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Crítica: La Orquesta de Córdoba y Carlos Domínguez-Nieto interpretan la «Quinta» de Bruckner

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Autor: José Antonio Cantón
13 de octubre de 2021

Adentrándose en su contenido, Carlos Domínguez-Nieto ha querido reflejar ese carácter religioso que se le ha atribuido a esta obra que ha llegado a ser apodada como la Sinfonía de la Fe.

Hermeneútica dirección de Bruckner

Por José Antonio Cantón
Córdoba, 7-X-2021, Gran Teatro de Córdoba. Quinta Sinfonía de Anton Bruckner. Orquesta de Córodoba (OC). Director: Carlos Domínguez-Nieto.

   Con esta sinfonía son ya cuatro las que ha dirigido el maestro Domínguez-Nieto del gran sinfonista austriaco Anton Bruckner con la Orquesta de Córdoba [OC], lo que demuestra su interés y entendimiento por este compositor más allá de los pentagramas, hasta esa dimensión estética de querer comunicar esa realidad arquitectónica de su música, que llega a proporciones realmente imponentes, siempre con la intención de llevar la tonalidad a sus máximos límites expresivos, utilizando amplias estructuras como representación de ideas autónomas alejadas de cualquier tipo de programa poemático, pretexto inspirativo de la creación musical descriptiva para orquesta que fue imponiéndose en su tiempo, que a la postre resultó ser un primigenio síntoma del agotamiento del romanticismo por expansión, y que seguramente llegó así a los confines de su extrema significación con las grandes orquestaciones de Richard Strauss y Gustav Mahler.

   Adentrándose en su contenido, Carlos Domínguez-Nieto ha querido reflejar ese carácter religioso que se le ha atribuido a esta obra que ha llegado a ser apodada como la Sinfonía de la Fe, por la latencia de su enigmático tratamiento desde el inicio del primer movimiento, aspecto que quiso remarcar el director logrando una uniformidad rítmica en el pizzicato de la cuerda, rompiendo en cierta medida con la severidad y rigidez con las que se ha calificado demasiado a esta sinfonía en comparación con los bucles y trémulos románticos de la cuarta. La introducción al Allegro ya marcaba el tratamiento que habría de dar a toda la obra, profundizando en la mística de dicho preámbulo al justificar así ese carácter para-religioso de la composición y llegar a acentuar esa especie de liberación que representa el coral del metal antes del allegro, segunda parte de este movimiento que dinamizó en su conclusión con determinante brillantez.

   La simetría estructural que requiere el consecuente Adagio la respetó absolutamente desde un pulso que imprimía ese sentido de lírica serenidad que necesita su exposición, que fue siempre clara en la distinción de las diferentes formulaciones rítmicas, melódicas y armónicas que en él se suceden. La orquesta se percibía altamente concentrada en poder ofrecer la mantenida tensión que emitía la figura del maestro, en un constante estado de anticipación a la aparición y desarrollo de cada compás. El aire lento de este tiempo permitía que pudiera percibirse ese máximo control del director que se materializaba en un constante sentido de pausada anacrusa.

   Del planteamiento que hizo del Scherzo hay que destacar la delicada y detallista progresión que le imprimió a su trío, mostrándolo con una sensibilidad que dejaba patente el trabajo minucioso de la orquesta, para llegar a tal grado de expresividad antes del nervio que transmitió en la coda, pasaje en el que la cinética del director se manifestaba como un nexo de relaciones perceptibles en la imaginación del oyente, habitualmente e inconscientemente contaminado «acusmáticamente» –la sequedad acústica del Gran Teatro no favorece la expansión sonora que requiere Bruckner–, entre la estructura musical y la meticulosa articulación gestual que transmitió en su exposición.

   Del cuarto movimiento fue muy destacada la dirección que hizo de la doble fuga de su parte central, estimulando a la OC a desarrollar un ejercicio de conjunción verdaderamente notable que dejaba la sensación de una disciplina propia de un grupo de cámara ampliado, antes del apoteósico sentido que quiso dar a la coda final, fijando la intensidad de su extrema dinámica en los metales del último coral, sección instrumental especialmente felicitada durante el gran aplauso final. La fluidez de voces encontradas de la conclusión de esta idiomática Quinta, que el mismo compositor definía como «su obra maestra de contrapunto», fue digna de admiración ante los medios de instrumentación disponibles. Un signo más que justificaba con creces la calidad del trabajo realizado en ensayos y  montaje.

   La conclusión más determinante de esta interpretación es que ha sido posible poder admirar una vez más el compromiso hermenéutico de Carlos Domínguez-Nieto cuando se sitúa ante la figura de Bruckner, entendido éste como un epílogo del Romanticismo musical, paradójicamente dotado de una personalidad creativa única en la historia del sinfonismo. Tal pretensión la alcanzó en este primer concierto de temporada de abono de la Orquesta de Córdoba, formación que se percibe como crece en compromiso e identificación con las propuestas estéticas y técnicas de su director titular.

Fotografía: Paco Casado/OC.

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