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Crítica: La Orquesta de Cámara «Musica Vitae» en las «Series 20/21» del CNDM, con estreno de Mauricio Sotelo

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Autor: David Santana
2 de diciembre de 2021

El maestro Mauricio Sotelo, compositor residente del Centro Nacional de Difusión Musical durante esta temporada 2021/2022, desembarcó en el ciclo Series 20/21 con una Gesamtkunstwerk, o en cristiano: una obra de arte total.

El concepto de obra de arte total de Mauricio Sotelo

Por David Santana | @DSantanaHL
Madrid, 29-XI-2021, Auditorio 400 del Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía. Centro Nacional de Difusión Musical [Series 20/21]. Sonatas de Domenico Scarlatti, preludios de Fryderyk Chopin y Red inner light sculpture, de Mauricio Sotelo. Orquesta de Cámara «Musica Vitae». Benjamin Scmid [violín], Fuensanta «La Moneta» [bailaora], Agustín Diassera [percusión]. Daniel Alfred Wachs [dirección].

   El maestro Mauricio Sotelo, compositor residente del Centro Nacional de Difusión Musical durante esta temporada 2021/2022 desembarcó en el ciclo Series 20/21 el pasado lunes con una Gesamtkunstwerk, o en cristiano: una obra de arte total.

   Desde esta misma poltrona nos hemos quejado numerosas veces del desinterés por tratar de dotar de sentido y unidad a ciertos programas del ciclo Series 20/21 en los que se parecían combinar casi con la misma aleatoriedad que proponía John Cage, piezas de los más variopintos estilos y épocas. Este parecía que iba a ser uno de esos casos, ¿qué podría acaso unir a Domenico Scarlatti, Chopin y Mauricio Sotelo? La respuesta nos la ofreció el propio maestro al comienzo del concierto: la tradición musical española y su influencia en la música académica.

   Aunque parezca increíble de creer hubo una época en la que la música que hoy denominamos folklórica y la académica no estaban tan distanciadas y, de hecho, hay culturas en las que esta mezcla se sigue dando con una mayor naturalidad que en la nuestra. En el caso de Scarlatti, es indudable que se dejó impresionar por el flamenco durante su estancia en España como parte del séquito de María Bárbara de Braganza, consorte de Fernando VI, y plasmó eso que hoy denominamos como paisaje sonoro en sus sonatas. En los arreglos para orquesta de cuerda que pudimos escuchar y a los que Sotelo se refirió como «una visión propia, no histórica, de Scarlatti» se apreció claramente la relación de acentos, ritmos y dinámicas que empujan esta música a unos extremos de tensión y distensión. En esto, precisamente, en el manejo de la tensión –que, por cierto, ejemplificaría también el baile de Fuensanta «La Moneta»– encontramos también otro punto de unión entre la obra del maestro napolitano y la de Sotelo.

   La Orquesta de Cámara «Musica Vitae» lidió sorprendentemente bien con el flamenco. El director Daniel Alfred Wachs supo plasmar todos los acentos y ritmos de los palos con una naturalidad y una gracia sorprendente, lo que no sé si dice más acerca del talento de los suecos para el arte andaluz o de la excelencia del arreglo de Sotelo. La orquesta estuvo, en general, bien cohesionada, solamente destacó –en esta ocasión para mal– el timbre de los violines primeros desapegado del resto de la agrupación en las dos primeras sonatas.

   Con el violinista Benjamin Schmid supieron funcionar aún mejor. El austríaco, además de destacar con su espectacular timbre –especialmente en los graves en los que logró un sonido oscuro más propio de una viola que un violín– y dominio de la línea musical; supo fundirse con la orquesta a la perfección mejorando la apreciación de un grupo firme y cohesionado en el que se permitía que el foco de atención se desplazase correctamente por los distintos instrumentos.

   Esto mismo se pudo apreciar aún mejor en la obra de Sotelo que cerró el concierto. Red inner light sculpture –y probablemente aquí el maestro no esté de acuerdo conmigo– suena como un collage de momentos musicales en los que se hace uso de todas las combinaciones posibles del material disponible: percusión y bailaora, orquesta y violín, bailaora y violín, orquesta y percusión... se van sucediendo en una obra provocadora y divertida en la que los palos flamencos sirven para dar cohesión a las diferentes escenas de esta gran obra en la que los intérpretes se sumergen de lleno, en especial gracias al añadido visual que supone la introducción de una bailaora que, además supo relacionarse con gran complicidad con la percusión de Agustín Diassera y el violín de Schmid mediante miradas y movimientos que abrazaban a los músicos, dando lugar a una verdadera fusión entre las diferentes doctrinas artísticas.

   Y así volvemos al concepto de obra de arte total que, probablemente en este caso, no obedece a lo que imaginaba Richard Wagner y, no obstante, sigue siendo el mejor término para resumir un programa de más de una hora en el que Mauricio Sotelo supo reunir en torno al flamenco piezas de diferentes estilos y épocas y crear una única gran obra desde la salida de los músicos hasta el silencio final.

Fotografías: Rafa Martín/CNDM.

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