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Crítica: «La pasión griega» de Bohuslav Martinu en la Ópera Janacek de Brno

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Autor: Pedro J. Lapeña Rey
14 de abril de 2022

Impactante producción de Jiri Herman de la última ópera de Martinu, de rabiosa actualidad

«La pasión griega» de Martinu en la Ópera Janacek de Brno

Impactante producción

Por Pedro J. Lapeña Rey
Brno, 10-IV-22, Národní divadlo Brno. La pasión griega (Bohuslav Martinu) (versión de Zurich). Peter Berger (Manolios), Pavla Vykopalová (Katarina), Jan Šťáva (El padre Grigoris), David Szendiuch (El padre Fotis), Ondřej Koplík (Yannakos), Jiří Miroslav Procházka (Kostandis), Andrea Široká (Lenio), Petr Levíček (Panait). Orquesta y coro del Teatro Nacional Janáček de Brno. Dirección Musical: Robert Kružík. Dirección de escena: Jiří Heřman

   Hay tardes que te reconcilian con la Ópera, y la del domingo fue una de ellas. Representación de una obra muy poco programada -lamentablemente-, con un elenco de notable nivel, en una producción que respeta lo que indicó el compositor. Parece mentira que tengamos que destacar esto, pero en un tiempo en el que una gran parte de los directores de escena campan a sus anchas quitando y poniendo aquí y allá, cambiando las obras a su antojo, reinterpretando escenas, etc., es reconfortante ver una obra comme il faut. Sobre todo, cuando es la primera vez que te acercas a ella. 

   Jiří Heřman, director artístico de la Ópera Janacek de Brno y responsable de la puesta en escena, nos presenta una producción de La pasión griega del compositor checo Bohuslav Martinu acorde a las indicaciones del libreto, tal y como la haríamos cualquier amante del género que no somos iluminados. Y no, no hay cartón piedra, ni es viejuna, no. Tampoco es SCR, porque lamentablemente, más de 60 años después de su composición y de la muerte del compositor bohemio, la última de sus 16 óperas, no ha entrado aún de lleno en las grandes casas de ópera. Es una producción simbólica, de fuerte carga emocional, con unos decorados simples pero muy efectivos a cargo de Dragan Stojčevski, un vestuario contemporáneo de Alexandra Grusková bastante apropiado para no perderte en la enorme cantidad de intérpretes -17 personajes más dos grandes coros que representan cada uno a los dos pueblos griegos enfrentados- y una excelente iluminación que resalta las virtudes del conjunto. En fin, una tarde de ópera de las de antes, sin videos, ni coreografías extrañas, ni libro de instrucciones para entender lo que alguien se ha inventado en el escenario. Puro teatro, pura ópera donde la excelente e impactante música de Bohuslav Martinu es la auténtica estrella. Como debe ser.

«La pasión griega» en Brno

   Programada inicialmente para el otoño de 2020, en el marco de la séptima edición del Festival Janacek, la Ópera de Brno quería conmemorar un doble aniversario: el 130º aniversario del nacimiento del compositor en la ciudad bohemia de Polička, y el 60º de su muerte en las afueras de Basilea, cerca de su benefactor Paul Sacher. La pandemia obligó a retrasar el estreno hasta el pasado 5 de noviembre, siendo ésta la sexta representación desde entonces.

   La pasión griega tiene una trama de rabiosa actualidad. No solo porque estamos en Semana Santa, momento en el que los habitantes de la villa griega de Lycovrissi representan la pasión y muerte de Jesucristo, sino porque el fondo de la trama se repite con frecuencia a lo largo de la historia, y mas en estos meses. En el marco de la Guerra greco-turca posterior a la Primera Guerra Mundial, los refugiados de un pueblo griego saqueado por los turcos llegan a Lycovrissi de la mano de su clérigo, el Padre Fotis. Allí piden ayuda y asilo, pero las fuerzas vivas locales encabezadas por el Padre Grigoris se lo niegan airadamente y les obligan a buscar refugio en las montañas cercanas. Solo varios lugareños, que han sido nominados para participar en la representación de la pasión en la Pascua del año siguiente (Manolios-Jesucristo, Katarina-María Magdalena, Yannakos-Pedro, Kostandis-Juan, o Panait-Judas), les ayudan ya que conscientes de los papeles que van a representar, se meten en ellos desde la nominación, y cada día que pasa van siendo conscientes de lo que significa ayudar a los que lo necesitan. A partir de ahí, Martinu describe de manera impresionante la historia de una sociedad que es manipulada y fanatizada. ¿Les suena? El enfrentamiento crece de tal manera que Manolios, el encargado de representar a Cristo, es asesinado por sus propios vecinos, reviviendo su sacrificio dos mil años después. 

   El propio Martinů conocía de lo que hablaba, ya que, él mismo había sido un trotamundos toda su vida y había experimentado el trágico destino de un refugiado. En 1940, tuvo que salir por piernas de la Francia ocupada rumbo a los EE. UU. donde vivió una de sus fases más creativas y exitosas como compositor. A su regreso a Europa en la década de los 50, coincidió en la Riviera francesa con el famoso escritor griego Nikos Kazantzakis, autor entre otras de Zorba, el griego o de La última tentación de Cristo. Poco antes, éste había terminado su novela Cristo de nuevo crucificado

«La pasión griega» de Martinu en la Ópera Janacek de Brno

   El conmovedor mensaje humanista sobre el poder de la fe conmovió profundamente a Martinu, y de su mente empezó a fluir una música intensa y atractiva que bebe de su Bohemia natal, de las masas corales de la Grecia donde sitúa la ópera, y del neoclasicismo stravinskiano que absorbió en sus años franceses. El primer problema de envergadura al que se enfrentó fue el resumir las cerca de 400 páginas de la novela de Kazantzakis, a un libreto normal. El trabajo de suprimir personajes, decidir los pasajes a incorporar, o de simplificar tramas fue complejo. Pero no se arredró y a instancias del mítico director checo Rafael Kubelik, en aquellos años director musical del Covent Garden londinense, Martinu deja lista la obra en 1957. Sin embargo, la intromisión de la política en el arte viene de lejos, y tras cierto ruido de fondo con músicos británicos, entre otros Arthur Bliss y Thomas Beecham, la obra cayó del cartel, y poco después, el propio Kubelik abandonó su puesto para recalar en Munich y darnos veinte años gloriosos al frente de la Orquesta de la Radio Bávara. Por su parte, Martinu revisó la obra en profundidad, creando una segunda versión donde mejoró el libreto en inglés, refinó texturas orquestales, y suprimió y reorquestó diversas escenas. Una de las modificaciones mas trascendentes afectó a la escena posterior al asesinato de Manolios, donde la conjunción de solistas y coros es impresionante. Esta segunda versión se estrenó por fin en la Ópera de Zurich en 1961, y es la que hemos visto en Brno. 

   Como hemos mencionado anteriormente, Heřman y su equipo dan en el clavo. El elemento central es la música del compositor y no ha necesitado crear ni campos de refugiados ni bombardeos innecesarios. Se ha centrado en el mensaje implícito de la obra. Su dirección de actores es excelente y nos hace vivir la transformación de Manolios, Katarina o Yannakos en los papales que deben interpretar en la Pasión: Jesucristo, María Magdalena o Pedro. Y crea un Padre Grigoris, el clérigo de la villa, aun más duro y despiadado de lo que puedas imaginar. Los movimientos de masas son importantes cuando se pueden llegar a juntar más de 70 personas en el escenario, por lo que Heřman, que conoce bien la casa, utiliza los pasillos del patio de butacas o alguno de los palcos como escenarios adicionales. 

   La escenografía de Dragan Stojčevski es clara y sencilla. Una enorme campana situada en la parte posterior del escenario nos recuerda que la Iglesia ortodoxa es el auténtico poder fáctico. Una estructura que desciende del techo en el que van apareciendo mas árboles y pequeñas casas nos muestra como la población de los refugiados va creciendo. Muy visual. Muy impactante. El vestuario de Alexandra Grusková diferencia a los refugiados, todos de negro, de los habitantes de Lycovrissi, con vestuario convencional.

   La dirección musical del joven Robert Kružík fue de altos vuelos. De gesto tranquilo y sereno, su lectura mostró brío, buena concertación y acentos incisivos, destacando un refinamiento tímbrico exquisito, transparencia cristalina y un proverbial cuidado de detalles. Acompañó a los cantantes de manera ejemplar, y dejó momentos para el recuerdo como el interludio de entrada al segundo acto, o la impresionante muerte de Manolis. Mención especial para las masas corales donde al Coro de la Ópera se le sumaron los efectivos del Coro Académico Checo y del Coro de Niños de Brno. Todos ellos crearon otro de los momentos estelares de la tarde cuando ambos coros-pueblos se separan cantando In the name of the Lord. Tanto los que rechazan como los que buscan refugios, se amparan en el nombre de Dios. Cuantas tropelías se hacen en su nombre.

   El elenco vocal mantuvo una gran solvencia. De los cuatro papeles principales, el tenor eslovaco Peter Berger mostró una voz de fuste, bien proyectada y con un timbre luminoso, aunque no particularmente bello. Su registro grave está desguarnecido pero el centro tiene entidad, y sus agudos son penetrantes. Sin embargo, más que por su voz, Berger destacó por la creación de un Manolios-Jesucristo cautivador, que se va transformando a lo largo de la obra, según se va metiendo mas y mas en el personaje de Cristo, convirtiéndose en un fenómeno de masas al que hay que eliminar.

   Notable igualmente fue la Katarina-María Magdalena de Pavla Vykopalová, de quien destacamos su capacidad para mostrar distintos matices y acentos. Solvente técnicamente, su registro central es suficiente y su agudo brillante y cristalino. De los dos clérigos destacó el Padre Fotis de David Szendiuch, de voz broncíneas, y de canto noble y reposado, siempre impactante, sobre el Padre Grigoris de Jan Štáva, engolado sobre todo en un primer acto que le costó bastante. Mas centrado y menos exigido a partir del segundo, mejoró notablemente su prestación. 

   El resto de los personajes mantuvo un nivel notable en papeles no exentos de dificultad, sobresaliendo la Lenio de la soprano Andrea Široká, de voz atractiva y luminosa. También destacables el Yannakos de Ondřej Koplík, el Kostandis de Jiří Miroslav Procházka, y el Pamait de Petr Levíček.

   La respuesta del público fue acorde a lo que habíamos experimentado. Éxito total y absoluto, con vítores especiales para Peter Berger, Pavla Vykopalová, el director Robert Kružík y a los miembros de los tres coros. Cuando un cuarto de hora después salíamos del teatro, aun seguíamos estremecidos por la escena final, en la que un despiadado Padre Grigoris enseñaba el camino de salida a los refugiados, a la vez que les echaba una supuesta agua bendita con su hisopo, mientras varios de ellos se desplomaban en el suelo muertos de hambre.

Fotos: Janacek-Theater/Marek Olbrzymek

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