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Crítica: La Tempestad interpreta joyas del XVIII italo-español en León

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19 de febrero de 2015

El conjunto español presenta un programa novedoso y realmente interesante, con música que une lo español y lo italiano de los siglos XVIII y XIX, en un concierto que destacó por la calidad de algunas piezas y la de sus solistas, pero que terminó haciéndose algo largo ante los constantes cambios de la formación en el escenario.

EL ESTUDIO MERECIÓ LA PENA

Por Mario Guada

18-II-2015 | 20:30. León, Auditorio Ciudad de León. XI Ciclo de Músicas Históricas. Entrada 10 €uros. «Para la oposición que se ha de executar…» Virtuosismo instrumental en el entorno de Carlos III y Carlos IV: da Nápoles a Madrid. Obras de Francesco Corselli, Domenico Scarlatti, Manuel Narro, Francesco Federici, José de Juan y Martínez, Manuel Cavaza y Giovanni Battista Pergolesi. La Tempestad | Silvia Márquez.

   Vaya por delante mi felicitación, antes que nada. Una felicitación bien merecida, porque presentar un programa como el que el público de Madrid –estreno del programa en el Auditorio Nacional de Música el día 17– y el de León han podido presenciar en sendos conciertos es algo que no se ve todos los días, de hecho apenas se ve. Y es que bajo el largo y descriptivo título de «Para la oposición que se ha de executar…» Virtuosismo instrumental en el entorno de Carlos III y Carlos IV: da Nápoles a Madrid se programaron una serie de obras de autores, en algunos casos, tan talentosos como desconocidos. Un programa que en su versión primigenia se basaba en las sonatas y la música que se componía para ser interpretada en las oposiciones de la Real Capilla por los aspirantes a una plaza en la institución, que tenía como base la tesis doctoral llevada a cabo por Judith Ortega. Posteriormente, Antonio Moral, director del Centro Nacional de Difusión Musical, solicitó al conjunto que establecieran una conexión dentro de esa línea con Napoli, y es así como finalmente nace este variado y sorprendente programa, que supone, sin duda, todo un hito dentro de la programación estatal de la presente temporada.

   Un programa que transitaba especialmente por la segunda mitad del siglo XVIII, llegando incluso en dos ocasiones hasta el siglo XIX. Se abrió la velada con música de Francesco Corselli [1705-1778], uno de los autores italianos que más y mejor representó a su país en la corte borbónica en Madrid, a la que llegó en 1734, y en la que sirvió a tres de los reyes de la dinastía: Felipe V, Fernando VI y Carlos III. De él se interpretó su Concertino a quattro en re mayor [1770], exquisito ejemplo de su producción instrumental casi inexistente –solo se conservan esta pieza y una serie de 7 sonatas–, en tres movimientos, de claros tintes italianizantes y con un toque galante, aunque todavía escrito en un lenguaje bastante barroco. Se hizo una interpretación orquestal, aprovechando la práctica habitual en la época de sumar instrumentos a las líneas concebidas en un principio como solistas.

   A continuación hizo su aparición Domenico Scarlatti [1685-1759], uno de los dos ejemplos de afamados compositores del programa –napolitano de nacimiento que desarrolló gran parte de su carrera en la corte española–, del que se interpretaron dos de sus sonatas para clave –la segunda de ellas abrió la segunda parte del concierto–, concretamente las catalogadas por Ralph Kirkpatrick como 90 y 81 respectivamente –re mayor y mi menor–, dos ejemplos de algunas de las pocas sonatas de sus 555 que poseen una línea del bajo cifrado, lo que ha hecho pensar a los estudiosos que realmente estaban concebidas para ser interpretadas por un instrumento solista y el continuo. Compuestas en cuatro movimientos: Grave-Allegro-Grave-Allegro / Grave-Allegro-Sin indicación-Allegro, estas dos sonatas se interpretaron aquí en una imaginativa versión orquestal que reparte la melodía y el continuo entre varios instrumentos –violín I/II, viola, traverso, oboe, fagot y continuo–, que si bien no es una práctica ciertamente ortodoxa, resultó a las mil maravillas, haciendo muy inteligibles las líneas, cada una de las células desarrolladas y aportó un toque de colorido instrumental original y chispeante.

   Manuel Narro [c. 1729-1776], ignoto compositor valenciano, infantillo de la Capilla musical de la Iglesia del Corpus Christi, fue nombrado a los veinte años organista del centro, y en 1752 ocupó el mismo cargo en la iglesia colegial de Játiva. Posteriormente ejerció en la Catedral de Valencia el magisterio y el cargo de organista, trasladándose posteriormente a las Descalzas Reales de Madrid, donde trabajaría como músico, mientras intentaba de manera insistente obtener un puesto en la Real Capilla, lo que finalmente no llegó a conseguir. Narro tiene el honor de pasar a la historia como el autor del primer concierto para clave que se conserva en la Península Ibérica, a pesar de datarlo en una fecha tan tardía como 1767, y que aquí se interpreta por primera vez «en tiempos modernos». Se trata de un concierto en tres movimientos, con un lenguaje italianizante en el que la influencia de Scarlatti es notable en las partes solísticas, con repeticiones de pasajes, el uso de algunos giros melódicos o el cruce de manos. Los movimientos extremos, de carácter alegre y un tempo ágil, desarrollan el grueso de la parte a solo del clave, en la que apenas existe diálogo con la orquesta, que suele desarrollar sus pasajes ajena al instrumento solista, y que cuando se mezcla con esta sirve únicamente como colchón armónico del clave solista. Su segundo movimiento, sin parte solística alguna, nos ofrece un hermoso y delicado Adagio en la cuerda, con un delicado e interesante diálogo en su escritura a cuatro partes.

   La primera parte se cerró de la mano de Francesco Federici [segunda mitad del XVII-1830], que parece ser el último músico italiano que trabajó como compositor y maestro de capilla en la Real Capilla. De la década de 1820, cuando fue nombrado compositor de la Real Cámara, datan sus tres sextetos para violín, viola, violoncello, oboe, trompa y fagot, del que aquí se interpretó el tercero de ellos. Música que, aunque concebida en el XIX, puede adscribirse todavía al clasicismo, con una búsqueda del equilibrio y un tratamiento de las frases más cercano al XVIII, con un curioso diálogo entre las partes –todos tienen su momento de protagonismo como solistas– y el todo. Se añadió al clave, doblando con registro de laúd y una sonoridad leve la parte del cello, a modo del arcaico continuo.

   Tras la correspondiente sonata de Scarlatti, apareció en escena otro compositor del que apenas sabemos nada –posiblemente el más desconocido de la velada– y de quien prácticamente no se ha interpretado su música. De José de Juan y Martínez [1812–¿] se interpretó su Pieza de repente [esto es, para leer a primer vista] para la oposición a la plaza de trompa de la Real Capilla, que data de la mitad de siglo. Es una pieza curiosa, que tiene a la trompa como solista, acompañada de una orquesta de cuerda y que presenta algunos pasajes realmente intrincados, repletos de complejidad técnica, en los que no solo es necesario hacer alarde de virtuosismo, sino que otros pasajes solicitan la destreza más expresiva del intérprete. Pieza de interés por lo extraño de la misma y por su recuperación, pero que en mi opinión presenta algún punto menos de calidad en relación al resto de piezas.

   Manuel Cavaza [¿-1790], otro gran desconocido, fue un instrumentista de viento toledano que también estuvo en la corte española. Una de sus piezas para leer por el aspirante a la plaza de traversista es la Sonata en si menor, de 1777, sin duda otro ejemplo de complejidad y escritura tremendamente virtuosística. Una de las obras más exigentes que se han conservado para el instrumento en todo el siglo XVIII, repleta de alteraciones –hasta dobles sostenidos–, escalas, intervalos realmente complejos y toda una serie de escollos que califican como verdaderamente magistral a aquel que pueda llevarla a cabo. Otra pieza fascinante desde el punto de vista patrimonial, pero un tanto tediosa, pues entre tanta complejidad apenas quedaba espacio para algo de música con trasfondo de belleza y profundidad.

   Sin duda el mayor descubrimiento de la noche lo supuso, en mi opinión, la última pieza de la noche –estreno absoluto en España–, que no fue otra que el Concerti a due cembali concertanti e archi, en do mayor, P 240, una maravilla salida de la mente de Giovanni Battista Pergolesi [1710-1736], otro autor napolitano, sin duda uno de los mayores talentos del XVIII, cuya prematura desaparición frustró una de las carreras más brillantes en la historia de la música occidental. Este concierto es absolutamente fascinante, está repleto de hermosura, de expresión, de capacidad evocadora, de genialidad. La manera en que los dos claves conversan, la escritura a cuatro de la orquesta –con esos giros tan característicos en su obra–, y especialmente ese milagro de lirismo y belleza que es su Adagio tardissimo lo hacen digno de colocarse entre lo mejor de la música instrumental de la primera mitad del XVIII.

   Como vemos, un programa realmente exigente, plagado de obstáculos, que suponen un auténtico reto, un tour de force para las partes solistas. La Tempestad superó con creces su oposición. Comenzaron algo tensos el examen, con algunos errores puntuales, algunos problemas en la afinación, pero se trataba sin duda de esos primeros momentos en los que el alumno está tanteando el terreno. A medida que se desarrollaba su examen los alumnos se fueron mostrando más seguros, eficaces en al apartado técnico, consiguiendo un cuidado sonido, una presencia escénica contundente. Mención especial merecen, por lo complejo de su labor, la trompa natural de Javier Bonet, que estuve simplemente espectacular, firme, incluso sobrado por momentos, a pesar de que sus pasajes a solo eran de una tremenda complejidad y tañe uno de los instrumentos más difíciles de cuantos existen. Pocas veces puede observarse un dominio tal de este instrumento, así que fue sin duda un privilegio poder verle y escucharle en directo. Imperial estuvo Guillermo Peñalver al traverso barroco, lo que a estas alturas tampoco es noticia, pues estamos ante el mejor representante del instrumento en España. Sus líneas exhalan siempre algo especial, una aparente facilidad y una evidente naturalidad que hacen de él un exponente de primer nivel mundial en su instrumento.

   Los claves quedaron a merced de Silvia Márquez y Alfonso Sebastián. Al último es muy habitual verle en su labor de continuista –sin duda de lo mejor que hay en el panorama nacional–, pero no lo es tanto al clave solista, así que fue un placer, porque su manera de tocar es sencillamente impecable; tiene eso que no se puede explicar cuando alguien toca, eso que lo diferencia de los demás, que no se sabe si es debido su dominio técnico, a la profundidad y su manera de expresar, o a su capacidad para llenar cualquier espacio con un sonido preciosista y muy cuidado, pero con él las comparaciones se vuelven odiosas. Por su parte, Márquez cumplió con algunos problemas en el concierto de Narro –especialmente en el primer movimiento–, aunque fue mejorando de manera muy notable en el tercero. Brilló sin duda en el concierto de Pergolesi, especialmente porque entre los dos clavecinistas existe una simbiosis descomunal, un feedback que no es muy habitual ver entre solistas hoy en día. Como directora, y puesto que lo hace desde el clave, no es alguien que domine escénicamente, que esté permanentemente en todo, o que prevalezca sobre sus músicos, sino que es una directora claramente de ensayo, de las que trabajan antes de los conciertos y dejan que las cosas fluyan durante los mismos. Da bastante libertad a los intérpretes, dejándoles incluso liderar cuando la ocasión lo merece, y eso se agradece. Es una intérprete inteligente, que conoce muy bien a su conjunto –no en vano, ya son quince años–, y consigue sacar de ellos lo mejor, de manera muy natural, que es, sin duda, el secreto de los aquellos que son buenos en lo que hacen.

   El resto del conjunto se mostró muy solvente, con un sobresaliente conocimiento de la manera de tocar de cada uno de sus compañeros, y esto al final deja su huella y ofrece un sonido propio, hecho a sí mismo. Las cuerdas, reducidas a la mínima expresión orquestal [2/2/1/1/1], se comportaron de manera notable, logrando extraer un sonido compacto, con un balance muy logrado y un color ciertamente luminoso. Buen trabajo, pues, de Roldán Berbabé, Pablo Prieto y Cecilia Clares, quienes fueron comandados con energía e inteligencia por Jorge Jiménez. La viola barroca de Antonio Clares es siempre un seguro, que aun afrontando sus partes solo consiguió un sonido presente ens justa medida, elegante y sustancial. Bien en general Guillermo Turina al chelo barroco, aunque sufrió en algunos pasajes, especialmente en el registro agudo, pero demostró ser un exquisito continuista, al igual que Jorge Muñoz al contrabajo barroco, muy capaz en los pasajes rápidos que requieren de un arco ágil y firme. Solo Albert Romaguera desmejoró un tanto el concurso de los instrumentistas, pues se mostró algo errático y dubitativo en el oboe barroco. Muy bien, como es habitual, Joaquin Guerra en su fagot barroco, pues no obstante es uno de los grandes especialistas del instrumento en España y consigue siempre un sonido exquisito y el sonido y carácter justo en cada momento cuando acompaña.

   Un concierto, en resumen, realmente sorprendente por su repertorio, que nos descubrió algunas joyas –mi gratitud ante el descubrimiento de ese Pergolesi será eterna– y que vino a demostrar que la música de cámara en la España de finales del XVIII y principios del XIX también merece ser rescatada e interpretada. Se agradece la intención de mostrar las diversas disposiciones orquestales que pudo haber en su día, pero lo cierto es que ante tanto cambio escénico uno terminó por mirar el reloj, especialmente porque no solo había que esperar a que los técnicos movieron los claves y añadieran o quitaran atriles, sino también a que el técnico de sonido reajustara los micrófonos para una toma adecuada. Esto hizo que el concierto se alargarse en demasía y que las excesivas y largas pausas entre bloques se hicieran tediosas, sobre todo porque desde el punto de visto acústico estos cambios tampoco aportaron nada muy notable. La acústica del auditorio leonés no favorece en general a este tipo de agrupaciones, por lo que puede decirse que fue un tiempo perdido. En cualquier caso, hay que dar la enhorabuena a La Tempestad y Silvia Márquez por atreverse, por investigar –es fabuloso ver como busca siempre la ayuda de los musicólogos, a los que pone en gran valor; lástima que el CNDM siga sin tener a bien poner los nombres de aquellos que han hecho posible la recuperación musicológica de las piezas que se interpretan–, por buscar justicia, por valorar, por enseñar. En definitiva, por estudiar, porque al final salieron airosos de su oposición, algo larga, pero con un resultado excelente.

Autor:Mario Guada
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