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[C]rítica: La Ritirata ofrece sus «Conciertos napolitanos» en el ciclo «Música en el Paular: Silencios» de Cultura/Turismo Comunidad de Madrid

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El magnífico conjunto español, que celebra sus diez años de historias, ofreció una exquisita velada, protagonizada por algunos de los más hermosos conciertos napolitanos para instrumentos solistas.

Evviva Napoli!

Por Mario Guada | @elcriticorn
Rascafría [Madrid]. 25-XI-2018. Real Monasterio de Santa María de El Paular. Cultura/Turismo Comunidad de Madrid [Música en el Paular: Silencios]. Neapolitan Concertos. Obras de Alessandro Scarlatti, Nicola Porpora, Francesco Durante, Francesco Mancini y Nicola Firenza. Tamar Lalo [flauta de pico] • Josetxu Obregón [violonchelo barroco] • Daniel Oyarzabal [clave] • La Ritirata | Josetxu Obregón.

En general, los napolitanos no han inventado instrumentos musicales ni géneros, pero al asimilarlos desde el exterior a menudo los han llevado al más alto nivel de perfección.

Dinko Fabris.

   Si existió una ciudad europea en el siglo XVIII que exudara música por cada rincón, esa es sin duda Napoli. Se trata de una de las ciudades históricamente más ligadas a la música, ya desde la Edad Media, pero especialmente a partir de su pertenencia a la Corona de Aragón en 1442, bajo el reinado de Alfonso V –I de Napoles– «el Magnánimo». Con su pertenencia al Virreinato de España, a partir de 1503 y hasta 1707, y con su adhesión al reinado de los Austria entre 1707 y 1734, la historia de esta caótica, pero luminosa ciudad, no puede comprenderse en su totalidad sin prestar a tención a los compositores e intérpretes que se formaron en sus numerosos centros de enseñanza musical, sin duda de entre los más avanzados del mundo en aquel momento. El programa presentado aquí por La Ritirata, como tercero de los conciertos del ciclo Música en El Paular: Silencios –que organiza Cultura/Turismo Comunidad de Madrid–lleva por título Neapolitan Concertos, pues se trata del mismo programa que fue registrado en disco –para el sello Glossa– en 2017. Los protagonistas de la velada son, básicamente, los mismos que llevaron a cabo la grabación –eliminando un violín y un violonchelo, y modificando algún intérprete–, al igual que los compositores sobre los que se puso el foco en su día para este registro fonográfico –excepción de un concierto para violín de Firenza y el concierto para dos claves de Pergolesi que aquí no se interpretaron–.

   Pero volviendo por un instante a la historia musical de Napoli, dice el gran especialista –napolitano de pro, a la vez que autor de la voz «Naples» en The New Grove Dictionary of Music and Musicians– Dinko Fabris que «además de la Casa dell'Annunziata, había cuatro instituciones principales especializadas en música. El más antiguo era el Conservatorio di Santa Maria di Loreto, fundado en 1537 por el español Giovanni di Tapia. […] El éxito del Conservatorio di Loreto bajo el magisterio de Francesco Provenzale fue tal que en 1667 se cerró a nuevos alumnos, ya que la capacidad había excedido los 100. Durante un solo mes, en 1689, Alessandro Scarlatti aceptó el puesto [de maestro di cappella], y durante el siglo XVIII aparecen en las listas algunos músicos eminentes: Francesco Mancini, Giovanni Fischietti, Nicola Porpora Francesco Durante, Gennaro Manna, Pietro Antonio Gallo y Fedele Fenaroli.» Y esta pléyade de magníficos compositores únicamente en uno de los cuatro grandes conservatorios; sirva para hacerse una idea de la magnífica fertilidad musical de la ciudad. Tres de los nombres que aparecen en esa breve lista son algunos de los autores que protagonizaron el presente concierto. Comenzando por el maestro Alessandro Scarlatti (1680-1725), patriarca de la magnífica saga musical napolitana, de quien se interpretó su Concierto en Do mayor para flauta, dos violines, violonchelo y bajo continuo, un concierto que presenta la estructura en cuatro movimientos más típicamente napolitana –alejada de la estructura veneciana de los conciertos solistas, ya en tres–, además de una interpolación entre los instrumentos que más parece acercase a un concerto a quattro que a un concierto solista, dado que la flauta de pico presente un papel protagonista, desde luego, pero dialoga de forma muy intensa con los dos violines y el violonchelo –magnífica su Fuga del segundo movimiento, así como la intensidad de su Adagio subsiguiente–.

   Nicola Antonio Porpora (1686-1768) es sin duda uno de los maestros napolitanos de mayor proyección en su momento, merced a su carrera como operista y profesor de canto –bien conocida es su pugna con Händel por lograr el triunfo operístico en la capital londinense–. De su escasa producción instrumental –más aún en comparación con su catálogo operístico, pero también con el de las serenatas, cantatas de cámara e incluso el de la música vocal sacra– se ha escogido aquí una hermosa Sinfonía en Do mayor para violonchelo, violines y bajo continuo, cuyo Amoroso inicial se encuentra probablemente entre los movimientos más hermosos para violonchelo y orquesta de todo el Barroco europeo. La genialidad de Porpora para crear melodías –para mí es, junto con el alemán [que pasó algunos años de su juventud en Napoli] Johann Adolf Hasse y otros autores napolitanos como Leonardo Vinci y Leonardo Leo, uno de los grandes «melodistas» [en el mejor sentido del término] de todo el XVIII– queda patente de forma absoluta en esta obra. Aquí el término Sinfonia puede atribuirse con esa acepción de música para conjunto instrumental, en la que puede existir o no un solista, a pesar de que es claro que el chelo es el instrumento solista en este caso, de nuevo con esa estructura en cuatro movimientos, sin parte de viola y con los dos violines en unísono, incluso en muchos pasajes con el chelo sustentado únicamente por el continuo. También con el chelo como solista se presentó el penúltimo concierto de la velada matinal, el Concierto en Re mayor para violonchelo, dos violines y bajo continuo de Nicola Fiorenza (c. 1700-1764). Violinista de la Capilla Real napolitana, compositor y profesor de cuerda en uno de los conservatorios de la ciudad, no es, desde luego, uno de los autores más conocidos de esta escuela. Su música se ha conservado, en gran medida, gracias a los manuscritos albergados en el Conservatorio di San Pietro a Majella, que albergan la mayor parte de si obra, consistente en quince conciertos para varias combinaciones de instrumentos y nueve sinfonías –muchos de ellas contienen solos importantes para instrumentos de cuerda o viento y se acercan, de nuevo a esa categoría del género concertístico–. Dada su enorme calidad, como se demuestra en este concierto –que presenta pasajes altamente idiomáticos y virtuosísticos [su Allegro ma nos presto final revela una importante imaginación en cuanto a su tratamiento temático], así como movimientos lentos de una notable hondura y belleza–, Fiorenza debe ser tenido muy en cuenta en cuanto a lo que el desarrollo del concierto y la sinfonía en el sur de Italia durante la primera mitad del siglo XVIII se refiere.

   Quedarían únicamente dos protagonistas más, siendo el primero de ellos Francesco Durante (1684-1755), autor de notable fertilidad creativa, más conocido también por su catálogo de música vocal, especialmente operística, que por la instrumental, la cual se reduce a unas pocas obras para conjunto, además de una notable aportación a la música para tecla. De él se interpretó su interesante Concierto para clave en Si bemol mayor –que no se ha grabado en el mencionado disco–, que se acerca más en concepto al concierto veneciano, ya en tres movimientos y con esa estructura de alternancia entre ritornelli y solos tan característica del mismo. Por otro lado, el tratamiento de algunas melodías y motivos presentan importantes dejes napolitanos, con ciertas resonancias a Pergolesi.

   El último de los compositores representados fue, por partida doble, Francesco Mancini (1672-1737), otro gran representante de la ópera y el oratorio napolitanos, del que se escogió una de sus obras concertísticas, el Concierto n.º 13, en Sol menor, para flauta, dos violines, violonchelo y bajo continuo, de nuevo con estructura en cuatro movimientos, escritura a tres partes, sin viola, y con las partes de los dos violines independientes. Una obra de carácter, importante virtuosismo y una escritura orquestal cálida y luminosa, que sirvió como cierre de este magnífico concierto. La otra obra de Mancini, su Sonata en La menor para flauta dulce y continuo, sirvió como breve inciso entre los conciertos con el que los miembros de La Ritirata quisieron celebrar su 10.º aniversario, interpretando la que fue una de las primeras piezas que tocaron en sus inicios como ensemble.

   Un magnífico y hermoso repertorio –el Barroco napolitano tiene algo muy especial, quizá ese tratamiento melódico que llega de forma tan directa al oyente, además de ese carácter tan luminoso, sin duda fruto de una manera de vivir esa ciudad tan mediterránea–, que fue servido a las mil maravillas por un conjunto que se encuentra, desde hace varios años, entre lo más destacado de la interpretación históricamente informada en España. Alabar a La Ritirata por su labor en el Barroco italiano, pero también por sus magníficas incursiones en el Clasicismo, es poco menos que una obviedad; pero nunca sobran estos reconocimientos a una labor bien hecha. El conjunto, aún en su mínima expresión –con un instrumentista por parte–, suena esplendoroso, con una capacidad de adaptación de cada una de las líneas al todo que no siempre es tan fácil de encontrar. La labor solista, huelga decirlo, logró la excelencia en todos los casos, no obstante, estamos ante tres de los mejores intérpretes españoles en sus respectivos instrumentos. Tamar Lalo es una magnífica flautista de pico, pues logra conjugar de manera muy natural el virtuosismo con la belleza sonora –quizá en algunos pasajes con un poco menos de limpieza de lo deseable–, dotando a su línea de un carácter preciso, con articulaciones bien perfiladas y una concepción del legato muy interesante, pero del que sabe huir cuando conviene –caso del Allegro Spiccato en la sonata de Mancini–. Poco se puede decir de Daniel Oyarzabal que no sepa a estas alturas. Tener a un teclista de este nivel es un lujo para España, no solo porque es capaz de acometer una enorme cantidad de retos desde la más absoluta excelencia, sino que se alza como un clavecinista y organista de entre los más capaces de su generación en el mundo. Su labor como continuista es, quizá junto a la de Alfonso Sebastián, la más solvente y resolutiva de cuantas pueden encontrarse; pero además es capaz de acometer un concierto a solo con una inmensa capacidad e inteligencia, como demostró sobradamente en el concierto de Durante, tanto en el tratamiento armónico como en la resolución de los diversos temas que conforman los tres movimientos, especialmente los extremos.

   Josetxu Obregón merece un capítulo aparte, no solo por ser uno de los más exquisitos violonchelistas barrocos de la actualidad, sino por su labor al frente del conjunto. Es cierto que rara vez se verá a Obregón dirigir a su conjunto en escena –suele ser una labor conjunta, en muchos casos dominada por el solista de turno o por el concertino–, pero sí es responsable de lo que pasa en escena con esa parte del trabajo tan fundamental como desconocida, la que en los ensayos en los nacimientos de los proyectos. Magnífico en sus dos obras a solo [Porpora y Fiorenza], porque su mano izquierda es tremendamente sutil, con un uso inteligentemente selectivo del vibrato, y la derecha es todo lirismo con el arco, pero también energía muy bien gestionada en los pasajes de mayor virtuosismo.

   El resto del conjunto, conformado aquí por los violines barrocos de Hiro Kurosaki y Pablo Prieto –que logran siempre un excepcional resultado en las partes a unísono [donde se ve de verdad el trabajo que hay detrás]–; además del violone del joven, pero ya totalmente establecido como uno de los grandes de la cuerda grave en este país, Ismael Campanero –siempre muy coherente y equilibrado en el continuo, doblando con total garantía el chelo y sabiendo aportar el balance sonoro adecuado en cada momento–; y la tiorba de Pablo Zapico –que elaboró un continuo imaginativo, pero sin excesos, adaptando además su sonido a la perfección a cada momento, dejando para el recuerdo algunos momentos muy evocadores en su acompañamiento–. Sin duda uno de los grandes conjuntos españoles del momento, y un nuevo acierto para Pepe Mompeán en este nuevo ciclo de la Comunidad de Madrid, que promete establecerse como uno de los fundamentales para la temporada. Un concierto al mes, que de momento logra la excelencia absoluta, en un entorno maravilloso, que ofrece muchas otras exquisiteces. Volveremos…

Autor:Mario Guada
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