer mucho ruido los que consiguen regalar al público asistente veladas de auténtico deleite. Ni Julia Lezhneva, ni Dmitry Sinkovsky, ni por su puesto su conjunto historicista, La Voce Strumentale, son actualmente estrellas en el panorama de la música barroca. Ni siquiera estarían en la pléyade de intérpretes en el repertorio barroco en una lista de entre los diez o quince especialistas de la actualidad. Pero, a tenor de lo presenciado ayer, esto cambiará muy pronto. Si bien la jovencísima soprano rusa lleva una carrera fulgurante, especialmente interesante y sustentada de manera firma en los últimos cuatro o cinco años, no es todavía una de las sopranos más conocidas, mucho menos para el público general. Es muy probable, de hecho, que fuese una gratísima sorpresa para la mayoría de los asistentes. Lo mismo sucede con Sinkovsky, a quienes algunos conocerán por sus excelsas incursiones discográficas en la Vivaldi Edition del sello galo Naïve, o por su participación junto a Il Pomo d’Oro en algunos proyectos de sumo interés, especialmente el que les unió a la soprano Joyce DiDonato.

   El presente programa, presentado a la manera de un grandes éxitos del Barroco italiano, se sustentó en torno a dos figuras trascendentales en la historia de la música occidental: Georg Friedrich Händel (1685-1759) y Antonio Vivaldi (1678-1741). El primero representado por su música vocal –tanto la operística como la sacra– y el segundo por su música concertística –con un breve acercamiento a su faceta de operista–. Magníficas las aportaciones händelianas, con arias de increíble belleza, como Per dar preggio all’amor mio, de la ópera Rodrigo HWV 5; Un pensiero nemico di pace, del oratorio Il Trionfo del Tempo e del Disinganno HWV 71; Brilla nell’alma, de la ópera Alessandro HWV 21; o su magnífico Salve Regina HWV 241, una de sus musicalizaciones de antífonas más magistrales, con un esplendoroso uso de instrumentos obligados, entre los que destacan el órgano y el chelo. Del segundo, su fantástico Concerto per liuto en Re mayor RV 93 –cuyo segundo movimiento es uno de los más hermosos en todo el catálogo concertístico de Il prete rosso–, además de sendos conciertos para violín, en Do mayor RV 177 y en Re menor, Per Pisendel, RV 242. Ambos de una escritura tremendamente vuirtuosística. Se completó su presencia con la evocadora aria Zeffiretti, che susurrate, de la ópera Ercole sur Termodonte RV 710.

   El recital se completó con dos breves interpolaciones: el Concerto grosso Op. VI, n.º 11, del inmenso Arcangelo Corelli (1653-1713) –padre del género y uno de las figuras más influentes en la historia del Barroco musical–, que abrió la velada de manera magnífica, y Nicola Porpora (1686-1768), otro de los grandes autores italianos que hicieron carrera en Londres, del que se interpretó su espléndida aria Come nave, de la ópera Siface.

   Julia Lezhneva es, sin ningún género de dudas, uno de los exponentes con mayor proyección dentro del canto histórico actual. Cimentada sobre una técnica impecable, su línea de canto adquiere una magnífica proyección, domina el registro medio y presenta una zona aguda cristalina, luminosa y a veces casi prístina, además de un refinamiento y una fluidez asombrosos. Solventa las complejas ornamentaciones con suma facilidad, mostrándose como una exquisita soprano de coloratura, muy adecuada para este tipo de repertorio. Posee un timbre hermoso, sin aristas, muy pulido, por momentos un poco aniñado –en el mejor sentido del término–, pero siempre con carisma y personalidad. En ciertos pasajes me recordó lo mejor de sopranos legendarias del canto históricamente informado como Emma Kirkby o Judith Nelsons. Su presencia escénica, tan amable y hasta un punto entrañable, acompaña magníficamente su fascinante voz. Mostró en este recital casi una única cara: la de la pirotecnia y la más pura exigencia vocal. Solo tuvo un breve momento, en el Salve Regina, para ofrecer una faceta más amable, introspectiva y expresiva. No obstante, incluso en el espectáculo puro todavía encuentra momentos para la emoción y la entraña. Es una cantante excepcional. Su facilidad para el ornamento, a pesar de que abusa a veces del tremolo, y su uso selectivo y tan sumamente acertado del vibrato, la convierten en una de las apuestas más firmes para este repertorio en la actualidad; y dada su joven edad, le auguran una carrera larga y repleta de éxitos.

   El otro gran protagonista de la velada, hasta el punto de convertirse casi en una suerte de sana competencia artística sobre el escenario, fue Dmitry Sinkovsky, intérprete de una personalidad arrolladora, además de un talento fuera de lo común. Formado como violinista clásico en Moscú, un afortunado encuentro con Marie Leonhardt le hizo dar el salto al repertorio barroco, convirtiéndose en los últimos años en uno de los estandartes de la interpretación histórica en su país natal. Es, probablemente, uno de los cinco violinistas barrocos más importantes y talentosos de la actualidad. Se conjugan en él una técnica apabullante, una pasión desaforada y una musicalidad fuera de toda duda, aunque un punto excesiva. Su presencia al frente de cualquier conjunto aporta siempre un punto extra de energía y poderío. Simplemente impresionantes sus dos participaciones como solista, sobre manera en el monumental concierto RV 242. Si algo tiene los conciertos vivaldianos con el indicativo Per Pisendel –compuestos para el gran violinista Johann Georg Pisendel, uno de los virtuosos más apabullantes en la Europa del momento y cabeza de lanza de la magnífica orquesta de la corte de Dresden– es su tremenda exigencia vurtuosística, repleta de recursos a cada cual más intrincado, y una escritura compleja y exigente al máximo. Hay en este concierto todo lo imaginable para poner a prueba al más talentoso de los violinistas. A fe que Sinkovsky y su fantástico Francesco Ruggeri de 1675 obtuvieron la máxima calificación en tan dura prueba. Es, además, un líder de gran calibre. Atento siempre a lo que acontece, su personalidad se aprecia sobrevolando permanentemente cada pieza y pasaje, lo cual, o puede ser muy bueno, o a veces no tanto. En cualquier caso, pocos casos hay de un instrumentista/director con tanto liderazgo sobre su conjunto.

   La Voce Strumentale, conjunto ruso conformado en 2011 por intérpretes rusos y europeos de la máxima exigencia artística, se presentó en un formato reducido, con una sección de cuerda de seis instrumentistas, además de un continuo ligero compuesto por chelo barroco, violone, laúd barroco y clave. Interesante, aunque no especialmente brillante, el concurso de Simone Vallerotonda en el concierto vivaldiano para laúd, que salvó por momentos, aun con una pulsación algo raquítica de sonido –a pesar de que el conjunto se encogió aquí a su mínima expresión, con solo un instrumentista por parte– y algunos problemas en los pasajes con digitaciones más exigentes. Mucho mejor en las labores de continuo –a pesar de la ausencia de graves del instrumento–, aportando colorido y refinamiento a partes iguales. Especial énfasis pusieron el chelo barroco y el violone, con pasajes repletos de energía y un punto casi de violencia, en interpretaciones que parecen seguir de cerca la línea del Vivaldi y el Händel más poderosos, a la manera de Il Giardino Armonico e incluso el Ensemble Matheus. Su sonido resultó muy pulido, bien equilibrado, con una sección de cuerda realmente espléndida –cualquiera de ellos podría ejercer de concertino– y una gran capacidad para sonar como uno, que por momentos logró un enorme impacto. Incuso en pasajes más delicados, como el concerto corelliano, supieron ofrecer una cara menos excesiva y más expresiva.

   El público cayó absolutamente rendido ante un espectáculo y una muestra de talento tan apabullante con una de las ovaciones más intensas que recuerdo en el Auditorio Nacional para un concierto de Barroco en los últimos meses. La lucha de talentos, aunque llevada con suma elegancia por ambos solistas, se vio unificada en los extras al programa, especialmente con el segundo de ellos, el dúo Vivo in te, del Tamerlano händeliano, en el que Lezhneva se unió a la voz de Sinkovsky, que además de un extraordinario violinista, tiene también una notables cualidades canoras como contratenor, ámbito en el que se ha formado en los últimos tiempos. El ruso ya había sorprendido al público ejecutando el eco –originalmente compuesto para el violín– en el aria Zeffiretti, che susurrate, del autor veneciano. En definitiva, un concierto de esos que se guardarán largo tiempo en la memoria de los asistentes, por suponer una intensa batalla, en la que desde luego todos salimos ganando. Personalmente disfruté ampliamente de uno de los conciertos más espectaculares que recuerdo en los últimos meses. Un éxito para el ciclo de conciertos de la UPM que hay que celebrar y reconocer.

Fotografía: Facebook La Voce Strumentale.

Autor:Mario Guada
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