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Crítica: La Orquesta Sinfónica de Castilla y León interpreta la «Quinta» de Mahler, bajo la dirección de Mihhail Gerts

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Autor: Mario Guada
1 de marzo de 2021

Una versión significativa que pedía público

Por Agustín Achúcarro
Valladolid, 26-II-2021. Auditorio de Valladolid, Sala Sinfónica Jesús López Cobos. Temporada de la OSCyL: Ciclo Invierno. Sinfonía n.º 5, de Gustav Mahler. Orquesta Sinfónica de Castilla y León. Mihhail Gerts, director. Presentación del concierto, Héctor Matesanz.

   Resuena en la mente el sonido inicial de la sinfonía en la fanfarria de la trompeta, escalofriante en una sala vacía, interpretada por un músico como Roberto Bodí, que se encuentra en su plenitud artística. Dejó en la Sala Jesús López Cobos un eco, que no suele ser el habitual cuando hay público, que multiplicó el estremecimiento. De alguna forma este comienzo y toda la interpretación que de la obra de Mahler hizo la Sinfónica de Castilla y León bien puede dar pie al análisis de la actual situación. Una obra que se programó para ser tocada con público en la sala y que volvió a verse sometida a los límites del streaming por mor de la pandemia. Y no solo, pues la Sinfónica de Castilla y León vive una situación extraña, con su sede cerrada, y con la hipotética posibilidad de tocar a escasos dos kilómetros, en el centro de la misma ciudad con público, o hacerlo en otros auditorios de la Comunidad que sí que están abiertos. Una situación que al tiempo que afecta a la orquesta –se reseña aquí a todos los trabajadores de la misma– la engrandece por el esfuerzo que hicieron y lo que consiguieron. 

   Al frente de la Sinfónica no pudo estar Andrew Gourlay. Lo impidieron las circunstancias que se viven con la pandemia, por lo que sustituyó al que fuera el último director titular de la OSCyL, Mihhail Gerts. El  joven director puso coherencia y equilibrio y supo encauzar toda la energía de la sinfonía, atento tanto a los grandes pasajes en fortísimo como a los momentos más camerísticos, con un cuidado especial en los balances, la fluctuación entre tonalidades, la tímbrica y los tiempos, y conseguir que el desarrollo de la obra tuviera una lógica. Además contó con una Orquesta Sinfónica de Castilla y León conocedora y comprometida con la obra de Mahler.

   Y volviendo a  la intervención del trompeta, estuvo magnífico, ya fuera solo o sometido al empuje de la orquesta, siempre adecuándose a lo que se le exigía, decayendo o mostrándose pujante. Un movimiento que también contó con la expresividad de la cuerda, con la melodía de los violonchelos, los episodios contrastantes, los pasajes que conducen al clímax, o el decrescendo en el que vuelve a sonar la trompeta hasta quedarse sola.

   El segundo movimiento se movió precisamente en torno a las indicaciones que solicita el compositor: Tempestuosamente movido. Con la mayor vehemencia. Hubo en este tiempo una sensación de que se alcanzaba el máximo y sin embargo la orquesta volvía en oleadas a la carga para superar esa tensión y crear todavía más. De hecho, se consiguió ese efecto tan contrastante con el siguiente movimiento.

   En el Scherzo conjugaron no pocos elementos, desde la llamada de la trompa, los pizzicatos de la cuerda, el aire desenfadado, en un movimiento plagado de estímulos sonoros que surgieron magníficamente. El Adagietto contó con una cuerda nítida y un arpa que con su sonido envolvente potenció el ambiente creado, incluido el dramático giro, que caminó en un ascenso de intensidad, y al que orquesta y director le dieron una articulación y acentuación que contribuyeron a potenciar un canto de amor sin amaneramientos.

   El Finale se manifestó con toda su estructura contrapuntística, a reseñar el carácter imprimido al fugado de las cuerdas y la manera en la que se va uniendo el resto de la orquesta, que fue ganando en complejidad.    

   Una gratificante interpretación en la que Mihhail Gerts mantuvo la ya señalada capacidad para equilibrar toda la energía, los contrastes y el continuo fluir de la música, tanto en los momentos más agrestes como en los más delicados.

   A reseñar también las intervenciones de todos los solistas, que se unieron  en su acierto al citado trompeta, con un José Miguel Asensi formidable como trompa solista.

   Y a pesar de lo dicho, consciente de la tremenda subjetividad de lo que se afirma, se echó de menos la presencia del público, de tal forma, que posiblemente con ellos se hubiera conseguido llegar más lejos.  

   Esperemos que la pandemia dé una tregua, y las autoridades culturales permitan que el próximo concierto sea con público, para así cumplir con el débito que se ha contraído con la música, el público y el Auditorio de Valladolid.

Fotografías: OSCyL.

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