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Crítica: La banda de Dave Weckl visita el ciclo «Villanos del Jazz» [Festival JazzMadrid]

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Autor: Juan Carlos Justiniano
25 de noviembre de 2021

En el marco más distendido que propone Villanos del Jazz, visitó Madrid la banda de un mítico de los sonidos más gamberros y salvajes del jazz, presentando un repertorio puramente eléctrico construido sobre complejas estructuras rítmicas, sobre melodías endemoniadas, dificilísimas, de inspiración en el bop, el funk o la música africana.

Un divertido ejercicio de estilo

Por Juan Carlos Justiniano
Madrid, 23-XI-21, Teatro Pavón. Ciclo Villanos del Jazz. Festival Internacional de Jazz de Madrid 2021. Dave Weckl & Tom Kennedy Project. Dave Weckl [batería], Tom Kennedy [bajo], Bob Franceschini [saxos] y Stu Mindeman [teclado].

   Parte de la política de salvación en un contexto tan cambiante y hostil a la música en directo del Festival de Jazz de Madrid ha consistido en tomar la decisión de, a partir de esta edición ya próxima a su fin, diversificarse. Así es como ha nacido el sugerente Villanos del Jazz. Con un nombre que alude a la identidad de la capital madrileña pero jugando conscientemente con sus connotaciones irreverentes, lo que se ha propuesto desde la dirección del festival madrileño pasa por «enterrar esa tan manida idea de que el jazz es un género noble, elitista» y poner el foco en que en la actualidad es un género que engloba todo tipo de públicos –buena parte de ellos incluso distantes–, así como una gran pluralidad de estilos bien heterogéneos. Y así, las sedes del Fernán Gómez Centro Cultural de la Villa, el Palacio de Cibeles y el rebautizado Centro de Cultura Contemporánea Condeduque albergan las propuestas más «convencionales» mientras que en el renacido Teatro Pavón (que, no olvidemos, cuenta con un bar que ayuda a que todo fluya más dinámicamente) se programan aquellas fórmulas jazzísticas menos ortodoxas junto a otras tantas que se inclinan a aquello que tu madre llamaba música ratonera.

   En este marco más distendido que propone Villanos del Jazz, el martes, en horario casi de sesión golfa (al menos para un martes prácticamente invernal), visitó Madrid la banda de un mítico de los sonidos más gamberros y salvajes del jazz, Dave Weckl. El estadounidense compareció en la capital junto a un cuarteto formado por su fiel bajista Tom Kennedy, el saxofonista Bob Franceschini y el teclista Stu Mindeman. Bajo el sobrenombre de Dave Weckl & Tom Kennedy Project se presentaron como una banda de fusión de libro. El cuarteto practicó ese sonido sintético tan identificable de la fusión de hace treinta o cuarenta años levantado sobre la propia sección rítmica, sobre la base del incombustible groove de Tom Kennedy y del propio Weckl.

   La banda presentó un repertorio puramente eléctrico construido sobre complejas estructuras rítmicas, sobre melodías endemoniadas, dificilísimas, de inspiración en el bop, el funk o la música africana. Concretamente interpretaron un programa conformado por temas propios (tanto clásicos como recién escritos), homenajes a los Yellowjackets de Robben Ford o a la estética de Jaco Pastorius con una lectura de «The Chicken» (partitura de Pee Wee Ellis pero inmortalizada por el bajista).

   No obstante, Dave Weckl no es tanta pirotecnia como pudiera parecer por el imponente set que montó en las tablas del Teatro Pavón: platos que se contaban casi por decenas y otros tantos timbales que la vista ni alcanzaba a ver ocultos por ese monumental edificio instrumental en el que habita el músico. Su estilo hasta cierto punto es contenido pero colorista. La elección instrumental de Weckl no tiene que ver, por tanto, con un afán de aturdir al oyente, más bien es herencia e inercia de un tiempo dominado por una fusión que fiaba su efectividad al despliegue instrumental. Y es que el baterista creció musicalmente en ese contexto, creció en la década de los ochenta y los noventas del pasado siglo y maduró en los proyectos eléctricos de Chick Corea (si bien a su vez formó parte de la Akoustic Band y se movió asimismo en los caminos más severos del jazz, del hard y el post bop haciéndolo de manera magistral). Desde entonces Dave Weckl ha alimentado la escuela de inspiración coreana (de Chick) y se ha convertido en una estrella de la batería y en uno de los exponentes más visibles de la fusión más recalcitrante habiendo cumplido apenas 61 años.

   Si Weckl es identificable por algún aspecto como músico y percusionista es por su exactitud e infalibilidad. Aunque suponga un desafío para la física, parece que el baterista es capaz de atrapar el tiempo y de hacerlo suyo en todas sus acepciones, en toda su amplitud etimológica incluyendo el sentido plenamente matemático del ῥυθμός como «simetría». Y es que, el baterista posee un instinto del ritmo completamente cerebral, numérico y fraccional (con sus pros y sus contras para una música que teniendo un pie en el jazz siempre exige espontaneidad y vuelo creativo). Esta maestría es la que literalmente ha hecho de él un baterista de bateristas que, por cierto, en cada concierto convoca a cientos de locos del instrumento. El martes no fue la excepción y una horda de bateras ocupaban las butacas del Pavón emulando los golpes de Weckl: aferrándose al charles, pintando toques de ride en el aire o practicando aquello del headbanging (por supuesto que Weckl tuvo ese gesto de complicidad, por supuesto que preguntó cuántos compañeros eran en la sala).

   A la salida del concierto se abrió un improvisado debate con un espontáneo que planteó por enésima vez «la cuestión de la fusión», situada siempre en un delicado equilibrio entre la desinhibición y el frenesí y caer en el cliché y en el estereotipo. Algunos defendimos que, pese a todo lo reprochable, que lo pudo haber, era más conciliador hablar de que lo que el martes se vivió en el Teatro Pavón no fue un cliché, sino un ejercicio de estilo. Más allá de que resultara más o menos fresca, la visita a Madrid de Weckl, Kennedy y compañía lo que fue es bastante divertida.

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